Inútilmente provocativo. Por Vicente Massot

Bien está que Dilma Rousseff, Marco Enríquez Ominami, José Miguel Insulza, Ernesto Samper, José Luis Rodriguez Zapatero, Fernando Lugo y Rafael Correa, entre otros personajes destacados de la izquierda latinoamericana, se hayan congregado en el así llamado Grupo de Puebla para desde allí —en el llano, bien lejos del poder que alguna vez detentaron— despotricar contra el neoliberalismo y el presunto avance de las derechas en esta parte del continente. En atención a sus simpatías ideológicas lo ilógico sería que se callasen la boca o que hicieran tímidos pedidos, en consonancia con la paz y el amor universal. En eso de ser levantiscos, y de vociferar sus amores y sus odios políticos sin andarse con chiquitas, los progresistas de todas las observancias son mandados a hacer.

Es cosa distinta, en cambio, que un futuro presidente —al cual le faltan apenas 29 días para sentarse en el sillón de Rivadavia— no repare en el hecho de que aquello que de ordinario le está permitido a los ciudadanos sin ningún cargo público, le está restringido a quienes no representan a una parcialidad sino a todo un país y llevan sobre sus espaldas la responsabilidad de dirigirlo. Es cierto que Alberto Fernández todavía no se hizo cargo del gobierno. Pero no lo es menos que —a esta altura— cualquier declaración u acción suya, por intrascendente que fuera, va a tomarse como si estuviera en funciones. Formalidades aparte, la política argentina gira hoy en torno del ganador de las últimas elecciones y no del perdedor, aunque aquél siga viviendo en su departamento de Puerto Madero y Mauricio Macri todavía ocupe la Quinta de Olivos. Es al hombre que eligió Cristina Kirchner y no al jefe del Pro a quien miran la Casa Blanca y Wall Street, el Fondo Monetario Internacional y la Comunidad Europea, Itamaraty y Pekín a la hora de tratar de entender qué rumbo tomaremos a partir del próximo 10 de diciembre.

Si fueron desafortunadas sus declaraciones —en plena campaña electoral— respecto de la situación que debía sobrellevar Lula, el redoblar la apuesta una vez electo y abrazarse con Dilma Rousseff resultó una medida imprudente. No se requiere ser demasiado despierto para darse cuenta de lo que significa para la Argentina —desde cualquier punto de vista que se lo analice— el gigante brasileño. Y ello sin contar una relación de fuerzas que en estos momentos favorece con creces a nuestro vecino. ¿Qué sentido tiene mojarle la oreja a Bolsonaro, un hombre de mecha corta si lo hay? ¿Sólo para quedar bien con sus amigos del Grupo de Puebla, que nada tienen que perder? Otro tanto cabría decir de sus encuentros con Pepe Mujica, días antes de los comicios en los cuales el Frente Amplio comenzó a perder el poder detentado por espacio de más de una década; o de su cerrada defensa de Evo Morales. Bien mirada la cuestión, Fernández se ha metido con naciones limítrofes aunque él considere que ha defendido la justicia en el caso brasileño y la democracia en el boliviano.

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La relación bilateral con Brasil es infinitamente más importante que darse el gusto de quebrar una lanza en favor de un ex–presidente preso por corrupción. Si algún sentido tiene el realismo, es en el manejo de las relaciones internacionales. Vertebrar una política exterior desde una posición no sólo periférica sino extremadamente débil por la refinanciación de la deuda argentina que —como el mismo Fernández se encargó de señalarlo, sin faltar a la verdad— resulta impagable, supone una empresa que no admite caprichos ideológicos.

A este listado de pasos dados en falso se podría agregar uno más, y ello sin ánimo de cargar las tintas en desmedro de Alberto Fernández. Por lo visto nadie le informó que viajar a Méjico y ventilar —como gran cosa— un almuerzo con Carlos Slim, no era lo más conveniente teniendo en cuenta que Donald Trump considera al empresario azteca —en su momento el mayor accionista individual de The New York Times— un enemigo personal. La acusación levantada por ese matutino en su contra, acusándolo de acosador sexual, es algo que Trump difícilmente olvide.

Cuando se habla de reperfilar la deuda con quitas de capital o de intereses, de extender los plazos previamente pactados, de renegociar compromisos contraídos por el Estado argentino y de acceder a fuentes de financiamiento que hoy están herméticamente cerradas para una nación que tiene los peores antecedentes en la materia, Alberto Fernández se ha dado un gusto más del estilo de una estudiantina de la FUBA que de un futuro presidente. Con el stock de reservas existentes, el déficit fiscal conocido, y los vencimientos de deuda de los dos primeros trimestres del año próximo —equivalentes a unos U$ 27.000 MM, sin contar aquellos con organismos públicos— el default está a la vuelta de la esquina; y no serán los integrantes del Grupo de Puebla los que correrán en nuestra ayuda.

Si se tratase de una cruzada en la que estuvieran en discusión tópicos de carácter ideológico, se entenderían las declaraciones a favor de Lula, los viajes a Montevideo y a La Paz, el almuerzo con Slim y las explicaciones —no sin algún velado reproche sobre las consecuencias que traen aparejados los programas de ajuste— acerca de la crisis chilena. Alberto Fernández llevaría razón en rodearse de gentes de la izquierda de esta y de otras latitudes con el propósito de mejor defenderse de sus críticos y de hacer frente a los problemas por resolver. Pero lo que sucede nada tiene que ver con ese escenario. A Puebla, lo pueblan —valga la redundancia— un conjunto de políticos pasados de moda que —y este es el dato esencial— carecen de peso específico. Correa exiliado, Lugo desaparecido de los lugares que solía frecuentar, Evo Morales en fuga desordenada, Rodríguez Zapatero rechazado por la mitad de su partido, y Enríquez Ominami deseando algún cargo, lo que cada vez se le hace más difícil conseguir. Lo que se dice, una suma de nulidades en términos de poder.

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Ahora bien, lo que parecía un despiste se convirtió ayer en un vuelco al momento en que Alberto Fernández acusó a los Estados Unidos —e implícitamente a Donald Trump— de “avalar un golpe de estado” en el Altiplano. Hay quienes opinan que los movimientos del presidente por venir se enmarcan en eso que, con idioma poco académico, se denomina fulbito para la tribuna, en el sentido de que —en conocimiento del ajuste que tarde o temprano deberá ejecutar— desea congraciarse con los sectores progresistas. Dando por sabido que no es un hombre propenso a los extremismos, y que en sus antecedentes ideológicos faltan por completo los pergaminos izquierdistas, se supone que lo del fulbito podría tener algún sentido.

Existe, con todo, otra posible razón. Una de las colaboradoras más estrechas del hombre que reemplazará a Macri el 10 de diciembre —cuya llegada al Frente de Todos es reciente— comentaba días pasados en rueda de amigos, no sin sorpresa, el grado de presión que recibe cotidianamente su jefe por el lado del kirchnerismo puro y duro, abroquelado en el Instituto Patria. No sería de extrañar, pues, que ante la imposibilidad de ponerle un freno a esos aprietes y la necesidad de consensuar pareceres con Cristina, Alberto Fernández haya decidido adoptar una posición verbal maximalista en los temas de política exterior.

Su error no ha sido de tipo académico. Se podrá discutir hasta el hartazgo si el culpable de la crisis boliviana fue Evo Morales porque apadrinó el fraude en beneficio propio, o de las Fuerzas Armadas y de seguridad que —por negarse a reprimir— se rebelaron contra una orden presidencial. Que la izquierda del subcontinente se monte a la teoría del golpe es algo comprensible. Que lo hagan inclusive figuras emblemáticas del kirchnerismo no tendría nada de novedoso. Tampoco que la UCR —con Mario Negri, Gerardo Morales y Martín Losteau a la cabeza— siga el mismo camino. El problema es que Alberto Fernández dejó de ser el profesor de Derecho Penal en la Universidad de Buenos Aires para pasar a ser presidente de la República. No tenía necesidad de criticar a la diplomacia de Washington. Entre otros motivos, porque dentro de poco deberá pedirle la escupidera.

Para posar de compadrito hay que tener poder y pisar fuerte en el mundo. Trump puede darse ese lujo. Alberto Fernández, no. Su pecado es haber sido inútilmente provocativo.

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