Francisco y Mauricio. Por Vicente Massot

A esta altura de la relación entre el papa Francisco y el presidente de la Nación, la ojeriza de aquél respecto de éste resulta inocultable. Al Santo Padre se le nota en la cara la antipatía que siente por Macri. Los desencuentros de uno y otro vienen de lejos. Ninguno de los
dos podía imaginar que la suerte o el destino —como se prefiera— haría que coincidiesen, el primero en el Vaticano, en su condición de vicario de Cristo, y el segundo en la Casa Rosada, a partir del momento que fue electo para reemplazar a Cristina Fernández. Antes de eso, cuando Francisco era el cardenal primado de la Argentina y Mauricio el jefe del gobierno de la capital federal, la aprobación del “matrimonio” homosexual abrió entre ambos una brecha que el tiempo no hizo más que agigantar.

El sucesor de Pedro siempre ha pensado que a Macri no sólo lo tienen sin cuidado algunos de los problemas contemporáneos que a la Iglesia más le preocupan sino que la suya es una administración regenteada por los ricos, para su beneficio. Aún en el caso de pensar que es la exageración de un populista sin matices, lo cierto es que se trata de la cabeza universal de la grey católica. Si nunca le perdonó que, contra lo que le había prometido, legalizase el “matrimonio” homosexual en la ciudad de Buenos Aires, ahora a ello se le agrega el asunto del aborto.

Cualquiera podría suponer que, a partir de la decisión presidencial de poner a debate en el Congreso el tema antes mencionado, en Roma sonarían todas las alarmas y se confirmarían todas las sospechas acerca del macrismo. Sin embargo, quien imaginase en la ciudad santa a un cruzado dispuesto a sostener hasta la muerte su convicción de defender la vida, y en las orillas del Plata a un jefe de estado neutral en la materia, se equivocaría. No todo lo que reluce es oro, reza el adagio. Apunta, entre otras cosas, a resaltar el hecho de que las apariencias engañan. No siempre la imagen que nos devuelve el espejo trasparenta, como podría creerse, la realidad. Hay cosas que parecen ser pero que, en el fondo, no son cuanto parecen.

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Pocos conocen cuál fue la reacción del Papa y la del presidente minutos antes de que comenzase la votación en la cámara de diputados que daría media sanción al espinoso proyecto de ley. Al Santo Padre lo llamó un obispo que le informó sobre la necesidad de que él, personalmente, llamase a cuatro o cinco diputados sobre los que tiene un gran ascendiente para que no cambiasen de idea. De esa acción dependería el resultado final. El prelado había sido informado por un miembro de la bancada oficialista —partidario del No— de que ciertos representantes a quienes consideraban seguros se estaban dando vuelta.Todo hacía suponer que Francisco —dada la trascendencia de la ley en juego— levantaría el teléfono y cumpliría con el pedido. Pero la respuesta resultó desconcertante. El Papa le dijo a su interlocutor que no llamaría a nadie por temor a despertar el encono de fuerzas que no quería desafiar. Así de enigmáticas e incomprensibles fueron sus palabras.

Antes se había comunicado con Macri uno de los más conspicuos antiabortistas de su partido, que lo puso en autos de cuanto estaba sucediendo en el Congreso. Le hizo mención de las presiones ejercidas sobre diputados del Pro por miembros del Poder Ejecutivo, quienes —supuestamente, según lo que había pedido el presidente— debían mantener una postura equidistante. Al mismo tiempo le pidió que interviniese para mantener un equilibrio que ya estaba roto. Desde la Jefatura de Gabinete se trabajaba a toda velocidad con el propósito de dar vuelta, al menos, tres votos hasta ese momento contrarios al proyecto. El temor que produjo en la Casa Rosada la posibilidad de que los partidarios del Sí tomasen las calles, unido a la opinión de algunos de los principales colaboradores de Macri de que sería catastrófico que el gobierno apareciese respaldando una posición retrógrada, hizo que la prescindencia no pasara de ser una mera formalidad. El presidente le respondió a quien se había comunicado con él para solicitarle que actuase rápido, que no deseaba torcer la balanza en favor de ninguno de los dos bandos.

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El round inicial terminó con una victoria inesperada de los abortistas, en buena medida debido a la inacción, a último momento, de las dos personalidades de mayor envergadura de la Argentina. Con esta particularidad: ambos, a juzgar por sus declaraciones, creen que hay vida desde la concepción. Ahora ha comenzado el round decisivo y ha sucedido algo del todo inesperado en las fuerzas que se definen por el No. La Iglesia católica, que había adoptado, más allá de los sermones, una estrategia liviana, sin consistencia y con poca militancia, el domingo pasado en Luján pasó al ataque y alzó la voz como no lo había hecho antes. Por su parte los senadores antiabortistas —que se cuentan en todos los partidos con representación en la cámara alta— han dado al parecer un giro y han decidido rechazar en su totalida el proyecto que les llegó de Diputados.

No hay de parte de los obispos, que con tanto énfasis se han hecho escuchar en Luján y que están abocados a volcar el peso de sus investiduras sobre los senadores de todo el país, una estrategia de confrontación opuesta a la del Papa. Tampoco entre los senadores del Pro soplan vientos de Fronda. Lo que ha pasado es otra cosa: tanto en el episcopado nacional como en vastos sectores del macrismo se han dado cuenta que en la batalla que se avecina no tiene sentido pedirle a Francisco ni a Mauricio lo que ellos no están dispuestos a dar.

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