Insultos Intercambiables. Por Antonio Caponnetto

 “Mientras la hipocresía exista, ninguna otra cosa puede comenzar”
 Carlyle
 Dos nuevos insultos políticos parecen prodigarse hoy los partidócratas, repartidos entre el oficialismo y la presunta oposición. Dos vituperios que marcarían una supuesta enemistad irreconciliable, y que tanto abundan en las bocas de los funcionarios, como en las de los candidatos o en las de los múltiples medios masivos. Unos acusan a los otros de neoliberales; y quienes teóricamente lo serían les responden endilgándoles el calificativo de populistas.
Como los protagonistas de este intercambio de motes no pasan de la condición de primates, nadie deduzca que tras el fiero cruce verbal asoma una disputatio escolástica entre partidarios de Friedrich Hayek o Milton Friedman y sesudos adherentes a las divagaciones de Keynes o de Laclau. Nada de eso. Se trata de vulgares y baratitas chicanas, mediante las cuales, para ser gráficos, Cristina puede acusar a Macri de gobernar para los ricos, y el ingegnere puede devolver la pelota sosteniendo que la malandra del Calafate es demagoga y manipula al pueblo. Con las poco ingeniosas variantes que se les ocurra a cada sector litigante, lo patético del enfrentamiento es que no pasa de ser una variante ramplona de la dialéctica marxista. ¡Cuidado que los de Cambiemos son oligarcas! ¡Atenti que las huestes del tuerto y de la viuda alegre son la amenaza al purismo republicanista! ¡Por favor!
La verdad es muy distinta, y como siempre no encuentra muchos que la digan. La verdad es que repugnantes populistas son todos; porque todos, sin excepción, le rinden tributo a la soberanía del pueblo, al sufragio universal, al dictamen electoral de las mayorías y al rugir de las multitudes votantes y deponentes. No hay nadie dispuesto a terminar de una vez por todas con la mitología perversa del demos soberano y los inalienables derechos de las urnas. Macri con su camiseta de Boca y sus sanitarios homenajes a Perón, es el encandilamiento ante la mitad más uno: naturaleza íntima y ruin de todo populismo. Insume más tiempo en aparentar ser un hombre bueno que en serlo. Y a eso llamaremos imperdonable cinismo.
Neoliberales también son todos, porque nunca han dejado de ser paleoliberales; esto es, sumisos servidores del iluminismo, de la masonería, del progresismo, de la democracia y de la contranatura. Todos, sin excepciones, han crecido en la pútrida matriz de la Revolución, y se comportan como los posmodernos respectos de la Modernidad: dicen haberla superado porque son peores que sus abuelos.
Tanto la Cristina que el 20 de septiembre del 2006 tocó exultante la campanilla en el recinto de la Bolsa de Wall Street, como el hombre del “extashiis” cada vez que abrazaba una caja fuerte, y que dijo en la ocasión: “agradecemos el gesto del mercado de invitarnos, volvimos al lugar del que nunca debimos haber salido», son  la quintaesencia del denostado neoliberalismo. Como la bruja Cañizares que describe Cervantes en el Coloquio de los perros, Cristina puede seguir diciendo: “vame mejor con ser hipócrita, que con ser pecadora declarada”.
 Lo mismo se diga de personajes del riñón kirchnerista, como Boudou o Lavagna, Prat Gay, presidente del Banco Central en tiempos de Néstor, Lousteau mascota de su viuda; y hasta del iracundo Kicillof, que quiere hacerle ver la paja del neoliberalismo en el ojo al imbécil de Peña, pero no ve la viga en el suyo propio. Más que una viga, en rigor, un inmenso travesaño o tirante de conductas apátridas. Hasta Alejandro Katz, en una nota de finales de enero del 2014, se dio cuenta de que el kirchnerismo no era sino otra variante del denostado monstruo neoliberal que decían querer erradicar. Una mezcla sórdida de la “dictadura” y del “menemismo” en cuyas antípodas creían posicionarse.
Podrán seguir intercambiándose denuestos, fingiendo que no son rotativos y de mutua cuanto de recíproca aplicación. Podrán seguir el simulacro y el juego de ser distintos, diferentes, antagónicos. A nosotros no nos engañan. Son la misma y perpetua aberración; idéntica y similar naturaleza burdelesca, con diferencias de grados, matices o modulaciones. Les llegue a ambos, por igual, el repudio y el rechazo frontal de los argentinos de bien que todavía queden. Y permita Dios que esos patriotas sean la simiente de un porvenir honorable para la Argentina, libre ya de populistas, de neoliberales y de todas las plagas que hoy nos castigan.
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