Esto recién empieza. Por Vicente Massot.

Del sonoro papelón del sábado, el gobierno pasó —casi sin escalas intermedias— al éxito que no por inesperado resultó menos contundente. El caso que conmocionó a la opinión pública durante quince días había dejado al descubierto no sólo la connivencia de ciertos bolsones de la policía de la provincia de Buenos Aires y del servicio penitenciario de ese estado con las mafias nativas del narcotráfico sino también el grado de improvisación y desconocimiento del terreno que pisaban los principales funcionarios del área de seguridad e inteligencia de nuestro país. A éstos les cabía cuanto hace años —en una de sus clásicas y memorables humoradas— el Bambino Veira dijo del arquero venezolano Gilberto Angelucci, quien no terminaba de acomodarse en el equipo dirigido por el gran delantero de San Lorenzo de Almagro: “te tiran un colchón y te lo meten adentro”. Es que con buena voluntad la ministro y el secretario del área, Patricia Bullrich y Eugenio Burzaco, no servían ni para atajar un colchón. Habían hecho el ridículo, induciendo además a la pifia del presidente, de la vicepresidente y de la gobernadora bonaerense, quienes se fueron de boca aquel día dando por buena la captura de los tres delincuentes fugados del penal de máxima seguridad de General Alvear.

Pero por penoso que fuese hasta ese momento el desempeño de los mencionados miembros del gabinete, siempre tenían la posibilidad de redimirse y de enmendar aquellos errores iniciales si los dos delincuentes que seguían escapados eran hallados vivos y devueltos a prisión. Para continuar con el cuento del Bambino y de Angelucci, cabe recordar que su equipo terminó campeón del fútbol argentino. Por lo tanto, de la misma manera que el presidente mejicano Peña Nieto superó recién ahora —luego de varios meses de febril búsqueda— las críticas que le habían dirigido desde todos los ángulos imaginables por la fuga del Chapo Guzmán, entre nosotros Mauricio Macri sufrió un sofocón del cual hoy nadie se acuerda

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Cualesquiera que hayan sido los gazapos del gobierno —y fueron de todo tipo, tamaño y color— cayeron en el olvido de la gente en virtud de la noticia que pasó a acaparar la atención generalizada: los narcotraficantes que restaba detener habían sido localizados y reducidos, sin pérdidas de vidas que lamentar. Como las sociedades ven los grandes números y rara vez son capaces de analizar este tipo de cuestiones con precisión de centavo, lo único que importa es que los hermanos Martín y Cristian Lanatta y Víctor Schillaci han vuelto a estar tras las rejas. ¿Colorín, colorado, este cuento ha terminado? —Ni por asomo. Esto recién comienza.

Lo paradojal del asunto es que, después de dos semanas de zozobra, donde en el ámbito del gobierno los responsables parecían chocarse en los pasillos corriendo siempre por detrás de los acontecimientos, lo que sucedió puso a Mauricio Macri en autos de algo que ignoraba por completo. Dicho en otros términos: conoció la dimensión del mal que bullía bajo sus pies cuando aún no había terminado de instalarse en la Casa Rosada. Lo cual representa una ventaja. Mejor saberlo en los primeros días de su administración y no más adelante, ya desgastado. Es cierto que apenas le vio la cola al diablo. Pero no es un dato menor. Sabe que existe y de lo que es capaz.

Seamos honestos y animémonos a decir las cosas de frente. La efedrina no entró caminando por las suyas, como si estuviese dotada de una motricidad que no requiriese la intervención de ningún mortal. Si en la materia Aníbal Fernández y parte del kirchnerismo están hasta las manos metidos, no es de poca monta la responsabilidad de algunos laboratorios y de algún empresario de primer nivel que en el momento de importar la droga, o hizo la vista gorda o formaba parte de la operación mafiosa.

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Suponer que sólo les caben culpas a la Bonaerense y al servicio penitenciario es ignorar que las dos instituciones son la punta de un gigantesco iceberg. Quizá resulten las partes más visibles de la trama. Pero son los grupos de poder, invisibles para el gran público, los que cuentan en última instancia. Los Lanatta y Schillaci —bueno es repetirlo— no servirían ni para cadetes en cualquiera de los carteles aztecas o colombianos. Comparados con el Chapo Guzmán son unos atorrantes de barrio. Peligrosos, sin duda, menos por su capacidad de fuego que por lo que significan las mafias aposentadas en estas playas con un grado de impunidad sorprendente.

El problema que tiene Mauricio Macri —si verdaderamente está dispuesto a arremeter contra este poder en las sombras— es que debe vulnerar una serie de intereses creados que, por igual, compromete a parte de las fuerzas de seguridad como a determinados políticos, jueces y empresarios. Si para muestra vale un botón, en el affaire de la efedrina —quizá como en ninguno otro conocido en la Argentina— esa estructura delictiva y multifacética quedó al descubierto: ministros y secretarios de estado, empresarios multimillonarios y grandes laboratorios, policías y penitenciarios, sicarios y victimas; todos han tenido arte y parte sin que hasta el momento la causa judicial, todavía abierta, haya llegado al fondo de la cuestión.

La dificultad con la que ya ha tropezado Mauricio Macri es doble: por un lado los intereses creados a los cuales se ha hecho referencia más arriba y, por otro, el nivel de deterioro de un Estado cuyos resortes lucen vencidos; sus estructuras, adocenadas; sus instrumentos, inservibles; sus reglas de empeñamiento en este tipo de conflictos, pasadas de moda; sus armas, viejas y sin municiones; sus cuadros, cansados; y sus reflejos, paquidérmicos.

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