Esa verdad que ahoga la mano siniestra. Por Ariel Corbat

“Todos los seres humanos estamos 
capacitados para flotar y nadar,
sólo que algunos, rivales de sí mismos, 
se empeñan en demostrar lo contrario.”
 
Daniel Di Grande
(“Aprenda a nadar y a defenderse en el agua”
Argentina – 1980)
En el primer día de Noviembre de 2017, la izquierda marchó para sostener su perverso relato sobre la muerte de Santiago Maldonado.

Así, contra toda evidencia procesal de la causal de muerte, el zurdaje vernáculo con afiebrada y terrorífica imaginación demuestra su sadismo al desear a pulso fanático un Estado que torture, desaparezca y mate.

Y es lógico. Es lo que hacen ellos en cada país en el que, “revolución” mediante, implantan dictaduras que se pretenden eternas. En su ambición totalitaria de fabricar “un hombre nuevo” asesinando libertades, creen que todos son de su misma condición criminal.
Si Elisa Carrió se equivocó al aventurar que Santiago Maldonado podría haber estado en Chile, al menos lo deseaba vivo. El conjunto de la izquierda, en cambio, siempre le deseó lo peor. Mucho más que lo peor. Ahogado no es la muerte que podrían usar.
Myriam Bregman, la que reniega del Himno Nacional, dejó en claro su compromiso con la mentira al explicar que “para lograr enjuiciar y castigar a los responsables materiales y políticos de este crimen de Estado tenemos que seguir en la calle y denunciando que la desaparición forzada de personas siempre ha sido el método de las Fuerzas Armadas y de seguridad en la Argentina”.
Según va surgiendo del cadáver en la morgue no hay crimen de Estado. Eventualmente, si se afirman algunos indicios, podría acusarse a alguno de los izquierdistas disfrazados de mapuches por haber abandonado a Santiago Maldonado cuando intentaban cruzar el río. 

Un rato antes de la marcha, Irina Hauser publicaba en Página/12 una nota, titulada “Miedo”, que la ubica ya en el risible estilo subjetivo y extraviado de Sandra Russo. Allí,  especula que Maldonado “desapareció en medio de una persecución desquiciada de la Gendarmería, a los tiros. Nadie se arroja a un río helado porque sí, y menos si no sabe nadar y le tiene temor al agua“.Lo que la dactilógrafa de Horacio Verbitsky omite, es que Santiago Maldonado no estaba allí de casualidad, como mero turista que pasa por el lugar y se ve envuelto en una situación imprevista, sino que participaba de las acciones de un grupo secesionista, violento e irracional. Por lo que cruzar el río, acaso con la promesa de no ser soltado por un baqueano de la RAM, pudo ser una forma de afirmar su pertenencia.

Si la izquierda persiste en el plan de equiparar a Macri con Videla y reivindicar la lucha armada, como con total descaro lo anunciaron en Plaza de Mayo el 24 de Marzo de 2017, convertido en operación insurreccional liderada por Horacio Verbitsky a través del caso Maldonado, el país corre el riesgo de reeditar, dramática y ridículamente, tragedias del pasado. 

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En la disyuntiva que esa agresión siniestra a la República y la Democracia plantea, antes que responder con violencia (lo que sería darles gusto) la mejor defensa es el humor. Humor negro, ácido e irreverente; contrariando el predominio de la cultura progre enmarcada en la corrección política de la izquierda y desacralizando sus tabúes.

Hay que reírse de ellos, antes que delirando con que su relato es la realidad acusen a Palito Ortega como instigador al suicidio de Maldonado, por cantar aquello de “tirate al río en la parte más profunda / y después cuando te hundas / si querés podés gritar…”

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