El honor no es lo mismo que las honras. Por Cosme Beccar Varela

El honor no es lo mismo que las honras. Me atrevo a decir que en el tiempo que me ha tocado vivir, he visto que son contradictorios: a mayor honor, menos honras del mundo y a mayores honras del mundo, menor honor.

El honor es estar siempre frente a frente con su conciencia debidamente formada por la fe y la razón, y en presencia de Dios, despreciando cualquier honra que exija violar la conciencia o traicionar a Dios. Y cuando uno tenga la desgracia de cometer alguna acción moralmente reprochable o dejar de realizar una acción debida (lo que suele suceder), el honor exige repudiar y reparar en toda la medida de lo posible esa maldad cuanto antes, nunca justificarla con sofismas o mentiras, pero sin desesperar de la misericordia de Dios, por los ruegos de María Santísima, ni tener lástima de sí mismo.

Estas son nociones elementales de la hombría de bien, sin las cuales uno se convierte en una porquería de tipo, por más honras y cargos y premios que reciba. No le sirve ni a Dios, ni a su prójimo, ni a la Patria, ni puede amarlos verdaderamente, por más que nos atosiguen todos los días, sobre todo, todos los domingos desde el púlpito (o mejor dicho, desde el pupitre, porque el púlpito lo han derribado hace rato) con la mentirosa cháchara del “amor” como único bien deseable.

¿Cuántos se acuerdan de estas cosas o las entiende si se las explican? ¿Cuántos son los que se deshonran para ser honrados con cargos, premios y dinero o simplemente para vivir tranquilos, sin riesgos ni conflictos? En mi larga vida he conocido a algunos hombres de honor, pero hace mucho, y ya están muertos. Tal vez haya todavía haya algunos que no conozco y otros que conozco pero no lo suficiente como para sentir esa alegría que se siente ante un hombre de honor. De los “buenos patriotas” que conozco puedo decir que cuando hablo con ellos no siento esa alegría y sí, en cambio, una gran lástima por ellos y me dan ganas de decirles: “¿Dónde has dejado tu honor?” No digo que los creo unos empedernidos pecadores, porque un hombre de honor peca como cualquier otro desdichado hijo de Adán, ni es a eso que me refiero, sino que los creo enceguecidos desertores de los deberes cuyo cumplimiento exige la situación trágica en que vive nuestro país, la Iglesia y el mundo, y me duele imaginar cómo brillarían sus blasones y cuanto bien podrían hacer a la Iglesia, a la Patria, a sus familias y al mundo, si fueran celosamente fieles a su honor.

LEÉ TAMBIÉN:  Belgrano y la historia oficial. Por Eitan Benoliel.

Lo que sí estoy seguro es que de mis contemporáneos que son agasajados con el poder, la fama y la fortuna, son gente sin honor, empezando por los políticos, el alto clero y los “derechistas” de opereta. De los de la izquierda ni hablo porque no entran ni siquiera en consideración. Son todos mentirosos, ateos, agnósticos, sensuales, falsos, llenos de odio y crueles. Para ellos el honor es imposible. No tienen la materia de la que está hecho un hombre de honor.

El honor exige además inteligencia porque la ignorancia culpable, la negativa a oír buenos argumentos con sincera voluntad de comprenderlos o la falta de sensibilidad frente a los asuntos morales, no es excusa para las acciones contra el honor. Igualmente se deshonra el burro deliberado y el torpe moral cuando comete una acción deshonrosa que el más capaz que lo hace a conciencia.

Estamos en un desierto del honor. Por eso no hay quien se pare sobre sus dos pies y desafíe la conjura que nos arrastra a la pérdida de nuestra Patria luchando como bueno, aún contra toda esperanza. También por eso estamos en el reino del “mal menor”, con Macri a la cabeza y con la Kirchner y sus cómplices de la izquierda en el horizonte a la espera de la entrega del país que prepara este gobierno con cinismo total.

Y a causa de todo eso estoy asqueado de la situación del país en el reino de la injusticia, desolado por la ciénaga de herejía en que nos sumerge el alto clero, sus acólitos aspirantes a los altos cargos eclesiásticos con el aplauso del mundo y extremadamente pesimista sobre la política mundial.

LEÉ TAMBIÉN:  Acerca de la creatividad. Por Alberto Benegas Lynch (h).

Por más que quiero agregar alguna nota de optimismo en esta negra reflexión, no se me ocurre ninguna. Si alguien se siente ofendido, no lo lamento, porque los berrinches de los hombres sin honor no me interesan.

Más en Cultura
Alimentar el resentimiento. Por Juan Manuel de Prada

En otras fases de la Historia, las injusticias no reparadas acababan estallando en revoluciones. La amnistía fiscal...

Cerrar