Ganar y perder; una cuestión difícil de determinar. Por Vicente Massot

Respecto de las próximas elecciones hay una serie de interrogantes que es del caso plantear aún cuando no siempre exista una respuesta clara, terminante, que logre evacuar la duda y disolver el problema. El primero es de naturaleza sociológica y tiene relación directa con el grado de interés que despierta, entre el universo de los votantes, la política en general y los comicios que habrán de substanciarse el domingo 13, en particular.

Es desde hace tiempo sabido que las personas altamente politizadas —aquí y en cualquier otra parte del mundo— constituyen una ínfima minoría. Lo que no es conocido con la misma certeza es qué ascendiente posee la política, en todas sus dimensiones, sobre el resto de la población. Que no figura entre las predilectas de los argentinos es algo fuera de discusión. Basta comparar los topes del rating a los cuales llega Showmatch —día tras día, sin solución de continuidad— o los partidos de fútbol; o, si se prefiere, comparar la cantidad de espectadores que mueve un recital de rock o de folklore o de música melódica de alguno de los más renombrados intérpretes nacionales o extranjeros, con el total de manifestantes en cualquiera de los actos de cierre de una campaña electoral, para darse por enterado de en dónde están las preferencias populares.

A ello deberíamos agregarle el nivel de conocimiento de la ciudadanía en condiciones de entrar al cuarto oscuro el próximo domingo de lo que está a punto de votar. Cuanto conoce son generalidades y hasta en ocasiones ni siquiera eso. En más de una oportunidad se han hecho relevamientos al voleo, preguntándole a los hombres y mujeres que se cruzaban en el camino de los encuestadores si sabían quiénes eran los candidatos susceptibles de ser votados y en qué consistía el trance electoral por venir. La mayoría de las respuestas ponían al descubierto el grado de ignorancia del pueblo soberano.

Lo expresado hasta aquí no apunta a distinguir a un conjunto minoritario ilustrado de unas mayorías bárbaras. Sencillamente quiere poner de manifiesto que el desinterés y el desconocimiento —producto, entre otras razones, de la desconfianza que suscita en buena parte de la población la clase política— son dos datos esenciales a la hora de tratar hallarle una respuesta a la pregunta de quién ganará en la provincia de Buenos Aires —sobre todo, dentro de cuatro días.

LEÉ TAMBIÉN:  Las tarifas no son el único rubro para bajar el gasto público. Por Roberto Cachanosky

El segundo de los interrogantes, a diferencia del anterior, no se vincula con la sociedad de votantes sino con los factores reales de poder, y es este: qué significa ganar y qué significa perder en las PASO del domingo. Es conveniente señalar, por de pronto, que tenemos por delante, antes que unos comicios estratégicos, una gran encuesta; a eso y nada más han quedado reducidas las internas. En octubre habrá una puja definitiva, con triunfadores y perdedores que no podrán ocultar los resultados ni obviar las consecuencias derivadas de los resultados que arrojen las urnas. En agosto, en cambio, conoceremos una radiografía bastante aproximada de cómo votan los argentinos.

De todas maneras, en las llamadas PASO habrá quienes festejen y quienes se vayan a dormir temprano con un sabor amargo. Pero distinguir a unos de otros no siempre será fácil. ¿Por qué? —Básicamente porque hay —cuando menos— tres formas distintas de medir la cuestión. Lo que significa que no hay un parámetro inequívoco para determinar quién ganó y quién perdió.

Imaginemos que Cambiemos —como todo lo hace prever— claramente aventajase a sus contrincantes en punto al número de sufragios obtenido a lo largo y ancho del país. Podría sentirse ganador sin que le faltasen argumentos. Claro que alguien, con iguales razones, podría sostener que lo que vale para una elección donde el país se convierte en distrito único y se elige a un presidente no vale para una en la cual lo que cuentan son los diputados y senadores que se eligen en las provincias y en la ciudad de Buenos Aires.

Hay —así— dos formas de medición que no se corresponden entre sí. En un caso se trata de contar votos generales, sin atender necesariamente al número de senadores y de diputados electos. En el otro, lo que se toma en cuenta son los representantes que han sido electos o que no fueron tenidos en cuenta por el electorado de cada distrito. Y para
complicar más aún el tema es obligatorio hacer entrar en el juego a una tercera forma de evaluar el comportamiento electoral de las banderías en pugna: lo que suceda en la provincia de Buenos Aires, la madre de todas las batallas, según les gusta repetir a no pocos analistas políticos en nuestro país.

LEÉ TAMBIÉN:  Un cacho de cultura general...Por Nicolás Márquez.

No es novedad decir que cada uno de los contrincantes podrá aprovecharse de los parámetros antes señalados en función de sus conveniencias. Cambiemos, por ejemplo, casi con seguridad podrá decirse ganador en la medida que, frente a la dispersión del peronismo, será quien tendrá más sufragios propios a escala nacional. Si acaso obtuviese Cristina Fernández mayor respaldo en las urnas que Esteban Bullrich y que Sergio Massa, ella también se subiría al podio de los ganadores. Otro tanto podría hacer Sergio Massa si se produjese un milagro —del todo inesperado— y fuese él quien triunfase a expensas de Cambiemos y de Unión Ciudadana.

De lo analizado se desprende que cabe imaginar un escenario en que haya más de un ganador. Quienes en definitiva tendrán la última palabra al respecto serán tres poderes de disímil naturaleza: la opinión pública, los dos grandes medios de difusión capaces de fijar la agenda del día —Clarín y La Nación— y, por fin, la clase política.

En la medida que haya una cierta unanimidad —algo que no es seguro— de la gente sobre el triunfador, quienquiera que sea éste llevará una ventaja considerable respecto de sus adversarios, pensando en octubre. Pero esa opinión pública habrá visto televisión el domingo, escuchado a los principales comentaristas, leído los títulos de los diarios del lunes escuchado el programa de Marcelo Longobardi y otros por el estilo. Vista las cosas desde esta perspectiva —y si no hubiese un ganador claro— el peso de los medios será importantísimo. Y como las del domingo venidero son un simulacro de elección, el análisis y el cálculo que hagan los hombres de la política será fundamental, teniendo presente que para el plato fuerte todavía faltan más de sesenta días.

Pocas veces —si acaso alguna— las encuestas han hecho mutis por el foro en lo que hace a los comicios bonaerenses. Sólo Query Argentina, Raúl Aragón y Managment & Fitse han arriesgado a dar números. Ello muestra —por si faltasen pruebas— qué tan pareja se presenta la riña. La dificultad se acrecienta a poco de saber que —aún— 17 % del electorado no tiene definido a quién votará. Apuntar que serán los indecisos de hoy quienes, en definitiva, decidirán la puja electoral es sólo una parte de la verdad. Puede haber un ganador; o dos o tres.

Más en Opinión y Actualidad
Una campaña marcada por la mediocridad. Por Roberto Cachanosky

Muchas veces he escuchado la frase: se metió en el barro de la política. Sin duda que...

Cerrar