Entre la huelga y el Mundial. Por Vicente Massot

En una situación como la actual había que dar por descontado el éxito de la huelga del día lunes. Ufanarse pues, al estilo de algunos de sus responsables, del resultado obtenido, no pasa de ser una simple formalidad. Pero —bueno es decirlo— existen razones para matizar cualquier juicio triunfalista. En punto al acatamiento en sí mismo, nada hay que agregar. Con todo, ¿qué sucedería si pudiésemos determinar, detalladamente, cuántas personas adhirieron por coincidir o por simpatizar con la medida gestada a instancias de la cúpula cegetista, cuántas aprovecharon la ocasión para transformar en largo el fin de semana pasado y cuántas no tuvieron oportunidad de cumplir con sus obligaciones laborales, en razón de que el paro del transporte público fue total? En tal caso las cosas adquirirían una dimensión diferente y otras serían las conclusiones que se seguirían del análisis del hecho. Como no hay manera de distinguir quiénes se sumaron por convicción y quiénes no tuvieron más remedio que aceptar la medida del movimiento obrero organizado, la euforia de los líderes gremiales es lógica.

Hay una segunda consideración de importancia, y que es la siguiente: si el macrismo —como de costumbre— se hubiese asustado de la dimensión del paro y hubiera convocado a sus impulsores a un diálogo, previamente interrumpido, nadie podría poner en tela de juicio la victoria de los caciques sindicales. No obstante, las negociaciones entre Jorge Triacca y la central obrera vienen de lejos; y nunca, que se sepa, se cortaron de cuajo. En este frente —como en otros tantos— el gobierno sostiene, por un lado, un discurso público duro, de cara al popolo grosso, para en privado obrar de manera contraria. Se sabe desde siempre que el poder de los Gordos —por llamarles de alguna manera conocida— es directamente proporcional a la inmensa masa de dinero que manejan de modo discrecional en las obras sociales. El gobierno —en lugar de apretar las clavijas y cerrar un grifo que Cristina Fernández, por ejemplo, les abrió a los muchachos con cuentagotas— no ha hecho, de dos años a esta parte, más que dotarlos de recursos sin solución de continuidad.

La huelga no ha servido de nada. En eso las declaraciones del presidente de la Nación marchan en la dirección correcta. El país se detiene casi por completo veinticuatro horas y al día siguiente todo sigue su curso habitual. En realidad, más allá de los motivos voceados a los cuatro vientos por sus gestores a los efectos de justificarla, en el fino fondo de la cuestión late la discordia sorda, enconada —soterrada a veces y explícita otras— que divide a las diferentes fracciones del sindicalismo criollo. Para la tribuna, dijeron hasta el cansancio que su propósito era rechazar el plan económico macrista; lo que en parte, solo en parte, es verdad. Lo que se olvidaron de explicar es que no deseaban quedar atados, como furgón de cola, al moyanismo —ahora aliado a Cristina Fernández— si éste les ganaba de mano en la convocatoria. Como quiera que sea, nada nuevo bajo el sol. Eso sí: toda la industria del turismo, agradecida. Nunca es lo mismo un lunes o un viernes que cualquiera de los demás días hábiles de la semana para prolongar las minivacaciones.

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El sindicalismo, sin importar a qué ideología responden sus caudillejos, ha tenido siempre en cuenta esa frase, tan repetida en la década del ’70 del siglo pasado, respecto del lugar que debe ocupar en medio de las crisis: “Con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes”. Por eso, si es necesario sobreactúa en sus discursos y, como ultimo recurso, apela a la huelga general que parece una suerte de non plus ultra cuando, en realidad, termina siendo un feriado con asadito y shopping.

Fueron innumerables las medidas de fuerza que, en su momento, Saúl Ubaldini enderezó a expensas de la administración alfonsinista. ¿Qué logró? —Poco o nada. Al gobierno radical lo quebró primero la rebelión carapintada, estallada en la Semana Santa de 1987. El resto lo hizo el desmanejo económico con epílogo en la hiperinflación, dos años más tarde.

Lo del lunes fue apenas una anécdota. El gremialismo ortodoxo —para diferenciarlo de los camioneros, de la CTA y demás asociaciones de izquierda— salvaron la cara y, a partir de ahora, harán las veces de malos. Sólo que su ferocidad será de historieta. Hugo Moyano —dicho sea de paso— seguirá, por un andarivel distinto, idéntico derrotero. ¿O acaso alguien supone que las sucesivas postergaciones a la hora de mandar a OCA a la quiebra son producto de la lentitud de la justicia? A cualquier otra empresa con tamaña deuda, y cuyos dueños utilizaron, además, impuestos retenidos de terceros para financiarse, ya le hubiese —el organismo gubernamental que entiende en el caso— bajado el pulgar sin demasiados miramientos. Con OCA no se animan porque ello —a semejanza de la detención del mandamás del club Independiente— supondría un verdadero casus belli que no desean ni Mauricio Macri ni tampoco Hugo Moyano.

De mayor trascendencia —para el gobierno y también para el país— resultó la noticia, llegada del Norte, reconociéndonos como país emergente. Ello significa —dicho con pocas palabras— que tendremos crédito en los mercados financieros voluntarios y, al propio tiempo, menos margen para el gradualismo. Los estatutos de los fondos internacionales de inversión permitirán la compra de acciones privadas o títulos de deuda pública y privada argentina. A mediano plazo —o sea, no antes del año que viene— podrá haber inversiones extranjeras de carácter financiero. Después de tantas malas noticias y desaciertos, resulta algo venturoso que, por supuesto, no significa ni mucho menos un punto de inflexión o un remedio mágico.

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Podría decirse que somos emergentes de la misma manera que formamos parte de ese pelotón heterogéneo conocido como el G–20. Si bien ahora, en las carteras y portfolios de los fondos de inversión, la Argentina será tomada en consideración, los deberes tendremos que hacerlos igual. Nadie está dispuesto a regalarnos nada, si bien es cierto que, así como eran pocos los que imaginaban una respuesta tan rápida y favorable del Fondo Monetario Internacional, un día antes de la novedad comentada prácticamente nadie se hubiera animado a asegurar que pasaríamos de país de frontera a país emergente. Ello demuestra, básicamente, el interés de los mercados y de los países del primer mundo de que a Macri le vaya bien. No es poco.

A manera de colofón, el Campeonato Mundial. La fotografía del titular de la AFA junto al director técnico del seleccionado nacional es la imagen y realidad de nuestro fútbol. Al “Chiqui” Tapia ya le quedaba grande Barracas Central cuando, con el visto bueno de Macri, fue elegido para desempeñarse en el cargo que hoy ostenta. En cuanto a Jorge Sampaoli, podía dirigir al combinado chileno o al Sevilla, en España. Pedirle más era imprudente. Sin embargo, esos son nuestros embajadores en Rusia, junto a un conjunto de jugadores que no había podido ganar, en las eliminatorias sudamericanas, partidos decisivos contra Venezuela y Perú, para dar dos ejemplos superlativos.

Llegamos a este Mundial de casualidad, de modo que sólo el fanatismo —propio de los amantes del deporte— podía alentar alguna esperanza seria de disputar la final. Bien mirado el fixture, saltaba a la vista de que el mismo equipo que se clasificó con la lengua afuera, sin sobrarle nada, difícilmente iba a ganarle sólo con la camiseta a la ignota Islandia, la desigual Croacia y la mediocre Nigeria. Entre otras razones porque el nivel del combinado a las órdenes de Sampaoli era y es de una pobreza franciscana.

Como los de Nigeria jugaron, no como en el segundo sino como en la parte inicial del partido contra Islandia, el seleccionado nacional pudo ganar por primera vez y clasificarse para los octavos con susto. Algo similar le sucedió a Alemania, España y Portugal, si hemos de ser honestos.

Sirve para darnos cuenta dónde estamos parados en materia futbolística. Aun cuando, en punto a posicionamiento frente al mundo, la comparación excede al deporte. Como país, somos uno más.

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