El espía espiado. Por Juan Manuel de Prada

 

Allá en la Gran Guerra, que fue la edad de oro del espionaje, los hoteles suizos eran un hervidero de príncipes apócrifos, diplomáticos venales y pindongas de postín, de nombres pomposos y tan auténticos como el color de sus cabellos tintados. Estos personajes equívocos se intercambiaban entre susurros documentos también equívocos, después de pegarse un revolcón en alguna de las habitaciones del hotel, donde por supuesto alguien los espiaba por el agujero de la cerradura; y, cuando los atrapaban, tenían que hacer frente a un pelotón de fusilamiento, ante el que comparecían en porreta, como aquella célebre Mata Hari, con el negro pubis como una noche ojival sobre la carne trémula y blanquísima. Luego, con la Guerra Fría, el espionaje se hizo hórrido como una novela existencialista, con espías a tiempo indefinido que se hacían pasar por tenderos y terminaban siempre amancebados, en un cuchitril con olor a estufa mal purgada, con una modistilla que, a su vez, resultaba que los estaba espiando a ellos; y el contubernio solía concluir con un intercambio de rehenes, en algún puente neblinoso de Berlín. Pero todavía aquellos espías de la Guerra Fría servían para amueblar las tramas mazorrales de John Le Carré. Andando los años, con el desarrollo de la tecnología, el espía se convertiría en un hacker gafapasta, paliducho y granujiento que copia desde su ordenador documentos ultrasecretos de las potencias enemigas, mientras se zampa un triángulo de pizza grasienta y se tira pedos hediondos.

La tecnología, que ha destruido todas las actividades vagamente poéticas, ha matado también el espionaje, convirtiéndolo en un oficio cobardón y sórdido, en donde ya no hace falta escudriñar a través del agujero de las cerraduras, ni amancebarse con espías enemigos. El prófugo Snowden nos ha contado con pelos y señales las mañas del espionaje estadounidense, que básicamente consisten en fisgonear a golpe de tecla conversaciones telefónicas y correos electrónicos. Mediante tal procedimiento, los espías americanos se han inmiscuido en todas las cancillerías del planeta, han levantado tejados y revuelto camas ajenas, han aireado papeles de Panamá para promocionar sus propios paraísos fiscales, han desbaratado las defensas de las naciones que deseaban arruinar y facilitado información a las diversas “oposiciones moderadas” que tiene esparcidas por el orbe, para que puedan perpetrar tranquilamente sus masacres.

Ahora el ablandabrevas de Obama acusa a Rusia de lanzar “ciberataques” contra la bruja Hilaria y sus compinches, para influir en el resultado de las elecciones americanas; y anuncia que devolverá a Rusia el regalito, en el momento y el lugar que convenga. Mientras escuchaba sus quejas, me he acordado de aquel chiste de Gila, en el que el humorista, disfrazado con un falso uniforme militar, simulaba una conversación telefónica con el bando enemigo, en la que decía: “Era para confirmarles que ya ha llegado el espía que nos mandaron; ahora les mandaremos nosotros el nuestro”. El chiste, tal como lo contaba Gila, era ya gracioso; pero, puesto en labios de Obama, resulta tronchante, porque en su tono quejoso había una grotesca censura moral, como la del tahúr que se escandaliza de que le hagan trampas en el juego que él previamente ha amañado. Ver al bizcochuelo de Obama convertido en una parodia grotesca de Gila es un espectáculo que regocija, y un digno colofón a su presidencia.

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La sabiduría popular nos enseña que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón. Y espiar a los espías, aunque sea a golpe de tecla, merece aún mayor benevolencia.

(ABC, 17 de diciembre de 2016)

Allá en la Gran Guerra, que fue la edad de oro del espionaje, los hoteles suizos eran un hervidero de príncipes apócrifos, diplomáticos venales y pindongas de postín, de nombres pomposos y tan auténticos como el color de sus cabellos tintados. Estos personajes equívocos se intercambiaban entre susurros documentos también equívocos, después de pegarse un revolcón en alguna de las habitaciones del hotel, donde por supuesto alguien los espiaba por el agujero de la cerradura; y, cuando los atrapaban, tenían que hacer frente a un pelotón de fusilamiento, ante el que comparecían en porreta, como aquella célebre Mata Hari, con el negro pubis como una noche ojival sobre la carne trémula y blanquísima. Luego, con la Guerra Fría, el espionaje se hizo hórrido como una novela existencialista, con espías a tiempo indefinido que se hacían pasar por tenderos y terminaban siempre amancebados, en un cuchitril con olor a estufa mal purgada, con una modistilla que, a su vez, resultaba que los estaba espiando a ellos; y el contubernio solía concluir con un intercambio de rehenes, en algún puente neblinoso de Berlín. Pero todavía aquellos espías de la Guerra Fría servían para amueblar las tramas mazorrales de John Le Carré. Andando los años, con el desarrollo de la tecnología, el espía se convertiría en un hacker gafapasta, paliducho y granujiento que copia desde su ordenador documentos ultrasecretos de las potencias enemigas, mientras se zampa un triángulo de pizza grasienta y se tira pedos hediondos.

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La tecnología, que ha destruido todas las actividades vagamente poéticas, ha matado también el espionaje, convirtiéndolo en un oficio cobardón y sórdido, en donde ya no hace falta escudriñar a través del agujero de las cerraduras, ni amancebarse con espías enemigos. El prófugo Snowden nos ha contado con pelos y señales las mañas del espionaje estadounidense, que básicamente consisten en fisgonear a golpe de tecla conversaciones telefónicas y correos electrónicos. Mediante tal procedimiento, los espías americanos se han inmiscuido en todas las cancillerías del planeta, han levantado tejados y revuelto camas ajenas, han aireado papeles de Panamá para promocionar sus propios paraísos fiscales, han desbaratado las defensas de las naciones que deseaban arruinar y facilitado información a las diversas “oposiciones moderadas” que tiene esparcidas por el orbe, para que puedan perpetrar tranquilamente sus masacres.

Ahora el ablandabrevas de Obama acusa a Rusia de lanzar “ciberataques” contra la bruja Hilaria y sus compinches, para influir en el resultado de las elecciones americanas; y anuncia que devolverá a Rusia el regalito, en el momento y el lugar que convenga. Mientras escuchaba sus quejas, me he acordado de aquel chiste de Gila, en el que el humorista, disfrazado con un falso uniforme militar, simulaba una conversación telefónica con el bando enemigo, en la que decía: “Era para confirmarles que ya ha llegado el espía que nos mandaron; ahora les mandaremos nosotros el nuestro”. El chiste, tal como lo contaba Gila, era ya gracioso; pero, puesto en labios de Obama, resulta tronchante, porque en su tono quejoso había una grotesca censura moral, como la del tahúr que se escandaliza de que le hagan trampas en el juego que él previamente ha amañado. Ver al bizcochuelo de Obama convertido en una parodia grotesca de Gila es un espectáculo que regocija, y un digno colofón a su presidencia.

La sabiduría popular nos enseña que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón. Y espiar a los espías, aunque sea a golpe de tecla, merece aún mayor benevolencia.

ABC, 17 de diciembre de 2016

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