Estupideces varias. Por María Lilia Genta

Estupidez 1: “Los que tiran tizas acaban tirando tiros”

Machaconamente uno escucha estupideces por televisión o las lee en los diarios. El temor es que de tanto escuchar y leer esas estupideces terminemos todos estúpidos. La leyenda con la que encabezo esta nota apareció escrita en el mural de una escuela a modo de título de una especie de comic en la que, en sucesivos cuadros, se mostraba un chico tirando tizas y terminaba con el personaje, ya adulto, detrás de las rejas de una prisión. El personal del noticiero lo tomó con bastante humor. ¡Gracias a Dios! Ninguno era psicólogo, ni sociólogo,  ni psicopedagogo a la moderna.

Confieso que no pude evitar pensar en todas las tizas que arrojé (por falta de destreza seguramente bastante menos que las que, a su tiempo, arrojaron mi hijo y sus compañeros). Por supuesto ninguno de nosotros terminó por eso tirando tiros ni en la cárcel. Eso sí, si se trata de tiros, ¿cuántos habremos tirado jugando al policía y al ladrón?

Sin embargo, a decir verdad, en mis recuerdos de juegos infantiles lo de las tizas era lo de menos. Mi cabeza y las de mis dos compañeros varones de juegos (a veces se acoplaba alguna nena) estaban llenas de las novelas de Salgari (El Corsario Negro, Sandokan), de las películas del Oeste y de los cuentos de Kipling muy bien llevados al cine. Este era el contenido de nuestros juegos. Representábamos los personajes y las escenas a costa de la integridad de los jardines, armando barcos piratas con mesas y sillas (para espanto de nuestros padres) mientras destruíamos a cañonazos las goletas enemigas al grito de ¡Al abordaje! Mi papel preferido era representar a Yolanda de Ventimiglia, que dirigía el ataque con un ¡Sus, hijos del mar! ¡Al abordaje! ¡La hija del Corsario Negro os mira! El alma se llena de sosiego cuando recuerda esa infancia cabalgando junto a los personajes de Gary Cooper, John Wayne y tantos otros. Con ellos aprendimos lo que era el sacrificio, la fortaleza, la lealtad, el amor. En las sobremesas de mi casa se comentaban con entusiasmo estas lecturas y estos juegos. Los mayores las comentaban con nosotros con toda seriedad la misma seriedad con la que hablaban de filosofía o de política. Más adelante, llegamos al Mío Cid, al Rey Arturo, a las Justas medievales, a Isabel y Fernando.

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Recuerdo cantidad de armas, la mayor parte fabricadas por nosotros mismos, de mandobles, de escopetas, arcabuces. En vacaciones, en las sierras, trepábamos a los árboles, subíamos a las rocas… Todo esto nos alejaba de la violencia pues la descargábamos a su debido tiempo. Lecturas, películas y juegos fueron la mejor y más profunda parte de nuestra educación.

Ahora suelo ver los horribles monstruos que han reemplazado a nuestros Gato Silvestre y Ratón Mickey en los dibujos animados. Quisiera que esta generación se nutriera de aquella belleza, que soñara con jugarse la vida por la dama o por el Santo Sepulcro. “Hay que acabar con los héroes y las princesas”. Esta es la consigna. Hay un culto a la fealdad en las mujeres y a la mariconería en los varones.

Yo jugué tirando tizas, con pistolas de juguete, con espadas y cimitarras y aquí estoy. No fui a la cárcel ni soy violenta. Tampoco nunca tuve dudas sobre mi identidad sexual. Eso sí, me tocó y me toca visitar las cárceles llenas de mis amigos que combatieron para erradicar la violencia de los años setenta, violencia de la que no se acuerdan ni los organismos de derechos humanos, ni los funcionarios de los gobiernos que pasan y, lo peor, ni los dignatarios de la Iglesia. Lo que resulta más grave pues a la estupidez se suma la hipocresía.

 Estupidez 2: Palabras de una socióloga argentina en Barcelona

 Cuando había terminado mis reflexiones sobre la estupidez de las tizas y los tiros ocurrieron los atentados terroristas musulmanes en Cataluña. Lo que más me asombró fue la absoluta  ausencia de toda referencia a Dios en este Occidente (¿todavía cristiano?) vapuleado por el Islam. Para mí Barcelona es, ante todo, la ciudad de la Basílica levantada por el genio de Gaudí y custodiada por la Virgen de Monserrat. Pero, aparte de esta ausencia de Dios, azoraba la sucesión de sandeces que se oían de parte de algunos periodistas y “expertos” que nunca faltan. La excepción, algún policía aún sano que a lo macho pecho gritaba: ¡Coño, mira lo que hizo este hijo de puta! Bien por los canas (allí los llaman mozos de escuadra); al parecer todavía no los ha degenerado la “perspectiva de género”.

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Sin embargo, quien alcanzó el cenit de la estupidez fue una socióloga argentina que, al parecer, anda desparramando sus teorías sociales por los cinco continentes pues, según dijo, es persona de consulta internacional. Según esta socióloga “aquí (en Barcelona se entiende) no ha pasado nada”. Ante la mirada atónita del periodista que la entrevistaba se dio cuenta de que había ido demasiado lejos y agregó: “Bueno, debemos sentir tristeza por los muertos”. Inmutable siguió con el cassete: estas cosas suceden porque no se integra a los inmigrantes, porque no se los incluye, porque se los discrimina y con la política de mano dura se llenan las cárceles de chicos sospechosos; entonces, los hermanos de estos chicos se reúnen, se arman y salen a matar por venganza ante tanta discriminación.

En un reportaje anterior se había dicho que la mayor parte de los jóvenes terroristas son nacidos en España, sus familias han prosperado económica y socialmente y en su mayoría son universitarios. ¿Dónde está la discriminación? Lo que no se dice es que casi la totalidad de los musulmanes creen en Alá en tanto este Occidente vive en el mayor ateísmo teórico y práctico.

La estupidez que cuento más las muchas que le siguieron (aunque no tan enormes ni desacertadas como la de nuestro oráculo de Delfos) tienen su efecto casi inmediato: logran que no se conozca al enemigo; y esto es mortal para Europa y quizás también para nosotros cuando se reúna en Argentina el G 20, el próximo año. Urge superarla.

La estupidez de las tizas y los tiros es más bien una bobería que llevará varios años superarla. Puede esperar. La de la socióloga, no.

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