Hacer Europa no es deshacer Europa. Por José Javier Esparza.

Europa es una cosa. La Unión Europea es otra distinta. La Unión Europea debería estar al servicio de la supervivencia colectiva de Europa, de sus naciones, de sus ciudadanos. Por desgracia, lo que vemos es lo contrario: la Unión Europea ha puesto a su servicio a los ciudadanos y a las naciones de Europa para construir algo que ya no puede llamarse Europa, porque ha renunciado expresamente a su identidad histórica, sino que se parece más bien a una suerte de parque temático del mundo global. De manera que ser crítico hacia la Unión Europea no es ser “euroescéptico” ni, menos aún, “eurófobo”. Al revés.

El proyecto de la Unión Europea es sin duda uno de los grandes hechos del mundo contemporáneo, de acuerdo. Con razón ha ilusionado a millones de europeos desde Escandinavia hasta Algeciras. Por desgracia, la deriva de la Unión en los últimos años ha conducido a una situación en la que, más que construir Europa, Bruselas la está destruyendo. Porque Europa no es una amalgama burocrática de instituciones que nadie elige, esa amalgama que hoy parece haberse fijado por única meta el desmantelamiento de las soberanías nacionales y la disolución de nuestra identidad colectiva. Europa es mucho más que eso. Y si las instituciones de la UE dejan de representar los intereses objetivos de las naciones y de los ciudadanos de Europa, entonces es legítimo preguntarse si acaso no habrá que rectificar a fondo el camino.

Europa es más que un continente y mucho más que una burocracia. Europa es una unidad de civilización. Esa unidad de civilización viene muy claramente definida por elementos que nadie ignora: el pensamiento griego, la civilización romana, la herencia germánica y céltica y la espiritualidad cristiana. Del crisol donde estos elementos se funden han surgido las naciones europeas y, muy particularmente, aquellas que, como dice Luis Suárez, han construido el concepto de “Historia Universal”: Alemania, Francia, Inglaterra, Italia y España. Otras naciones de otras latitudes han construido civilizaciones encomiables, pero sólo estas cinco, que son el corazón histórico de Europa, han visto el mundo como un todo y lo han teñido con su sello. Esto no es un juicio moral; es un simple hecho objetivo.

España forma parte de esa unidad de civilización no sólo por pertenencia geográfica, sino sobre todo por su evolución histórica. Nuestra aportación a la construcción del concepto de Historia Universal es muy visible: el hallazgo y exploración de un continente cuya existencia se ignoraba, la constatación material de la esfericidad de la Tierra, la construcción de las primeras rutas globales, la normalización y expansión de un idioma que hoy hablan 500 millones de personas y la conservación y desarrollo de la herencia cultural cristiana, con sus correspondientes manifestaciones religiosas, artísticas, filosóficas, etc. Insisto: estos son hechos objetivos, no valoraciones de tipo moral o ideológico. Todas las disquisiciones acerca de la mayor o menor “europeidad” de España no dejan de ser argumentos retóricos de valor muy limitado. España es Europa por posición geográfica y sobre todo por proyección histórica. Incluso es posible decir, como hacía Dominique Venner, que los españoles somos los que con más derecho podemos proclamarnos europeos, pues somos los únicos que han tenido que pelear durante siete siglos para no dejar de serlo. La Reconquista frente al Islam, en efecto, también forma parte eminente de nuestra aportación histórica a la construcción de Europa como unidad de civilización.

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Europa es, asimismo, el escenario donde nacieron ideas clave de nuestra vida política: la soberanía nacional, las libertades públicas, también el concepto de Estado–nación. De hecho, lo propio de la Europa moderna es precisamente su organización en Estados–nación. Nadie ignora que la voluntad de poder de esos estados condujo a conflictos de extraordinario alcance y que en la segunda guerra mundial se alcanzó el umbral de la autoaniquilación de Europa misma. Por eso fue tan estimulante que, después de 1945, se emprendiera un camino de cooperación con el objetivo de convertir en aliados a los que un día fueron antagonistas. La renuncia a determinados aspectos de la plena soberanía nacional tenía como contrapartida la ganancia de espacios nuevos de seguridad y de prosperidad.

A esos espacios quisieron incorporarse cada vez más europeos, porque el nuevo contexto surgido de la guerra mundial hacía muy difícil sobrevivir solos y, por el contrario, la comunidad europea ofrecía enormes posibilidades. Así lo vio España, que empezó su acercamiento a la estructura europea con el régimen autoritario de Franco y la completó con la integración plena bajo el gobierno socialista de González en 1985; en términos, sin duda, discutibles, pero que en aquel momento suscitaron un amplio consenso. Del mismo modo, aunque en condiciones más precarias, las naciones sometidas al totalitarismo comunista buscaron incorporarse al bloque europeo tan pronto como se disolvió el fantasma de la Unión Soviética, pues para todas ellas –Polonia, Hungría, etc.– la Unión Europea representaba una promesa de libertad y de prosperidad. Lo que seguramente no esperaban húngaros y polacos era que esa Europa que ellos veían como promesa de libertad intentara imponerle sus propios criterios sobre política de familia y regulación de fronteras, y que Bruselas llegara al extremo de abrir campañas institucionales contra los gobiernos democráticamente elegidos por los ciudadanos, como ha ocurrido en los últimos años. ¿Es que la Unión Europea es una nueva Unión Soviética? En términos menos dramáticos, lo mismo se están preguntando hoy millones de europeos que no pueden aceptar la política migratoria de la UE o la arbitrariedad del Tribunal de Justicia de la Unión, por poner sólo dos ejemplos suficientemente relevantes.

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La política reciente de la Unión Europea no ha consistido tanto en “hacer Europa” como en deshacerla. Porque deshacer Europa es ignorar la identidad cultural de nuestras naciones, negar nuestras raíces históricas comunes, alterar arbitrariamente la composición étnica de nuestras sociedades, subordinar nuestra economía a las exigencias de un mercado global ajeno a nuestros intereses particulares e imponer un sistema de decisión autocrático y sin rostro basado en instituciones que suplantan el marco real de la soberanía, que no es otro que el Estado nacional. Sí, el Estado–nación: porque ese el único marco en el que de verdad puede hablarse aún de democracia, el único en el que el ciudadano conoce realmente al que toma las decisiones y puede, eventualmente, cambiarlo o refrendarlo. De tal manera que, hoy, las instituciones de la Unión Europea se han convertido en el mayor lastre para los europeos, porque han dejado de ser propiamente europeas para convertirse en una especie de despotismo asiático envuelto en ínfulas tecnocráticas.

No es fácil transmitir estas cosas en países como España, que han convertido el papanatismo “europeísta” en una especie de nueva superstición popular, pero hay que romper ese equívoco tramposo que consiste en identificar Europa con la UE. Hay que entender –y explicar– que la existencia misma de Europa es inseparable de la defensa de su identidad y de sus fronteras. Hay que replantearse los objetivos de una UE que ha terminado convirtiéndose en un veneno para la Europa real. Hay que revisar a fondo las estructuras de suplantación de las soberanías nacionales creadas por Bruselas, desde el Consejo Europeo hasta el Tribunal de Justicia pasando por el Banco Central. También, por cierto, habría que revisar las condiciones en las que España se adhirió a la CE, porque ya han pasado más de treinta años y las circunstancias no son las mismas ni en España ni en Bruselas. Y todo esto no es euroescepticismo ni eurofobia. Es, simplemente, la manera europea de hacer las cosas.

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