Género: reseña de un concepto ficticio. Por Andrés Irasuste.

Género: breve reseña histórica de un concepto ficticio:[1]

Existen discusiones interminables acerca de qué es un “concepto”. Los filósofos analíticos anglosajones son auténticos cruzados rabiosos en esto, sobre todo desde Wittgenstein y lo que de él se desprende como tradición que ya lleva un siglo entre nosotros. No necesitamos adentrarnos en estos extraños vericuetos de la filosofía -que todo lo asimila a usos y “juegos de lenguaje”- para entender que un concepto es una representación mental o idea producida por nuestra mente, que aspira (al menos en un estado de armonía y salud de dicha mente o aparato psíquico) a poseer un correlato -que con suerte resulta aproximado muchas veces- con la realidad y el mundo de las cosas. Esto último refiere a la extensión del concepto, lo cual lo volvería verdadero en caso de corresponderse con lo real y constatable del mundo de las cosas. Rechazamos la tradición que se desprende de Wittgenstein, que se ha transformado en algo propio de un showbusinessnorteamericano donde se puede llegar a discutir si acaso las hormigas poseen consciencia y mundo simbólico (el séquito de Daniel Dennett y compañía). Parafraseando al gran pensador Nicolás G. Dávila, la forma de curarse de la sarna intelectual moderna es abrevando en el bálsamo de las letras antiguas, por lo que en lugar de incursionar en debates espantosamente naifs acerca del concepto de concepto, volveremos a lo que dijo el gran Aristóteles hace ya dos mil quinientos años: un concepto es una noción, modernamente entendida como representación o idea  intelectual de un objeto que implica alguna comprensión acerca del mismo, y dicha comprensión posee una extensión aplicable a las cosas u objetos que dice comprender. La idea y la cosa de algún modo deben estar interconectadas, relacionadas, lo cual suena bastante sensato. En otras palabras, con el concepto aspiro a determinar la naturaleza de un conjunto de entes, basándome en abstracción de percepciones. (Mora, 1999, p. 615) Si el hombre de las cavernas tenía en su mente alguna representación de lo que era un predador amenazante, se supone que ello debía servirle para anticiparse a la situación de peligro y actuar en consecuencia en décimas e incluso milésimas de segundo. Por ejemplo, el flogisto aspiró a ser un concepto científico en el siglo XVII para explicar la combustión y el surgimiento del fuego, hasta que vino la moderna química científica y lo destronó demostrando que se trataba de una idea falsa en su correlato con la realidad constatable. Alguien puede seguir teniendo en su cabeza (tiene el derecho si así lo desea) al flogisto como idea seductora mientras contempla arder las llamas de su estufa en una inspiradora noche de invierno al beber una copa de vino en su sillón, pero no obstante, sabemos, su idea no poseerá correlato con lo real. Ergo, amén de que le sea atractivo o poético pensar en el flogisto, se tratará de una idea falsa en su mente que a lo sumo le servirá para escribir un poema romántico, empleándolo como metáfora, o tener una noción de la historia de las ideas de la ciencia. Cuando nuestra mente comienza a producir ideas sin un correlato y desajustadas con lo real, puede que estemos incursionando en los dominios del arte, del delirio o quizás de ambos. Y también del ensayo y el error, dado que la historia de la ciencia se basa en eso. O de las diversas ideologías políticas: muchas ideologías no son otra cosa que grandes delirios colectivos altamente sistematizados que se vuelven dominantes en la opinión pública. Un ejemplo de esto último es el marxismo, cuyo saldo en el siglo XX, acorde a las más recientes investigaciones históricas, se traduce en más de 100 millones de muertos exterminados por las armas, el hambre y diversos campos de concentración (gulags).

Un concepto es un acto mental, pero la representación mental es el medio, no la finalidad. Si una representación no me sirve para entender y referirme a lo real del mundo de las cosas y actuar adaptativamente, entonces sólo me sirve como ficción o ensoñación poética, incluso al grado de que mi existencia misma pueda peligrar: Foucault hablaba de las enfermedades como grandes constructos conceptuales históricos y sociológicos de la Modernidad, pero al contraer VIH en algunaCalifornian gay party, simplemente al tiempo se murió de Sida, tal como era de preverse.

El problema es que en un mundo occidental y moderno, altamente complejo y tecnificado, necesitamos todo el tiempo crear conceptos para cuestiones que nuestra mente no necesita comprender a-priori acorde a los dictados de nuestras necesidades biológicas  ya programadas de forma natural. Y es aquí donde advienen las pugnas telúricas en la historia de las ideas. Natural es que un hombre copule con una mujer, pues de no ser así, no habría forma de explicar cómo hemos llegado a ser 7 mil millones de seres humanos sobre el planeta Tierra. Desde luego, existen conductas de otra modalidad, como que un macho copule a otro macho en situaciones de cautiverio o de amenaza (observables por ejemplo en los monos), pero no es en ellas en las que la evolución y la naturaleza se han basado como método para perpetuar las especies animales. No se trata de si esta verdad conceptual nos agrada o nos desagrada, sino más bien de comprender su correlato con la realidad y de cómo esta funciona. Es que ciertas cuestiones no dependen de la búsqueda de consensos democráticos: la ley de gravedad podrá ser sometida a mil discusiones democráticas si así se desea, pero allí está y no cambiará a pesar de los sujetos diletantes adictos a las asambleas, a los relativismos discursivos y a la búsqueda de nuevos usos wittgenstenianos del lenguaje.

Hoy sigue estando muy de moda hablar del concepto de “género”, pero puede que su estatus en tanto idea no sea muy diferente a la del flogisto. La pregunta es: ¿es verdaderamente un concepto siquiera? Veámoslo. ¿Qué es el “género”? Así es como presenta la cuestión la academia británica de Oxford:

“Término introducido por las feministas a fin de que los aspectos sociales de la diferencia sexual no deban ser olvidados. Cuando la diferencia entre seres humanos machos y hembras es tratada como una diferencia de ‘sexo’, esa diferencia debe ser explicada biológicamente. Cuando se habla de género, se está reconociendo la determinación sociocultural de los conceptos de ‘mujer’ y ‘hombre’ (…)” (Horn, 2008, p. 489)

Esto que nos plantea Oxford no es exacto. No es falso, pero se trata de una inexactitud. No fueron las feministas las primeras en hablar de “género”. “Género” es una categoría conceptual y filosófica que siempre refirió al concepto lógico de “clase”: un género es una clase, un conjunto que posee mayor extensión que otros, pero que a su vez no es tan específico como otros. El género, desde Aristóteles, es una clase que hace referencia a un atributo esencial que comparten una pluralidad de cosas o entes, pero que a su vez difieren entre sí en otros aspectos. Por ello, cuanto más extenso es el género como clase, se dice que menos específico es. Por ejemplo: la clase de los animales es un género respecto a la clase de los seres humanos, pero éstos necesitan ser comprendidos -en sus atributos específicos, y aquí entra el concepto– dentro de la sub clase de la especie humana. (Ferrater Mora, 1999, pp. 1450-1451) Se trata de un concepto filosófico y lógico que en última instancia hace referencia al ser y sus atributos. También ocupa su lugar en gramática en tanto propiedad lingüística de clasificación de las cosas, y en biología el género viene delante de la especie: dentro de la clase de los mamíferos y del orden de los primates, se encuentra dentro del género homo esa llamativa criatura que es el homo sapiens

Pero a fines de los años 60, a un médico sexólogo neozelandés que emigró a USA llamado John Money, y a un psiquiatra llamado Robert Stoller (quien fue uno de los principales implicados en los oscuros sucesos que sacudirían a la Asociación Americana de Psiquiatría en los años 70 para “despsiquiatrizar” la homosexualidad), se les ocurrió una idea muy extraña: género ahora comenzaría a ser usado para designar los roles que hacen a la identidad sexual independientemente del sexo biológico. Esto estuvo inaugurado -al menos mediáticamente- por el caso del niño Bruce Reimer, quien por accidente padeció a poco de nacer la destrucción de su pene por parte del equipo médico debido a una negligente intervención quirúrgica por fimosis. John Money, una figura médica exitosa, quiso llevar a cabo una descabellada teoría en aras de comprobar que la identidad era escindible del sexo y que dependía únicamente de la crianza, y ofreció a los desesperados padres del pequeño Reimer la chance de la eliminación completa del pene con el plus de un tratamiento con hormonas femeninas durante toda la niñez. Así, al llegar a la pubertad se le construiría a Bruce una vagina y vulva artificiales, y se podría presuntamente construir así una “identidad femenina” “desde cero”, desde los primeros meses de vida, sobre la base de la promesa de que Bruce llegaría a ser una “mujer plena”. (Véase el documental:  El Dr. Money y el niño sin pene).[2]

Lo que vino fue todo lo contrario: Bruce (criado como “Brenda”), al llegar a la adolescencia expresó su deseo de ser varón (a pesar de los múltiples tratamientos hormonales, así como la crianza como niña sin conocer siquiera la verdad hasta la pubertad). Al parecer, la crianza no anulaba la naturaleza… al parecer el ser humano no es una tabula rasa. Concebir al ser humano como tabula rasa significa concebir que todo lo que hay en su naturaleza y expresión de facultades, talentos e ideas, es el resultado únicamente del proceso de socialización, de inscripción simbólica de relaciones sociales (he aquí la tentación marxista de estos planteos), por medio de inputssensoriales, como si el sujeto humano fuera una especie de superficie o tablilla de escritura en blanco(de allí precisamente lo de tabula rasa).[3] Esto implica que la noción de tabula rasa, además de abrevar en el constructivismo social, se relaciona también con el viejo empirismo filosófico. Las concepciones “de género”, implícita o explícitamente, echarán mano a esta idea de manera muy notoria. Dice el psicólogo Steven Pinker:

 

“Feminism as a movement for political and social equity is important, but feminism as an academic clique committed to eccentric doctrines about human nature is not. Eliminating discrimination against women is important, but believing that women and men are born with indistinguishable mind is not.” (2002, p. 371)

Es decir, el feminismo clásico que abogaba por derechos es atendible, el feminismo de género (Pinker las denomina genderists), con sus excéntricas doctrinas, no lo es. Bruce volvió a ser varón (si es que alguna vez dejó de serlo) mediante el implante de un pene artificial y todo un nuevo tratamiento hormonal en dirección reversa al anterior, convirtiéndose ahora de a poco en “David”, pero jamás pudo superar los clivajes psicológicos dejados por el maquiavélico Doctor Money desde la niñez, quien entre otras cosas lo (la) hacía posar desnudo(a) en distintas posiciones sexuales, para que “Brenda” pudiese construirse una imagen mental adecuada de su futuro papel sexual como mujer en el manejo de su cuerpo, mientras le tomaba fotografías junto a su hermano. Antes de llegar a los 40 años, David Reimer finalmente se suicidó tras un inefable sufrimiento corporal, psicológico y existencial en manos de este delirante y perverso médico. (Purves et al, 2008, p. 782) (Colapinto, 2001)

La teoría de género fundada por John Money, en el seno de la Universidad de John Hopkins (y avalada rápidamente por la APA, Asociación Americana de Psiquiatría), nacía de este modo con un caso clínico realmente escandaloso que revelaba el más puro fracaso de la misma. No obstante, el caso fue publicitado como un éxito. El caso Reimer sería algo así como el reverso del sujeto transexual: se trataría de una “transexualidad instigada” artificialmente con fines utilitarios. Lo cierto es que Money lo que buscaba era crear su propio negocio (su apellido hasta parece una ironía del destino), dado que en USA la cirugía ya era por ese entonces un quehacer multimillonario dentro de la medicina, y promoverse como figura innovadora y pionera en el seno de alguna Universidad de relevancia era la manera de subirse al trampolín del éxito. Así, Money fundó el Gender Identity Institute, con fondos aportados por la Universidad John Hopkins. El caso del joven Reimer, su instrumentación y manejo, nos parece una verdadera monstruosidad. Los experimentos de Money (deleznables, abyectos) destruyeron una vida, una familia, además de desatar la esquizofrenia de Brian, hermano de David, quien jamás pudo aceptar la verdad acerca de “Brenda”. Nosotros nos preguntamos qué tanta distancia existe acaso en verdad entre un John Money y un Josef Mengele. Money es una especie de Mengele avalado por el establishment médico liberal de la sociedad norteamericana. Money: expresión de una monstruosa tecno-ciencia lucrativa. Para colmo, Money era también un activista ideológico por la despatologización de la pedofilia y de toda una serie de “parafilias” sexuales, nuevo eufemismo lingüístico de esta nueva clase médica para referirse a prácticas perversas altamente patológicas, que van desde la coprofilia (juego e ingesta de excremento con excitación sexual) hasta la auto-estrangulación masturbatoria. (Colapinto, 2001, pp. 29-30)

Como si esto fuera poco, su presentación mediática esparció como un virus una falsa concepción de la naturaleza humana. David Reimer se suicidó en 2004, pero ya era muy tarde: los movimientos neofeministas, de un momento a otro en los años 70, se apropiaron in toto del término “género” y de su uso conceptual novedoso: nacerá el “feminismo de género”. Suzanne Kessler y otras new feministsse apropiaron de la noción de un modo parecido a como los antiguos cow boys se apropiaban de la tierra en el lejano Oeste californiano. Kessler & McKenna (1985), pioneras de Chicago en hablar de “rol de género” sobre la base de la antropología transcultural, el constructivismo psicológico y el relativismo epistemológico, establecieron en los años 70 que el género es la adscripción de un cierto rol sobre los sujetos sobre la base de una pertenencia socio-cultural, lo cual fue el big bang de los planteos “de género” en el mundo feminista y académico. Desde aquí tenemos un salto cualitativo directo al feminismo de género. Dice la historiadora del feminismo radical Alice Echols:‘The radical feminist groups discussed in this chapter agreed that gender, not class or race, was the primary contradiction and that all other forms of social domination originated with male supremacy.’(1989, p. 139) Estos grupos a los que se refiere Echols fueron algunos como el Cell 16 o elRedstockings, compuestos por activistas del lesbo-feminismo radical. La consigna feminista desde aquel entonces hasta ahora básicamente será que los patrones “naturalizados” de la sexualidad pueden ser modificados. (Butler, 2010, p. 95) Será el nuevo feminismo que vino luego del radical feminism de los 70s el que uniría al género de los psiquiatras y sexólogos pioneros con ciertas tesis postestructuralistas. Si bien existen muchas teorías sobre lo simbólico, en lo que respecta a “género” se entiende por ello –en general- a la dimensión normativa que constituye al sujeto sexuado dentro de los dominios del lenguaje. (Butler, 2011, p. 69) Butler se reconoce a sí misma como una feminista que es a su vez una mala materialista, dado que cada vez que desea hablar sobre la sexualidad, del sexo y de los cuerpos, termina hablando sobre actos de lenguaje, dice (recuérdese aquí lo que decíamos al comienzo). Esto es una manera intelectualmente snob de decir que no tiene la más remota idea de qué clase de correlato neurobiológico y psicológico poseen sus postulados. Pero no parece importarle demasiado. Butler ya es, a comienzos de los años 90, la más perfecta y acicalada versión del género de las feministas postestructuralistas que predominan hasta hoy.

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Si bien el propio Reimer alegaría antes de suicidarse que se trató de un ser humano nacido varón, castrado por la clase médica, feminizado por los psiquiatras para luego finalmente volver a ser quien debería haber sido desde un principio, las new feminists ya tenían, para ese entonces, una gran masa de acólitos que seguían y siguen sus concepciones sobre el género desde hace más de tres décadas. A partir de allí  comenzó a gestarse el uso semántico que hoy todos hemos escuchado acerca de dicho término: comenzaron a florecer las teorías y “estudios de género”. Hoy podemos ver y escuchar en la TV o en cualquier medio hablar sobre “género” a una infinidad de figuras, personajes y diversosexperts de las ciencias sociales y humanas. Todo el mundo pareciera tener muy claro de lo que se está hablando (algunos con verdadera liviandad), al mismo tiempo que abundan posgrados y maestrías al respecto. El caso del joven Reimer plantea la pertinencia de una pregunta que a las feministas e intelectuales del género no agrada demasiado: ¿es verdaderamente posible pensar el fundamento de la simbolización de la diferencia sexual entre los humanos de forma separada respecto a la anatomía y la biología…? Creemos que no. Sea como sea, a todos aquellos que cuestionen la concepción de género enseguida se les señala con el dedo, y no sólo eso, sino que se los asocia con mucha liviandad con el Vaticano. ¿A quiénes señala Butler con el dedo? Al Vaticano: según la autora, el Vaticano desea volver a “biologizar” la diferencia sexual, reivindicando hablar de sexo y no de género, un intento de volver a aquello dicho por Freud de que “la biología es el destino”. (Butler, 2010, pp. 257 ss.) Esta afirmación de Freud es sometida a toda una maquinaria de erróneas interpretaciones que aquí no podemos profundizar.

Otro de los pioneros en la concepción de género fue el psiquiatra Robert Stoller, figura también de la Universidad de California (siempre California). Él quiso mentar una exégesis de ciertos fenómenos sexuales, como la intersexualidad y la transexualidad, y para ello elaboró un concepto, core gender identity, o “identidad nuclear de género”. Para Stoller, la identidad de género es algo destinado a referir conceptualmente a aquellas conductas motivadas psicológicamente, cómo el sujeto se percibe a sí mismo en relación con sus afectos y deseos sexuales. El sujeto puede tener un sexo, pero sus creencias y deseos estar en discordancia con el mismo. Dice Stoller: ‘Masculinity or femininity is defined here as any quality that is felt by its possessor to be masculine or feminine. In other words, masculinity or femininity is a belief -more precisely, a dense mass of beliefs, an algebraic sum of ifs, buts and ands- not an incontrovertible fact’. (1985, p. 11) Al parecer, feminidad y masculinidad son simplemente un conjunto de creencias, de ifs (“síes”), buts (“peros”) y ands (“íes”) para Stoller. Extraño. Es evidente que muchas cosas que hacen a la significación de la identidad de los seres humanos varían de una cultura a otra, pero al parecer, para Stoller, sólo hay variaciones simbólicas y nada más. Extraño resulta que a esto lo diga alguien formado en biología y medicina, pero tal era la moda intelectual del momento. La identidad nuclear de género será la convicción del sujeto de que determinado sexo fue asignado por la anatomía biológica, pero en última instancia psicológicamenteen su aceptación. Para Stoller, el sexo biológico “ayuda” a definir la esfera sexual de lo psíquico y no al revés. Aun así, no iría tan lejos como las new feminists, en quienes la anatomía es tan solo una caricatura que se agita al viento.

Desde el feminismo posmoderno, el “género” referirá a una “construcción sociocultural” y simbólica que no se deriva del sexo biológico, y que sería el conjunto de significaciones culturales que se inscriben en el cuerpo a partir de un sistema social dominante. (Butler, 1990, pp. 6-9) Es que del estructuralismo, el postestructuralismo conserva el llamado “giro lingüístico” iniciado ya por Saussure y Wittgenstein. (Peters, 2001, p. 30) Dicho giro lingüístico es muy notorio por ejemplo en intelectuales de corte similar a Judith Butler, o en la misma Butler, donde lo biológico está ausente y todo tiende a ser un acto de lenguaje y “paquetes de símbolos”. También podríamos agregar: el postestructuralismo conserva la tendencia a disolver al sujeto y al hombre en estructuras y variables abstractas impersonales, tales como ser el propio lenguaje, el “mundo simbólico”, las estructuras históricas y sociológicas (todo ello compatible con un marxismo de trasfondo), o la introducción del sujeto humano en la picadora de carne de la tabula rasa. Además, podríamos sumar como mención su marcada tendencia anti-empírica en lo sociológico (la cual fue ya una acentuada característica del estructuralismo), y su tendencia a renunciar a los hechos fácticos para reemplazarlos por un abigarrado mundo teórico que referiría a procesos sociales e históricos altamente intangibles.

El género será visto dentro de esta miscelánea de elementos como el resultado de una tecnología política compleja, como lo plantea la ideóloga feminista Teresa de Laurentis. “(…) el género no es una propiedad de los cuerpos o algo originalmente existente en los seres humanos, sino ‘el conjunto de efectos producidos en los cuerpos, los comportamientos y las relaciones sociales’.” (1989, p. 8) El género es una representación construida, cuya representación de sí es su propia construcción social. La mujer no existe: existiría la representación del ser-mujer. Gran parte de esas representaciones forman parte de la instancia ideológica de una cultura, por lo que ahí es donde viene el apretón de manos con el marxismo: finalmente el género tal como lo percibimos contemporáneamente es una construcción capitalista hegemónica. (1989, p. 13)

Desde un punto de vista psicobiológico, hoy se habla de TSTG (Transsexualism & Transgenderism): el fenómeno por el cual un sujeto se comporta o declara sentirse en disonancia entre sus conductas de género –o la verbalización de las mismas- y su sexo biológicamente asignado de nacimiento. (Bevan, 2015, pp. 58 ss.) Tanto es así, que hoy se habla asimismo de cisgénero, es decir, de la clásica coincidencia entre género y sexo biológico (hombre/mujer/masculino/femenino/ respectivamente heterosexuales). Finalmente, las mayorías heterosexuales son definidas ahora en función de la excepción, siendo incluso la transexualidad una subcategoría de todo un espectro transgénero. Aquellos que no sepan exactamente aún en qué lugar del espectro trans se hallan, la neolengua orwelliana actual les otorga la tranquilizante categoría de genderqueer. (Bevan, 2015, pp. 63-65) A pesar de que la transexualidad fue una noción acuñada por cirujanos en los años 60 para categorizar un nuevo desafío médico entre manos, ya no se aceptan más expresiones tales como “cirugía de cambio sexual” o “cirugía de reasignación de género”, dado que la primera refiere únicamente a algo corporal que puede ser meramente un cambio cosmético sin ser el sujeto un sujeto transgénero, y la segunda reduce la construcción de identidad de género al mero cambio anatómico genital. Tampoco se acepta “cirugía de reconstrucción genital”: no habría al parecer ninguna configuración genital previa que se esté re-construyendo. La expresión hoy aceptada es simplemente cirugía plástica genital (genital plastic surgery), lo cual es el proceso de culminación de una transición transexual. (Bevan, 2015, p. 68) De este modo, lo transexual es una subcategoría de lo transgénero porque no todo sujeto transgénero derivará en una transición hacia una genital plastic surgery necesariamente, siendo lo transgénero una categoría más amplia, a tal punto difusa que posee lo genderqueer en su extensión.

El “género” y la naturaleza humana:

La naturaleza humana existe. Los planteos afiliados al constructivismo social y psicológico lo niegan y también reniegan de una eventual existencia de la misma. ¿Qué es el “constructivismo”? Daremos una sumaria y práctica definición:

“Análisis del ‘conocimiento’ o de la ‘realidad’ como contingentes respecto a las relaciones sociales y como resultado de continuadas prácticas humanas mediante procesos tales como la reificación, la sedimentación, el hábito, etc. (…) Los constructivistas sociales no creen en la posibilidad de fundamentos o fuentes de conocimiento que sean libres-de-valor, ni conceptualizan una clara distinción entre lo objetivo y lo subjetivo, o entre ‘conocimiento’ y ‘realidad’. Esta posición tiene, por tanto, profundas implicaciones para la práctica y la filosofía de la ciencia y para la filosofía política.” (Frazer, 2008, p. 229)

En nuestro tema, esto deriva en la tabula rasa. Aún recuerdo claramente las palabras de un ex docente cuando yo era un novato e ingenuo estudiante, quien haciendo usos y desusos de aforismos foucaultianos y deleuzianos nos decía con firmeza: la naturaleza humana no existe, no hay naturaleza humana. Esto no acontece meramente en el plano local: es un fenómeno que va desde las academias norteamericanas hasta las europeas. En 2010, el medio NRK de Noruega, con el periodista Harold Eia, se encargó de hacerse una sencilla pregunta e indagar respecto a la misma: ¿por qué en el país con mayor “igualdad de género” (según la ONU), la elección por parte de las mujeres de ciertas profesiones científico técnicas como la ingeniería o las labores “rudas” como la albañilería no se da con demasiada frecuencia teniendo, efectivamente, la libertad de elegirlas? Y viceversa para los hombres. Harald entrevista a diversos periodistas, políticos, autoridades, miembros académicos, así como a los “investigadores de género” del país escandinavo, quienes tildan de “mediocres” y anacrónicos a los investigadores norteamericanos quienes sugieren una visión alternativa al constructivismo social y psicológico. Luego contrasta esta opinión con la de psicólogos y científicos no constructivistas locales y extranjeros, y para sorpresa final, la carencia de argumentos y la desidia intelectual de los “investigadores de género” es realmente llamativa, no estando dispuestos a ceder un milímetro respecto con evidencias científicas fehacientes.[4] Tanto aquí como allí, a todos ellos el tópico les suena a reaccionaria escolástica y a oscuros “esencialismos” filosóficos y biologicistas contrarios a sus intereses (lo cual es expresado con una socarrona sonrisa), y tal como sugiere la feminista de género Judith Butler, cualquier concepción del sujeto humano que postule una “ontología pre-social” acerca de la constitución del mismo ya es portadora de grandes suspicacias y de solapados fascismos en pro de la defensa de un orden socialmente conservador. Una concepción tal es denunciada por la antedicha académica como portadora de una “metafísica de la sustancia”. Figuras tales no desean saber nada con la discusión del tema, o al menos con aquellos planteos que pongan en duda su visión: su desidia y displicencia intelectual es realmente abrumadora. No obstante, no tienen ninguna verdadera prueba en contra a la cual recurrir más allá de un conjunto de aforismos filisteos, y no solo eso, sino que la ciencia -incluso el sentido común- no está de su lado. Algunos en el fondo lo saben como un secreto a voces, pero no les importa demasiado: la impudicia academicista es su escudo en pro de otros intereses.

¿Qué significa hablar de la “naturaleza” de un ser? Significa hablar de lo que es propio ya de por sí de ese ser, así como los principios primeros que ofician como la causalidad de ulteriores rasgos y características expresadas y observables. Desde Platón y Aristóteles, preguntarse por la naturaleza de un ser implica preguntarse por la sustancia y sus accidentes, la esencia y la forma de ese ser. En el caso concreto del ser humano, preguntarse por la naturaleza humana implica interrogarse al menos a través de tres grandes áreas: 1) Interrogarse por la diferencia entre la naturaleza del hombre y la de los otros animales, si acaso se trata de una simple diferencia de grado, o si hay algo esencialmente distinto y propio del hombre respecto al resto de los seres vivientes. 2) ¿Existen rasgos que todos los seres humanos comparten, o ello es tan relativo y variable como las diversas culturas sobre la Tierra? 3) ¿Es la naturaleza humana inherentemente buena o mala? ¿Es posible deducir valores y parámetros axiológicos y éticos de la presunta constitución de la misma? A nosotros nos interesan aquí los dos primeros terrenos, les dejamos el tercero a los filósofos y demás expertos que reflexionan sobre la moral y el Derecho. Los constructivistas no cesan de decir que la naturaleza humana no existe, pero ellos, sin decirlo, empuñan todo el tiempo su propia concepción de naturaleza humana, a decir verdad, que la misma no es más que el conjunto de las relaciones sociales sobre una tabula rasa.

Como es de esperar ante las múltiples diseminaciones de identidad y de lenguaje que nos ofrece la postmodernidad, el feminismo ha dejado de ser unívoco: existen múltiples feminismos, los cuales muchos tomarán a su manera el bagaje del pensamiento postestructuralista. Existen las feministas liberales, el feminismo marxista y el neomarxista, el feminismo radical, el feminismo reformista, el feminismo existencialista, el feminismo psicoanalítico, el feminismo negro, el feminismo judío, el feminismo chicano, el feminismo trans y muchos otros. (Le Gates, 1996, p. 5) Si bien la miríada de feminismos es aplastante, nosotros aquí nos concentraremos en el llamado new feminism, el cual incluye a la concepción de género, la cual se hizo muy popular desde que en la conferencia internacional sobre la mujer en Beijín de 1995, Judith Butler y otras feministas impusieran eldiscurso de género. Pero el new feminism, en su primera fase, arranca en los años 70 con auténticas militantes rabiosas. Tales “significaciones culturales” que las new feminists de género alegan serían propias de las “estrategias de poder” que ese mundo con su cultura dominante (el patriarcado) ha instalado en torno al sexo, y que por supuesto, desde estos planteos, han oprimido a la mujer desde una cuasi-eternidad inmemorial de los tiempos. En un mundo donde todo es concebido como texto y como proyección de constructos subjetivos (el mundo mismo vuelto tabula rasa cuyos bloques de construcción vienen a ser nuestras propias ideaciones), no sorprende que el género así sea visto: las inscripciones simbólicas sobre una tabula rasa pueden tacharse, borrarse, sobrescribirse, mezclarse, duplicarse, anularse. Innumerables juegos cabalísticos -¿acaso el anagrama del significante?- pueden recaer sobre un texto y sus símbolos, así como su sentido. Según venimos viendo, las diferencias entre hombre/mujer serían someras “construcciones sociales simbólicas” que nada poseerían de arraigo o condiciones mínimas innatas para los acólitos postestructuralistas, y por tanto, hasta serían susceptibles de ser modificadas y reemplazadas a piacere por medio de una praxis política transformadora. ¿Y quiénes son aquellos que osan tener las ideas y fórmulas adecuadas para esta justa transformación? Evidentemente, no las masas subyugadas al sistema dominante, sino una vanguardia academicista y militante de iluminados e iluminadas que trabajan día y noche por la penetración ideológica de las academias, las ONGs, los parlamentos, los clubes políticos, las redes sociales. La psicología anglosajona (aquella que es anticientífica) no se ha atrevido a adoptar una entera concepción de tabula rasa, pero estando a su vez influida por los estudios de género y por lo que el propio Andrew Colman llama “psicología feminista”, se mantiene a mitad de camino con definiciones grises en su tenor. Andrew Colman, en el famoso Diccionario de Psicología, afirma que el género son los patrones de conducta, actitudes y características de personalidad “estereotipadas” percibidas como femeninas o masculinas dentro de una cultura. (2009, p. 309)

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Al hacer primar el género por encima de las diferencias biológicas, se derivará de allí toda una serie de diferencias identitarias. Surgirán curiosas variedades en el jardín humano, elementos estructuralmente unitarios que aspirarán a ser su propia individuación de individuaciones. Pero no sólo eso: a la vez que esto ocurre, ahora el hombre, el ser humano, es quitado del pedestal que caracteriza a todo el mundo humano occidental, para ser colocado entre los primates y simios peludos (de los cuales él es el menos peludo). En los años 90, el proyecto Great Ape Project (“Proyecto Gran Simio”) proponía –de la mano de activistas, asesores e intelectuales como Peter Singer y Richard Dawkins- que los grandes simios como el chimpancé y el orangután son susceptibles de poseer los mismos derechos morales que las personas dada su proximidad evolutiva a ese simio escasamente peludo que es el hombre, y que por tanto dichos simios poseen derechos humanos. A la vez que la sexualidad implosiona en múltiples géneros, la humanidad del hombre es nivelada por el más protervo rasero de los biologismos materialistas de nuestro tiempo. Es extraño: los grandes simios no construyen géneros sexuales, mundo simbólico ni cultura, ni entienden de derechos u obligaciones civiles y morales, pero al tiempo que se postula su cuasi-humanidad, el hombre es a su vez nivelado como un mero simio entre los simios. A la vez que se reivindica humanidad para las criaturas no humanas (los animalistas están de moda), no se deja de postular la animalidad del ser humano; a la vez que se dice que la naturaleza del hombre es la no-naturaleza y su posterior y presunta construcción social, se proclama que la naturaleza del hombre es meramente animal. Nos vemos en la perentoria necesidad de interrogarnos: ¿posee el hombre una naturaleza, sí o no? Desde luego que sí, pero el hombre no es un simio ni una tabula rasa. Es mucho más que eso. Lo que ocurre, tal como dijo alguna vez Julius Evola, es que vivimos en un tiempo que reduce todo lo superior a lo que es inferior. Nivelación descendente, síntoma de una civilización en ruinas.

Lo que la ciencia nos dice:

El psicólogo evolutivo de Harvard Steven Pinker ha realizado una brillante tarea en el desmantelamiento y refutación sistemática de los planteos de la tabula rasa en una obra lúcida y arrolladora, ‘The Blank Slate…’ (2002). Esto que hemos expuesto lleva implícito otra cuestión de fondo, que también hemos mencionado: la negación de la existencia de una naturaleza humana. Para estas corrientes, hablar de naturaleza humana es básicamente un pecado capital, así como un crimen contra la inteligencia. Este pasaje intelectual, como muy bien subtitula Pinker el título de su obra, se trata de una auténtica modern denial of human nature, una moderna negación de la naturaleza humana, que ya arrancó en la Ilustración europea con Rousseau. Al ser rechazados todos los aportes provenientes de la psicología biológica y la neurociencia, estas corrientes son un obstáculo para el avance en la comprensión científica de la mente, dice Pinker, en tanto no aceptan que el supuesto “género” del que hablan las feminists posea una ontogénesis, una psicogénesis y una base que no dependen únicamente de lo social. La mente del hombre y de la mujer difiere en muchos aspectos por factores que trascienden la socialización. (Pinker, 2002, p. 338) Esto desagrada a las feministas, pues ven en ello el riesgo de una justificación de la idea de inferioridad de la mujer y de la consecuente falta de igualdad social. Se comportan como dogmáticas escolásticas que no desean mirar los astros a través del telescopio. Naturalmente, Pinker ha sido tildado como políticamente conservador, defensor de posturas innatistas, lo cual, más o menos equivale -en la jerga políticamente correcta del academicismo blando- a decir que se trata de un fascista. No es al primero que le sucede, sino que les ha sucedido a muchos otros anteriormente. También nos exponemos a que nos ocurra a nosotros. Lo que estos movimientos no desean aceptar es que la mente, el psiquismo, no es un producto servido a gusto de consumidores, sino que obedece a complejos procesos evolutivos que provienen de una realidad ontológica pre-social y pre-individual que responde a la naturaleza. Lo social vendrá después. Para escarnio de los activistas de género de todas las horas, hoy la neurociencia ha podido ya comprobar que eso que llamamos “género” posee un núcleo biológico bien duro y profundo que ya comienza a configurarse por distintos influjos hormonales intrauterinos, responsables estos de la sexuación cerebral aproximadamente desde la séptima semana de desarrollo intrauterino. Existe una diferenciación cerebral absolutamente pre-social que determinará conductas y roles muy distintos a lo largo del desarrollo del sujeto: a poco de nacer, niños y niñas mostrarán conductas emocionales y elección de objetos bien diferenciados; mientras las niñas se focalizan más en el rostro del otro y sus expresiones emocionales, los niños muestran ya más curiosidad por objetos mecánicos y en accionar con los mismos. Esto producirá el ulterior desarrollo de distintos esquemas cognitivos, los cuales determinan que varón y mujer procesen de modo distinto la información en sus cerebros y lleven a cabo distintas conductas y roles. (Kreukels et al, 2014, p. 20; p. 56; p. 59) Y me temo que dicha pauta es mandato de la biología y no de la cultura. La mente no es meramente una “construcción social”, una mera inscripción de relaciones sociales sobre una tabula rasa. Desde luego, esto responde a una naturaleza humana genéticamente codificada. Lo que los genes parecerían obrar (mediante posterior expresión y mecanismos hormonales para una sexuación cerebral específica) es la codificación de algunos elementos, mecanismos y factores que hacen a eso que llamamos “sexualidad”, por ejemplo ciertos rasgos de personalidad:

“(…) genes could influence sexual orientation by coding for other factors (e.g., childhood interests, personality traits) that, themselves, influence sexual orientation. Genetics contributions to sexual orientation could also involve hormonal mechanisms. For instance, genetic factors could determine levels of hormones (or receptors for hormones or enzymes needed to produce hormones in certain brain regions) that influence sexual orientation.” (Hines, 2004, p. 106)

Como muy bien ha dicho el biólogo Edward Wilson, ‘neurobiology cannot be learned at the feet of a guru. The consequences of genetic history cannot be chosen by legislatures.’ (1978, pp. 6-7) Es decir: la neurobiología no es algo que se aprenda a los pies de un gurú, y las consecuencias de nuestra historia y bagaje genético no dependen de voluntades legislativas (y tampoco asimismo de ideologías políticas). En USA, el desarrollo de la neuropsicología posee su autonomía propia, desligada del mundillo de los activistas e ideólogos políticos. Uno de los centros más relevantes es el NIMH (National Institute of Mental Health), el cual estudia la patología mental desde la neurociencia y la psicobiología. (Ray, 2015, p. 61) La neurociencia, que como ya hemos dicho posee su propia autonomía, propone dos criterios para el estudio del desorden mental: el plano dimensional y el categorial. Lo dimensional refiere a la escala gradual y continua en la que el desorden se desarrolla, y el punto categorial su situación de quiebre y la emergencia cualitativa de otra fase. (Ray, 2015, p. 59)

Está claro que estas concepciones de género no son meramente curiosas teorías que quedan impresas en papel, sino que van por mucho más. Recientemente, se desató una pasajera polémica en Suecia por la introducción de un nuevo artículo “neutro” en la lengua sueca: “hen“. Pongamos un ejemplo con los nombres “Héctor” y “Caroline”: en lengua sueca, diríamos Han är Hector (“él es Héctor”), y Hon är Caroline (“ella es Caroline”), respectivamente. “Hen” pretende no ser ni “él” ni “ella”. (MDZ, 2012). Esta formación lingüística introducida por la política feminista de Estado ya es usada en ciertos centros preescolares, para que los niños, presuntamente, no asimilen rolesestereotipados de género desde la temprana infancia. Es interesante ver cómo la equidad social de género (Suecia es prácticamente el país más equitativo del mundo social y económicamente) finalmente no bastaba, sino que ahora se procede a otras etapas en la instauración de políticas “de género”. Los alemanes están yendo a pasos agigantados: se han inaugurado centros preescolares en donde no sólo se experimenta con el idioma, sino con el modo de vestirse mismo de niños y niñas (varones que “experimentan” vistiéndose de como niñas y viceversa), a quienes no se debe tratar de “él” o de “ella”, sino dejar que descubran “por sí mismos” su género. Hubo un tiempo en donde el constructivismo era aplicado sobre la base del mismo criterio pero en teoría de la educación y del aprendizaje: que el niño descubriera por sí mismo, que construyera su propio universo de aprendizaje sin recibir lineamientos, teoría pedagógica que fracasó con creces en el mundo desarrollado, pero que aquí algunos aún pretenden utilizar. Hoy, se pretende hacer lo mismo con el género y la orientación sexual en el mundo rico, mundo que ya ha superado otros desafíos, como ser la pobreza o la falta de paridad económica entre hombre y mujer (al menos los países nórdicos). Los constructivistas no descansan, han cambiado de rubro con la esperanza de tener éxito en la nueva utopía. Se trata de una auténtica ingeniería sociológica experimental.

Breve conclusión:

Hemos visto que eso que muchos llaman “género” aplicado a los dominios de la sexualidad es una idea vacía, sin verdaderos fundamentos científicos, a la que la ciencia misma va desplazando del terreno de juego gradualmente. Peor aún, sus orígenes históricos en los años 60s son ominosos y oscuros. Creemos que ha llegado la hora de plantearnos su supresión de los dominios de las ciencias humanas como la psicología, sociología, etc. Desde luego, no somos tan obtusos para creer que el ser humano es meramente hormonas e impulsos neuroquímicos en su sistema nervioso. No somos reduccionistas a ese nivel. El hombre es un ser de lenguaje, portador de símbolos, de consciencia y de una dimensión moral y espiritual que le hacen trascender. Nos preguntamos, así, qué sentido y cabida puede tener un uso lingüístico e ideológico como el de “género” en todo esto. ¿Por qué no apelar, mejor, a las viejas nociones de identidad y personalidad para todo ello…?

 

 Fuentes en vídeo:

 

  • Demoliendo el lavado de cerebro de la ideología de género (programa de la cadena Noruega NRK, subtitulado en castellano). Link: https://www.youtube.com/watch?v=TMHmcHN4yag
  • El Dr. Money y el niño sin pene (documental sobre el Dr. Money, la teoría de género y el caso Reimer, subtitulado en castellano). Link: https://www.youtube.com/watch?v=E8ewHzh2WSA
  • Steven Pinker y la tabula rasa (Simposio de Psicología en TED, subtitulado en castellano). Link: https://www.youtube.com/watch?v=t9nXUTihOpA

 

Referencias Bibliográficas:

 

  • Bevan, Thomas E. (2015) The Psychobiology of Transsexualism and Transgenderism: A New View Based on Scientific Evidence. California: ABC-CLIO.
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  • Butler, Judith. (2010) Deshacer el género. Barcelona: Paidós Ibérica.
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  • Kreukels, Baudewijntje, Steensma, Thomas & de Vries, Annelou (2014) (Editors). Gender Dysphoria and Disorders of Sex Development. Progress in care and knowledge. New York & Heidelberg: Springer.
  • Laurentis, Teresa de. (1989) La tecnología del género. Tomado de: Technologies of Gender.Essays on Theory, Film and Fiction. (pp. 1-30) London: Macmillan.
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  • Wilson, Edward. (1978) On human Nature. Cambridge & Massachusetts: Harvard University Press.

[1] Este artículo consiste en una serie de fragmentos readaptados de mi propia obra La revolución sexual anglosajona y la psiquiatría hoy: El ascenso de Ganímedes. (2015) This work is licensed under the Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License. To view a copy of this license, visit http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/ or send a letter to Creative Commons, PO Box 1866, Mountain View, CA 94042, USA.

[2] https://www.youtube.com/watch?v=E8ewHzh2WSA

[3] Véase: https://www.youtube.com/watch?v=t9nXUTihOpA

[4] Véase: https://www.youtube.com/watch?v=TMHmcHN4yag

http://debatime.com.ar/

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