Franco, un «izquierdista caviar». Por Cosme de las Heras

Para hacer esta aseveración, primero, analicemos el background (perdón por el anglicismo pero es que es muy definitorio) de Francisco Franco: su padre Nicolás era un liberal, descreído de la Iglesia, militar aventurero, playboy, putañero y borrachín. Su hermano Ramón, un glamuroso as de la aviación, mujeriego, masón y republicano.

Franco no provenía de una familia carlista, precisamente.

A continuación observemos el hecho de que la izquierda moderada de España, la socialdemocracia, debería estarle muy agradecida al líder de la Cruzada debido a que salvó de la cheka a la llamada burgoprogresía. Los rojos pasaban a cuchillo también a los burgoprogres, porque, por muy progresistas que fueran, por encima de todo eran unos «burgueses»: el enemigo, y punto.

El Caudillo desarrolló una política que el mismísimo Lord Keynes hubiera alabado y tomado como modelo de su doctrina económica si hubiera vivido más. A menudo se intenta hacer pasar a Keynes, sobre todo por parte de algunos divulgadores neoliberales, como un peligroso socialista, pero leamos estas palabras suyas de 1925 acerca del Partido Laborista: “No creo que los elementos intelectuales del Partido Laborista vayan a tener mucho control sobre la organización. La mayoría de su política va a ser decidida por aquellos que no tienen ni idea de lo que están hablando, un autócrata círculo interior que trabaja a favor de los intereses de la extrema izquierda y que yo denomino el Partido de la Catástrofe.”

Lord Keynes era un torie socializante o un labour moderado. Tanto monta.

¿Prohibió el Caudillo a poetas como Jaime de Gil de Biedma? ¿Vetó la entrada a artistas e intelectuales de la talla de los izquierdosos (antaño simpatizantes del bando republicano durante la guerra) Orson Welles, Ernest Hemingway o Luis Buñuel? Muy al contrario. De hecho, uno puede encontrar unas sorprendentes líneas en Mi último suspiro, la autobiografía de Buñuel, alabando la España de los años cincuenta, a la que encontró muchísimo mejor que en los años treinta. En cuanto a lo bien que se encontraban en la franquista España Welles o Hemingway, eso es bien conocido.

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¿No era el máximo exponente del surrealismo y del épater le bourgeois, Salvador Dalí, amigo íntimo del Generalísimo?

¿No floreció la gauche divine en la Barcelona del tardofranquismo? ¿No encontarron los hippies su paraíso en la Tierra en la Ibiza de los años sesenta?

¿Y qué hay de esos picantones espectáculos de travestis en la Costa del Sol durante los primeros años 70? ¿Y de las suecas en bikini? Hasta el León de Fuengirola, Girón de Velasco, exministro de Trabajo del régimen, hacía la vista gorda. ¿Y del feminismo de la Sección Femenina? La organización de Pilar Primo de Rivera no era una escuela de dóciles amas de casa, sino una escuela de viragos, de chicas liberadas, empoderadas e independientes, como bien describe Francisco Umbral en su novela Madrid 1940.

¿Y qué no decir del antirracismo del Baraka de Marruecos? A los habitantes autóctonos de Guinea Ecuatorial les otorgó el pasaporte español, los saharauis, hoy día, todavía se sienten españoles, y en cuanto a los árabes… sólo recordemos a la Guardia Mora y a «nuestra tradicional amistad con los países árabes». A la Lucecita de El Pardo jamás se le hubiera pasado por la cabeza secundar el bombardeo de Irak, o de Libia o desestabilizar Siria.

Y hoy, el centroizquierda de España, además de las derechas secesionistas del País Vasco y Cataluña (a las que también salvó el culo el Caudillo), que deberían erigirle un monumento a Francisco Franco Bahamonde, van y quieren profanar su tumba. ¡Sacrílegos! ¡Desagradecidos!

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