¿Feministas o “feminazis”? Por Cosme Beccar Varela

El activismo agresivo de la izquierda, además de las armas comunes, o sea, palos y armas de fuego “caseras” (y de las otras) ha incorporado otras que parecen inofensivas pero son sumamente efectivas para quienes no tienen escrúpulos morales de ninguna clase y combaten contra quienes estamos regidos por las limitaciones de la moral cristiana, guiadas por la prudencia. Es necesario reflexionar sobre ese asunto para saber cómo defenderse y evitar que esa agresión consiga sus siempre siniestros objetivos.

Me refiero al uso de mujeres en las manifestaciones contra el buen orden y, en especial, contra el catolicismo, sus templos y sus principios morales. Incluyo aquí un “link” para que se pueda abrir y ver un video en el cual un grupo de mujeres jóvenes y hasta adolescentes, desnudas de la cintura para arriba, intentan profanar una iglesia católica frente a la cual se apostaron algunos jóvenes varones para impedirles el paso. Este es el link (cópielo y péguelo en la barra de Internet de su computadora):

https://www.youtube.com/watch?v=2nx33fQwtxs&feature=youtu.be

Le ruego que interrumpa su lectura de este artículo para ver primero ese video y después siga leyendo (es de 8 minutos).

Como ven, las mujeres carecen de todo pudor y de toda decencia y actúan en consecuencia sabiendo que los jóvenes varones que se les oponen son católicos y como tales, aunque fueran pecadores como los somos todos, no están allí para pecar sino para realizar un acto virtuoso. Las mujeres, por lo tanto, se dedican a provocarlos de la manera más obscena posible. No se ve en el video si los tocan de una manera que pueda alterarlos, pero sí en la cara y otras partes del cuerpo y los pintan con la mano o con aerosoles, con riesgo inclusive de dañarles la vista seriamente.  No tengo dudas de que son partidarias y practicantes del amor libre, son prostitutas rentadas o gratuitas, pero bastará que se vistan y adopten una actitud normal para que puedan pasar por débiles miembros del sexo femenino.  Sin embargo son feroces y destructivas.

El 14 de Junio, día de la votación del aborto en Diputados, al cruzar inevitablemente el sector de los abortistas, vi a una joven de no más de 20 años portando un cartel que decía: “¡Mujeres! ¡Armémonos para hacer la revolución!”. Esto lo menciono para mostrar que esas hembras no son delicadas damiselas sino potenciales asesinas.

Pero no es la agresión armada la que quiero tratar ahora. Quiero analizar con Ud., estimado lector, cual puede ser la reacción de un varón que defiende la Verdad y el Bien, frente a la agresión femenina obscena que daña el cuerpo y el honor de un hombre, hasta el punto de que puede obligarlo a dejar su puesto con tal de evitar ese daño que no se enfrenta sólo con valor sino con una impavidez que es necesario adquirir. Por mi parte, no la tengo, pero agradecería mucho que alguien me enseñara como se adquiere.

Esas mujeres desvergonzadas y malvadas no podrían hacer lo que hacen sino se les hubiera preparado el terreno desde hace años mediante una constante propaganda del feminismo y el dictado de leyes que lo imponen. Se han inventado varios “slogans” que lo promueven: “Ni una menos”. “Contra la violencia de género”. “Acoso”. “¡Abajo el machismo!” y otros semejantes. Cualquier mujer puede acusar a un hombre de haberla “acosado” y todo está preparado para que se le crea. El resultado de esta frenética campaña feminista es no la igualdad de mujeres y hombres sino la peligrosa desigualdad no de fuerzas físicas, sino del poder mediático y judicial. Cualquier acusación de una mujer contra un hombre se convierte en una prueba por sí misma de la culpabilidad del hombre.

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Contra esto último la famosa artista de cine francés Catherine Deneuve y otras cien artistas publicaron una declaración, censurable en cuanto lo hicieron en nombre de la “libertad sexual” pero digna de ser mencionada porque, entre otras cosas, dice: “Las firmantes aseguran que las denuncias registradas en las redes sociales se asimilan a “una campaña de delaciones y acusaciones públicas hacia individuos a los que no se deja la posibilidad de responder o de defenderse”. (“Clarin”, 9/1/18)

El aborto, aprobado por la Cámara de Diputados el 14 de Junio ppdo. fue impulsado por una intensa acción psicológica en favor del amor libre, de la corrupción de los niños y de los jóvenes, denominada “educación sexual” y del homosexualismo. Sus propulsores no se han empeñado demasiado en probar sus motivos mediante razones. Sólo usan sofismas y, sobre todo, una poderosa agresión mediática cargada de amenazas contra quienes se atrevan a resistirse.

Poco a poco se va imponiendo en la opinión pública una nueva “moral” en la que se incluyen el amor libre, la anticoncepción, la desaparición de las desigualdades entre mujer y hombre y la idea de que la homosexualidad es una forma de ser, un “género” como el de hombre y mujer, pero un género privilegiado porque quien se atreva a recordar que según la ley natural, sólo existen hombres y mujeres, es acusado de “discriminación” y queda expuesto a las sanciones de las “leyes antidiscriminatorias” 23.592 y 24.515, y hasta se creó un organismo estatal, el INADI, que se dedica a la persecución de los “discriminadores”, es decir, de aquellos a quienes el INADI considere como tales. Es tan poderosa esa embestida que, hoy por hoy, el hombre normal está en inferioridad de condiciones frente a un homosexual o una mujer, no por la fuerza física, pero sí frente al poder “legal” y mediático que puede dar con él en la cárcel o en el escarnio público.

Al mismo tiempo exigen una “educación sexual” que corrompa a los niños y a los adolescentes. Hay una ley de “educación sexual”, a la que los padres no pueden oponerse, cuyo cumplimiento es exigido cada vez con más rigor y exige inculcar en las mentes de los educandos “equidad de género, igualdad entre el hombre y la mujer, interrupción del embarazo, respeto por las nuevas identidades de género” y otras cosas similares (“Clarín”, 18/6/2018, pag. 32). El gobierno está empeñado en “impulsar nuevas normas o reformas con el fin de  remover los obstáculos que se presentan y que favorezcan el logro de los objetivos de la educación sexual, entendida no sólo en su aspecto biológico, sino también psicológico. social, afectivo y ético”. (“Clarín”, 18/6/2018, pag. 32). Es decir, el objetivo es la corrupción integral de los niños y de los adolescentes. Y es claro que esos “obstáculos” son los restos de moral que quedan en padres y maestros que se niegan a consentir semejante monstruosidad.

Para colmo, la última declaración de los Obispos (14/6/2018, ver. nro. 1560 de “La botella al mar”) “reconoce debilidades en nuestra tarea pastoral: la educación sexual integral en nuestras instituciones educativas…” Es decir, adhieren al plan general de corrupción. Parecen haber olvidado o quieren contrariar adrede, la enseñanza de Pio XI: “Está muy difundido el error de quienes , con una peligrosa pretensión e indecorosa terminología, fomentan la llamada educación sexual pensando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes de los peligros de la carne con medios puramente naturales y sin ayuda religiosa alguna, acudiendo a una temeraria, indiscriminada e incluso pública iniciación e instrucción preventiva en materia sexual, y, lo que es peor todavía, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones , para acostumbrarlos, como dicen ellos, y como para curtir su espíritu contra los peligros de la pubertad” (“Divini Illius Magistri”, Pio XI, Docs. Pontif. Socs. BAC. Pag. 557).

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La “educación sexual” que se quiere aplicar ahora va mucho más allá que esa contra la cual prevenía la prudente advertencia de Pio XI: propicia directamente el amor libre de los adolescentes, de tal forma que sea un “ejercicio saludable y placentero de la sexualidad” (informe de la Intendencia de Buenos Aires, ver nro. 1559 de “La botella al mar”), pero con eficientes practicas anticonceptivas. ¿No lo saben los Obispos? ¡Sí que lo saben! ¡Y lo propician indirectamente!

Uno de los objetivos de la “educación sexual” es promover el homosexualismo entre los niños y adolescentes, con la excusa de remover “prejuicios” y fomentar la “empatía” con esa deformación moral. “La Nación” hace propaganda de esta idea en un artículo de hoy, 18/6/2018 (pag. 18) informando sobre la horrenda práctica de ciertas escuelas en los EEUU. Lamentablemente, aquí también vamos por el mismo camino. ¿No se acuerdan de la intervención de la sociedad de “gays y lesbianas” en la redacción de ciertas leyes municipales relacionadas con la moral?

Desde que la Iglesia Católica liberó a la mujer de la inferioridad brutal a que la sometía el paganismo y fundó la civilización cristiana, existe la virtud de la caballerosidad, que no necesita ser impuesta por ley sino que está arraigada en la mente y el corazón de todo hombre de bien y hasta de los maleantes no pervertidos. Esa caballerosidad caló profundamente en las costumbres sociales y a causa de ello, las mujeres gozaron indiscutidamente de muchos privilegios merecidos por su delicadeza femenina. Son tantos que no es posible enumerarlos sin extender excesivamente este artículo. Baste recordar que en la Edad Media aparecieron los “caballeros andantes” dedicados a “desfacer entuertos” y defender a las mujeres contra todo tipo de violencia. El excesivo celo por ese ideal fue el que desconcertó el cerebro del Quijote, como todos saben.

Pero llegó la modernidad o la post-modernidad, que es peor todavía, y las cosas cambiaron. La caballerosidad casi desapareció y sólo los hombres “chapados a la antigua” la respetan. Lamentablemente eso no se debió sólo a la degradación de los hombres sino también a la agresividad de las feministas (que son una minúscula minoría entre las mujeres y a las que según me dijo un taximetrero, su hijo de 17 años llama “feminazis”. ¡Certero observador el muchacho!).

Queda, pues, planteado el interrogante: ¿cómo defenderse de las agresivas e inmorales militantes de izquierda en casos como los que muestra el video citado más arriba y en otros similares? Espero recibir ideas de los amables lectores.

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