Sáb. Jul 11th, 2020

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Estupidez endémica. Por Olavo de Carvalho

 Algunas ideas se extienden con gran éxito no a pesar de ser estúpidas, sino precisamente porque lo son. La estupidez masiva ejerce un poder anestésico y paralizante sobre la inteligencia humana, deteniendo su movimiento natural y haciéndola girar en falso en torno a alguna creencia idiota por años, décadas o siglos, incapaz de librarse de su magnetismo perverso o de pensar lo que sea fuera del círculo de hierro de la idiotización consagrada.

El ejemplo más sorprendente es esto: resulta imposible encontrar o hallar una relación lógica entre las libertades civiles y la nacionalización de los medios de producción. Son esquemas no sólo heterogéneos, sino antagónicos. Antagónicos lógica y materialmente.

Cualquier chico de colegio secundario puede comprender esto tan pronto como le expliquen el sentido de los dos conceptos. La candidez con que tantos hombres adultos hablan de socialismo con libertad -esto cuando no llegan a creer que esas dos cosas son la misma, o que una transcurre de la otra con la naturalidad con que los plátanos nacen de los bananeros- es la prueba inequívoca de una deficiencia intelectual alarmante, que desde hace un siglo y medio se extiende sin cesar por las clases cultas, semicultas e incultas con la fuerza avasalladora de una contaminación viral, sin dar señales de enfriamiento incluso después de que la experiencia histórica comprobó, de manera universal y repetida, lo que podría ser percibido anticipadamente por mero análisis lógico y sin experiencia histórica alguna.

La pregunta es simple y brutal: ¿Cómo es posible que la centralización del poder económico, expandiéndolo automáticamente sobre toda la sociedad e insuflándole la fuerza suplementaria del aparato represivo del Estado, lo haga menos opresivo y tiránico que miles de poderes económicos parciales y limitados, esparcidos como hierbas, desprovistos del poder de policía y en perpetua competencia unos con otros?

Nadie debería necesitar más de unos segundos para atinar con la respuesta obvia: No, no puede. No se puede negar que los propios clásicos del socialismo científico hayan ayudado a hacer esta respuesta aún más patente, cuando declararon alto y claro que lo que seguiría al capitalismo no sería una democracia, de cualquier tipo que fuera, sino la la dictadura del proletariado.

LEÉ TAMBIÉN:  Economía y popularidad política - Por Gabriel Boragina

PLAGAS

Lo que ellos no explicaron jamás, ni ninguno de sus seguidores pidió jamás que lo hicieran, fue cómo esa dictadura, una vez victoriosa y consolidada, podría transmutarse en una democracia excepto por el método de liquidarse a sí misma, disolviendo el monopolio estatal y distribuyendo el poder económico entre los particulares. Otra imposibilidad lógica ilustrada por una larga y sangrienta experiencia histórica que un poco de inteligencia haría perfectamente dispensable.

En suma, la fe en las virtudes libertarias del socialismo, aun cuando tenue y matizada, es signo de una deficiencia cognitiva grave, que se esparce como plaga y se arraiga en el fondo de los cerebros por virtud de la propia estupidez originaria que la produce y determina.

Pero, como una vez atrapado en la idiotez, el cerebro humano no puede concebir fuera de ella o sin referencia a ella, el éxito propagandístico de la idea socialista trajo consigo una multitud de cretinadas derivadas y secundarias, cuyo poder de persuasión no se rinde ni siquiera ante la evidencia de los hechos más constantes y repetidos.

Una de ellas es la creencia, hoy un dogma de Evangelio, de que la educación universal obligatoria tiene el poder de aplanar las diferencias socioeconómicas. Pero lo que debería ser lógico e intuitivo es que si la exigencia de credenciales escolares se impone hasta en las profesiones más simples y modestas se esparcirá de manera concomitante y automática entre las profesiones más prestigiosas y rentables, desplazándose hacia arriba, sin alterarlo, el cuadro entero de la estratificación social.

El sociólogo Randall Collins, en el clásico estudio The Credential Society (New York, Academic Press, 1979) demostró que, en el caso de Estados Unidos, el reino de las credenciales escolares no democratizó nada, excepto por un corto período durante el New Deal. En cambio, instituyó, en los pisos más altos de la sociedad, la república de las sinecuras millonarias, corrompiendo de quiebra el hombre de a pie al inocular en su mente la ambición inalcanzable de la ociosidad bien remunerada.

LEÉ TAMBIÉN:  Musulmanes emigrantes tiran al mar a los cristianos - Por Cosme Beccar Varela

UNIVERSITARIOS TONTOS

Pero, así como toda idea estúpida tiene la condición de paralizar la intuición lógica, más aún ella debilita y por fin suprime la capacidad de aprender con la experiencia histórica, que no es sino la larga y dolorosa demostración inductiva de aquello que, para una inteligencia normal, ya estaba demostrado antes por mero análisis de los conceptos involucrados.

Poco importando su nivel formal de instrucción, personas contaminadas por esa parálisis endémica de las inteligencias naufragan en un océano tan oscuro y denso de errores de percepción y raciocinio que terminan incapaces de conocer su propia posición en la sociedad y los efectos más obvios de sus propias acciones, incluso y sobre todo cuando recibieron entrenamiento universitario en ciencias sociales.

El ejemplo más obvio es el de los sociólogos, economistas, juristas y científicos políticos de izquierda, cuando alardean de que las universidades son el «aparato ideológico de la burguesía», construido para perpetuar la hegemonía cultural del capitalismo. Porque proclaman eso en las mismas universidades estatales que ellos mismos dominan sin la menor interferencia de la burguesía y en las cuales toda objeción capitalista al imperio del marxismo es castigada con boicots, chacotas y notas bajas, si no con el fin abrupto de una carrera universitaria.

Es obvio que esas personas, literalmente, no saben dónde están ni perciben lo que hacen. Se pierden en el espacio y en el tiempo, lo que no impide que el resto de la población siga confiando en ellas para que le expliquen cómo funciona la sociedad.

http://www.laprensa.com.ar

Más en Opinión y Actualidad
Una batalla sin tregua. Por Juan Manuel de Prada

HUBO un tiempo en el que, al llegar la Navidad, las naciones en guerra decretaban...

Cerrar