Mié. Ago 4th, 2021

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Guerra cultural. Por Agustín Monteverde

Algunos lectores pueden pensar que es ilegítimo o extremo hablar de guerra cultural, recluyendo el término guerra al ámbito de lo estrictamente militar y quedando ligado al empleo, sea en forma efectiva o potencial, de la violencia y -por lo tanto, y al menos en principio- ajeno o lejano a la cultura.
Ello requiere entonces que primeramente revisemos qué es la guerra. Nos apoyaremos en Karl von Clausewitz, indiscutidamente -sin distinción de tiempo y lugar- el mayor referente en esta materia. En su tratado De la Guerra, Clausewitz plantea que «la guerra es la continuación de la política por otros medios».

Este pasaje clave configura una de las frases más citadas y repetidas de la literatura militar pero ha sido en muchas ocasiones tergiversado o mal interpretado, dándosele el sentido erróneo de que, una vez iniciadas las hostilidades, la política debe dar un paso al costado y dejar el conflicto -una trama entre diversos actores vinculados por intereses interdependientes- exclusivamente en manos de las acciones militares.

Lo cierto es que el planteo de Clausewitz fue diametralmente diferente: si la política es la acción de influir para alcanzar acuerdos y su instrumento habitual es la palabra, la guerra es su continuación, sirviéndose de los medios militares para influir sobre los otros actores y así llevarlos a alcanzar un acuerdo compatible con los objetivos políticos que se fijaron. Por ello, en una carta en que responde a consultas de un oficial del Estado Mayor General de Prusia, Clausewitz puntualiza: «La guerra no es un fenómeno independiente de la política (…) El diseño de cada plan estratégico es de naturaleza profundamente política (…) La guerra es un acto político que no es totalmente autónomo; un verdadero instrumento político que no funciona por sí mismo sino que es controlado por algo más, por la mano de la política».

Así como la guerra es siempre un fenómeno político, la política es siempre acción comunicativa. Comunicar e influir tratan de lo mismo. Se comunica para influir, se influye comunicando, y no hay forma de influir sin comunicar. Y la comunicación se da siempre a través del empleo de signos en el marco de la cultura. Se puede comunicar con la palabra o con la pluma pero también con la espada. Todos ellos son en última instancia signos que transmiten un cierto significado -es decir, el concepto mental de aquello a lo que el signo refiere.

Si el conflicto es el resultado de visiones incompatibles en torno a ciertos intereses que relacionan y hacen interdepender a quienes participan en él, y la acción comunicativa de cada participante (actor) busca alterar (influir) las visiones de las otras partes para que se acomoden a su propia visión, la centralidad de la cultura surge de que ésta es precisamente el sistema de producción social de sentido y significado.

GUERREROS ESPECIALIZADOS

Promover una ideología implica promover una cierta visión del mundo. Si se pretende hacerlo en forma efectiva es conveniente profundizar ciertas disciplinas como la teoría de la comunicación, la de la información y la semiótica. No por casualidad en todas ellas han tenido especial protagonismo los expertos marxistas. El estructuralismo desarrolló el enfoque de los llamados estudios culturales, que transformó radicalmente el concepto de cultura, para «descolonizarla y terminar la supremacía de élite», reelaborándolo desde abordajes marxistas, feministas y multiculturalistas. De la corriente estructuralista derivó el deconstructivismo cuyo precepto esencial es no dar nada por sentado, cuestionarlo todo, y concentrarse en el significante -es decir, la forma o vehículo físico del signo (puede ser una palabra, una imagen, un gesto, un objeto, una acción).

No se trata de una simple batalla. Se trata de una larga campaña, que lleva muchas décadas y que es llevada adelante por auténticos expertos. La guerra cultural está muy desequilibrada porque las artes requeridas son prácticamente monopolio de una izquierda radical, a la vez tan sutil como dúctil.
En ese empeño, los revolucionarios culturales -adoptaron el seductor apelativo de progresistas- eligieron el camino más largo pero más sólido y eficaz. De intentar vendernos sin éxito la guerra de clases pasaron a una estrategia más sutil pero mucho más profunda y corrosiva. Se montaron en algunos de los valores más encumbrados que caracterizaron a Occidente -hoy tan deshilachado- y comenzaron a alterar poco a poco los significados que damos a los términos -los significantes- para así cambiar progresivamente, y sin resistencia, nuestros valores.

OCCIDENTE BAJO FUEGO

¿Qué significan hoy términos como tolerancia, derechos humanos, mujer, feminismo, diversidad? Los que antes clamaban y batían el parche de la tolerancia, pasaron repentinamente a la prepotencia y han terminado mostrando su verdadera faz, enteramente intolerante y violenta hacia quienes piensan diferente. Los derechos humanos que merecen atención para la nueva élite global son los circunscriptos al repertorio de temas y grupos de interés protegidos por la nueva ideología dominante; para el resto, no hay derechos humanos. Piénsese en quienes han sido condenados-o tan sólo, acusados sin pruebas- de reprimir al terrorismo en la Argentina, en la vida segada de millones de bebés no nacidos (reducidos a la condición de no-personas), o en los derechos conculcados de venezolanos y cubanos.

¿De qué diversidad se habla cuando se pretende uniformar con la imposición de un lenguaje contracultural, forzado y ridículo, bendecido con el adjetivo -masculino, por cierto- de inclusivo?

De la misma forma, cabe preguntarse cuál es el alcance que tienen hoy la libertad de conciencia, la libertad de culto, la libertad de opinión, en esa geografía que alguna vez se llamó Mundo Libre y que hoy cercena la libre expresión, restringe la objeción de conciencia, o interfiere en la enseñanza religiosa, llegando al extremo de pretender controlar el pensamiento. Obligar a respetar la llamada autopercepción del otro entraña la violencia más radical y totalitaria: implica ignorar, negar, mutilar las propias percepciones e imágenes sensoriales.

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Para facilitar la difusión global de la revolución cultural penetraron los organismos multilaterales y las ONG internacionales, introdujeron el nuevo vocabulario y promovieron su prédica. Ya consolidados, aprovecharon esas posiciones de privilegio para imponer sus nuevos códigos a las naciones clientes.

Una vez realizada la mutación de significados, el paso siguiente es introducir nuevos términos y sentidos y elevarlos a la categoría de principios, en franca contradicción con aquellos que caracterizaron al mundo libre y, en algunos casos, con los que forjaron la propia civilización. El trabajo lento, incesante y paulatino sobre los términos de nuestro lenguaje ha rendido sus frutos envenenados.

El uso de adjetivos redundantes también puede jugar un papel erosivo. Ese es el caso de expresiones largamente usadas como comercio libre y propiedad privada. Siendo que el comercio refiere a transacciones libres y voluntarias entre partes no sujetas a coacción o violencia, entonces la libertad y voluntariedad conforman sus propiedades intrínsecas. El comercio es libre, o no es comercio sino violencia. Algo parecido ocurre con la propiedad, que necesariamente refiere a lo privado por oposición a lo público. Nadie se ve propietario de lo estatal y hablar de propiedad pública entraña una contradicción de términos (más apropiado es hablar de «propiedad del Estado» o de «propiedad del gobierno»).

CONTROL TOTAL

Se opera sobre la cultura con el objetivo de condicionar lo que las personas dicen y hacen y, ulteriormente, modelar lo que ellas piensan. Para eso es necesario alterar el lenguaje, porque quién controla el lenguaje controla el pensamiento. El lenguaje se utiliza como arma en contra de la realidad. Como esta ideología que ataca a nuestra civilización viola la lógica, debe manipular el lenguaje de forma tal que al plantear su postura no se puedan encontrar a simple vista las contradicciones.

La forma más fácil es enredar la terminología, trastocando el sentido de las palabras. Una vez torcidas y retorcidas los significantes y sus sentidos, se puede convencer al otro de aceptar algo que, bien planteado, es a todas luces un disparate. Se conforma así un imperialismo cultural que busca imponer su lenguaje, sus valores, y su dominio político e institucional. La ideología que enfrentamos es un sistema de creencias cerrado que pretende re-presentar la realidad reemplazándola por su propio relato, al que impone como verdadero en cualquier circunstancia. Su guerra en contra de la realidad es total y utiliza todo su poder y recursos de que dispone para negarla, esconderla y suprimirla.

El creyente en esta suerte de religión irracional y sin Dios se encuentra en una encrucijada: si elige la realidad, tiene que desechar su ideología. Así que opta por vivir y comportarse como si la realidad no existiese. A quienes permanecen indiferentes o remisos, la nueva religión les impone el credo de la Corrección Política.

Lo políticamente correcto es la postura del establishment y quién se atreve a infringirlo se arriesga a ser considerado hereje y expulsado del aparato social. Con el tiempo, el castigo social logra cristalizar en la persecución penal efectiva.

FEMINISMO Y ALIENACION

La revolución cultural opera varias líneas de acción en forma simultánea, todas ellas disolventes, dirigidas a resquebrajar la cohesión social. El feminismo es una de ellas y constituye un buen ejemplo.

Los dos sexos tienen diferentes características genéticas, hormonales y orgánicas. Esas cualidades diferentes tienen una distribución normal: existen mujeres masculinas y hombres femeninos, pero esos casos son la excepción a la regla. Por otra parte, los caracteres del hombre y de la mujer son complementarios entre sí porque están diseñados para vivir en pareja.

Lo expuesto puede parecer obvio pero el feminismo lo rechaza de plano. Su tema central radica en la pretensión de que no existen diferencias entre el hombre y la mujer. Para el feminismo la única diferencia entre un hombre y una mujer es anatómica y, más específicamente, genital. Del resto, según el feminismo, seríamos exactamente iguales, con idénticas capacidades, inclinaciones, y gustos.

El credo feminista se completa con tres axiomas (principios básicos sobre los que no admiten discusión y blindados a toda contrastación): las personas son manipuladas culturalmente para actuar de acuerdo con su sexo; las diferencias entre los sexos son inventadas para sojuzgar la mujer al varón y perpetuar el sistema de opresión; y las mujeres están ciegas y no son capaces de ver la cultura patriarcal en la que están inmersas.

Como se puede apreciar, el feminismo no sólo atropella la lógica sino la realidad sensible. No soporta un mínimo examen desde el racionalismo ni desde el empirismo. Sus incoherencias son norma. Tomemos por ejemplo el tema de la autorpercepción y la opresión. Sus defensores sostienen que la autopercepción es lo que manda. Por otro lado nos dicen que las mujeres están oprimidas pero que no se dan cuenta «por estar muy oprimidas». Entonces cabe cuestionar y exigir que opten: ¿están realmente oprimidas o lo que vale es su autopercepción de que no lo están?

De acuerdo con el feminismo el lenguaje sexista -una invención de este movimiento- lo permea todo, y comienza con el uso de términos masculinos como si fueran universales -por ejemplo, utilizar el pronombre «ellos» para referirse a un grupo de mujeres y hombres, o hablar de «»el hombre»» para referirse a la humanidad.

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La mujer femenina pasa a encarnar la continuidad de la opresión, producto de la educación patriarcal. Lo mismo ocurre con la masculinidad. Bajo esta visión, el patriarcado convence a las mujeres de que ser madres debe ser su objetivo. Y también es, a la vez, responsable de las guerras, de la esclavitud, y del imperialismo.

Se tuercen las estadísticas y se tergiversan las crónicas sobre denuncias de abusos, que en muchos casos son lisa y llanamente apócrifas. Pero, claro, la corriente feminista se ha anotado una victoria no menor adicional y ella es que la carga de la prueba se ha invertido o, más bien, ha desaparecido y poco importa que los abusadores denunciados logren demostrar las incongruencias de las incriminaciones, pues la mera denuncia ya extiende en forma bien práctica la condena.

LA EVOLUCION DE LA REVOLUCION

Dos apotegmas constituyen el núcleo común a todas las diferentes corrientes y manifestaciones que adopta la guerra cultural.
El primero nos dice que todo es relativo. El éxito con que ha sido recibida esta afirmación reside en que la amplia mayoría de lo que vemos o pensamos es relativo. Nuestro acceso al mundo físico está mediado por percepciones, lo que impide alcanzar un conocimiento objetivo. Pero una cosa es el relativismo epistemológico y otra bien distinta el relativismo totalizador.

La misma expresión todo es relativo implica una autonegación, porque expresa un absoluto. Este relativismo totalizador constituye un fundamentalismo dogmático y autocontradictorio. Para que algo sea relativo ese algo lo es en relación a otra cosa; pero, en algún punto, el edificio de relaciones concluye en un absoluto. Para que sean relativas debe haber un absoluto.

Ciertos valores morales reflejan derechos que no pueden ser puestos en discusión ni sometidos a la decisión de mayorías, y son garantía para la existencia y l convivencia social. De lo contrario, «no torturar a los niños» no sería más que una convención que siempre podría ser relativizada o eliminada. Si no pueden ser alterados por una votación, no pueden ser fruto de otra votación previa. Desde la perspectiva cristiana, han sido fijados por Dios a los hombres en razón del libre albedrío.

El carácter absoluto de esos principios es crucial pues, de lo contrario, los más elevados valores humanos quedan sometidos a la tiranía de mayorías o de pretendidos consensos que no son tales. ¿Qué razón habría para no poder desechar el principio de no matar? ¿Por qué sancionar la pedofilia, la necrofilia, o censurar el animalismo? No debe sorprender que estos temas están explicitados, o al menos subyacen, en muchas iniciativas progresistas.

¿TODOS IGUALES?

El segundo apotegma, después de sostener que todo es relativo, sostiene un absoluto: «todos somos iguales». Lo que deriva, claro, en que hay que acabar con las desigualdades que evidencian la irrealidad de tal idea. Como advirtió Paul Watzlawick, no hay diferencia alguna en el resultado, sea que se pretenda resolver las desigualdades desde un punto de vista marxista o desde uno capitalista (intervencionista). «El intento de nivelar las diferencias de los hombres conduce inevitablemente a los excesos totalitarios de desigualdad».

Las contradicciones son la norma del enemigo que nos ataca. Los progresistas se manifiestan fervientes defensores de la Naturaleza y el estado natural. Sin embargo, son campeones en agredirla en forma continua, reduciendo la realidad natural a mera opresión cultural.

El feminismo y las demás corrientes que llevan a cabo esta guerra cultural se caracterizan por ser estatistas y autoritarios. Los cuales, bien mirados, son términos redundantes. No es que necesiten del Estado para que éste asegure que se respeten los derechos que enarbolan. Necesitan del Estado para imponer el sometimiento de la sociedad a la ruptura con la realidad natural. No buscan tolerancia. Buscan imposición. La historia del homosexualismo es contundente al respecto: pasó de reclamar tolerancia, a obtener privilegios impensados e imponer su agenda al resto del conglomerado social, apoyándose en el ejercicio de la fuerza por parte del Estado. Documentos de identidad, patria potestad, libertad de conciencia, de educación, de culto, de expresión, de asociación, todo el entramado jurídico sucumbió.

El ataque comienza por la invasión cultural pero madura en un sojuzgamiento material y concreto en las dimensiones políticas, económicas e institucionales. Se altera y subvierte el derecho, se penetra y transversaliza todo el abanico de partidos políticos tradicionales, se consagran nuevas instituciones -encargadas de vaciar de significado y eficacia la igualdad ante la ley y los mecanismos de representación y de acceso a la justicia-, y se somete a quienes trabajan y generan riqueza a sostener materialmente el aparato de indoctrinación y subversión cultural y su clientela parasitaria.
La guerra cultural constituye una reelaboración de la guerra de clases. El éxito económico del mundo libre frustró el intento de rebelar al proletariado y llevó a sofisticar la revolución. Engels había planteado la necesidad de destruir la familia, núcleo de la sociedad y la cultura occidental. Gramsci, los intelectuales de la llamada Escuela de Frankfurt, y el deconstructivismo lingüístico constituyen peldaños de esa reelaboración.

Todo parece estar perdido. Pero nuestros enemigos no cuentan con la más indestructible de todas las falanges militares jamás concebida: la familia bien constituida. No cuentan con el hombre, y su capacidad de levantarse y enmendar. Peor aun: no cuentan con Dios. Más tarde o más temprano, pierden por demolición.

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