Jue. Ago 6th, 2020

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Espionaje, ayer, hoy y mañana. Por María Lilia Genta

Si hay algo hipócrita y ridículo es el “descubrimiento” del espionaje político por parte del gobierno macrista y todo el escándalo mediático y judicial promovido por el Gobierno. El peronismo en su versión kirchnerista se rasga las vestiduras ante semejante delito (¿será de lesa humanidad?). El resto acompaña para ser políticamente correcto.

Pero la verdad es que el espionaje ha existido siempre y siempre existirá. Maestros del espionaje han sido, sin duda, los ingleses de todos los tiempos; ni qué decir de Estados Unidos y la CIA, el Estado de Israel y, por supuesto, el más antiguo y eficaz de todos los espionajes, el del Vaticano, superior incluso a la KGB.

Volvamos a los James Bond criollos; aquí, si se me disculpa, apelaré a mi propia experiencia personal. Nací y viví en una casa “espiada”  desde la época del primer peronismo y también después. Esto fue algo que mi familia asumía hasta con humor. Por supuesto había poca tecnología en aquellos años por lo que el “trabajo” de los fisgones era más artesanal, menos sofisticado y, hay que admitirlo, hasta más humano.

Según las temporadas, el cartero -figura esencial y cotidiana en aquellos tiempos remotos- le avisaba a mi padre: “Profesor, le volvieron a abrir las cartas”. Nadie me lo contó: lo vi y oí yo misma.

En cuanto al teléfono puedo asegurar que por lo menos mi padre y el padre Meinvielle tenían el mismo amigo nacionalista que trabajaba en la Empresa telefónica que les avisaba cuando les intervenían los teléfonos. Todo era muy rústico y primitivo. Se escuchaba el correr de la cinta de los viejos grabadores y, a veces, hasta la respiración del pobre empleado que tenía que pasar horas escuchando todas las conversaciones y grabando algunas. Esto también lo tomábamos a la chacota: por entonces el teléfono no era medido y pasaba horas hablando con mi novio. Papá me recordaba, de vez en cuando, que el teléfono estaba “pinchado”  y que no entendía como podíamos hablar de asuntos íntimos por ese medio. Cuando terminaba la larga conversación yo le decía: “Pero, papá, ¿te imaginas al pobre hombre que tiene que accionar el grabador tener que escuchar durante una hora o más hablar de poesías y tonteras?

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Pero el caso más singular de espionaje a mi casa fue cuando se presentó el “Jefe de manzana”, un buen hombre que vivía a la vuelta de casa, para anunciarle a mi padre que su nuevo “trabajo” era espiarlo. Le pedía perdón por tener que hacerlo (debía vigilar los movimientos de la gente que entraba y salía de mi casa, las reuniones que se hacían, etc.). “Usted es un vecino muy bueno -decía- y me va a entender. Sabe que tengo un hijo enfermo y necesito esa plata extra”. A lo que mi padre respondió. “Vaya tranquilo, mi amigo; haga usted lo suyo que yo seguiré con mis clases y reuniones”.

En tren de recuerdos hay un hecho que no puedo omitir. Entre los que concurrían a las clases de mi padre hubo un espía. Durante años concurrió asiduamente a mi casa simulando ser un oyente más. Pero sucedió algo verdaderamente notable: andando el tiempo, el hombre se convirtió de verdad en un discípulo y amigo de mi padre. El magisterio de mi padre caló en él y se hizo católico y nacionalista. Llegó, incluso, a tener una actuación destacada. Me guardo su nombre porque sus descendientes aún viven. Un caso conmovedor; él mismo llegó a confesárselo a mi padre. Un día, a la salida de una misa en memoria de mi padre se abrazó a mi esposo y llorando le dijo: “Pensar que yo empecé a ir a las clases como espía…” Muerto él, su hijo continúa yendo a los homenajes.

Pese a todas estas cosas la vida seguía como siempre y, a la vuelta de los años, aquí estoy. Creo que el vivir una infancia y adolescencia espiadas no me produjo demasiados complejos.

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Después vino la época de otro tipo de espionaje, el trágico; y este no fue estatal, digamos, ni de los servicios sino el que montaron las organizaciones guerrilleras (que supieron tener sus muy eficaces servicios de inteligencia) y cuya finalidad última no era otra que asesinar a sus espiados. Como ocurrió, por cierto. Dos años después de las muertes de mi padre y Sacheri se encontraron, en un allanamiento a una de las guaridas del ERP a escasas cuadras de mi casa,  los documentos que acreditaban el seguimiento a ambos, sus recorridos, sus costumbres

Nunca he sido macrista ni jamás lo seré. Pero seamos honestos: nada tuvo de trágico el espionaje en tiempos de Macri; en cambio, sí fue peligrosa y temible la maquinaria de inteligencia presidida por Milani en tiempos de Cristina.

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