Historia y religión en los conflictos globales – Por Rosendo Fraga

Los servicios de inteligencia occidentales siguen mostrando fuertes limitaciones para entender la violencia que escala a nivel global y en particular a actores como el Estado Islámico (EI). Comenzando por lo cuantitativo, las estimaciones sobre la cantidad de combatientes que integran el EI van desde los 13.000 a los 50.000. Una diferencia no menor, tratándose de la organización terrorista hoy más importante a nivel global, que además se caracteriza por actuar en forma abierta y librando combates y batallas por el control de ciudades, refinerías, represas hidroeléctricas y aeropuertos. La confusión no es sólo cuantitativa, sino también conceptual. El jefe del Pentágono (Haguel) -la organización militar más grande del mundo que concentra el 40% del gasto militar mundial- ha dicho públicamente que nunca se ha visto una organización terrorista “tan sofisticada”. Es un concepto erróneo. La estrategia central del EI es nada más y nada menos que recurrir a una que lamentablemente ha sido muy exitosa a lo largo de la historia: derrotar al enemigo mediante el terror. Quebrar su voluntad de pelea, al mostrarle que si no se rinde o abandona la lucha, puede ser degollado, crucificado y su esposa o hijas vendidas como esclavas en una plaza pública. Es el terror lo que explica el desbande de las unidades militares iraquíes frente al avance de fuerzas del EI con efectivos mucho menores, antes que la infiltración o la simpatía. La idea de ganar la adhesión de la población mediante acciones justas o el de ganar la opinión pública global con actitudes simpáticas no está en la estrategia del EI, que ha elegido la clásica de derrotar mediante el terror.

La confusión del Jefe del Pentágono quizás deriva en no reparar en los medios que se utilizan -que pueden ser diferentes- con la estrategia, que es la misma usada históricamente por el terrorismo. La utilización de Youtube, Facebook o cadenas de mails no es un cambio de estrategia sino la utilización de nuevos medios para desarrollar una que es clásica. Las cabezas cortadas y en picas en las murallas, la exposición de los crucificados en los caminos y las ejecuciones y torturas públicas eran las formas alternativas para difundir el terror, a las que se utilizan ahora. Ya varios siglos antes de Cristo la civilización había evolucionado y en lugar de ejecutar a los prisioneros se los transformaba en esclavos. Muchos vieron en ello un progreso social, porque además de salvar su vida, se daba valor económico a los vencidos. Pero muchas veces, desde los siglos anteriores a Cristo, los romanos, o en la Edad Media los Cruzados, como así también a veces los musulmanes, optaban por sacrificar el interés económico de transformar al vencido en esclavo, por el estratégico de difundir el terror. Fueron muchas las ciudades que por resistir y no rendirse vieron asesinada en masa a toda su población, incluyendo mujeres y niños. Ello tenía un efecto muy concreto: disuadía de resistir a otras ciudades y ello economizaba vidas, tanto las propias como las del enemigo. No era tan extraño segar prisioneros, cortarles las manos, la nariz y las orejas. Los mutilados no eran transformados en esclavos porque perdían valor económico. Se privilegiaba en estos casos la estrategia de imponer y difundir el terror, el que, al promover rendiciones y fomentar obediencia, economizaban vidas y recursos.

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Antecedentes históricos como las Cruzadas son más útiles que la tecnología para comprender las características y entidad de estos no tan nuevos, pero no tan nuevos, conflictos. A fines del siglo XI, el Papa convocó a las cruzadas para rescatar Jerusalén y el Santo Sepulcro que estaban en manos de los “infieles”, en este caso los musulmanes, que usaban el mismo término para referirse a los cristianos. Quienes marcharan a las cruzadas, al morir alcanzaban la indulgencia plenaria, es decir se iban directamente al cielo sin pasar por la pena transitoria del purgatorio. Además, gozaban de esta indulgencia al morir sin necesidad de confesión ni arrepentimiento. Esto es fundamental para entender cómo algunos miles de caballeros europeos, inicialmente en su mayoría provenientes de Francia, pudieron vencer a fuerzas musulmanas mucho mayores: no tenían miedo a morir porque les esperaba con certeza lo mejor para siempre, hubieran cometido el pecado que hubieran cometido hasta ese instante. No es un concepto muy diferente al de los suicidas que han surgido como el medio más eficaz en el terrorismo musulmán. Quien se suicida en aras de la “Guerra Santa” (Jihad), en esta versión deformada del Islam, se va automáticamente al cielo y en una versión muy extendida de este credo, entre los privilegios de este destino de felicidad eterna está el gozar de setenta vírgenes. Llevó varias décadas a los musulmanes unificarse bajo el liderazgo del Sultán Saladino para poder vencer y expulsar a los europeos, que durante casi dos siglos crearon un extendido reino en el Oriente Próximo, cuya capital durante la mayor parte del tiempo fue Jerusalén. La última ciudad en manos de los cruzados que cayó ante los musulmanes fue Alepo, donde los caballeros templarios resistieron hasta morir. Hoy es la segunda ciudad de Siria y su capital económica (o lo era), donde las fuerzas de Assad combaten contra el EI, que ha tomado y subordinado al Frente Al Nusra.

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El factor religioso resulta fundamental para comprender los grandes conflictos contemporáneos y esto es una falencia en la visión de los gobiernos occidentales y sus servicios de inteligencia. El EI impone las conversiones forzadas de las minorías no musulmanas en el tercio de Irak y el tercio de Siria que domina su califato. No convertirse, como sucedía antaño, puede traer como consecuencia la muerte. Los casos por esta causa van creciendo en la minoría yazidi kurda -acusados por el EI de adorar al diablo porque en su culto precristiano el ángel caído es perdonado y pasa a intermediar entre el dios sol y la comunidad angélica- y los cristianos. El éxito del EI en Siria e Irak ha llevado al grupo extremista islámico Boko Haram, que utiliza también el terror en Nigeria, a declarar la creación de un Califato en África y a adoptar cada vez más métodos de similar violencia. Desde el inicio de la ofensiva israelí en Gaza los muertos palestinos alcanzan a 2.100. En el caso del EI en Irak y Siria superan varias veces dicho número, aunque concentren menos atención mediática. La lucha entre el EI -versión extrema del Islam sunnita- y los gobiernos chiítas de Irak y Siria, se parece a las guerras de religión que entre cristianos y protestantes asolaron Europa entre los siglos XVI y XVII. Pero sería un error reducir la incidencia del factor religioso sólo a los conflictos generados en torno al mundo musulmán. En el este de Europa, el gobierno de Ucrania -cuyas tropas van al combate tras recibir la bendición de los sacerdotes de la Iglesia Nacional Ucraniana- ha denunciado el rol de la Iglesia Ortodoxa Rusa en la exaltación del nacionalismo ruso y en particular en el extremismo que está asumiendo la población separatista pro-rusa.

En conclusión: los servicios de inteligencia occidentales muestran fuertes limitaciones para entender los conflictos violentos que escalan en el mundo y en particular el fenómeno del Estado Islámico (EI); esta organización está desarrollando la estrategia de vencer por el terror, que viene de tiempos ancestrales, aunque hoy use medios como las redes sociales para difundirla; antecedentes históricos como las Cruzadas son más útiles para entender nuevos conflictos como el EI, que en realidad son viejos y hunden sus raíces en la tradición y el factor religioso resulta clave tanto para entender como para prever el desarrollo de estos conflictos y ello no se limita solamente al mundo musulmán.

Fuente: http://www.nuevamayoria.com/

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