Entre el mani pulite y los pronósticos económicos. Por Vicente Massot.

La cuestión judicial ocupa el centro de la escena. En el horizonte se recorta con cierta claridad, la figura de una mani pulite criolla. El proceso apenas ha comenzado y nadie sabe bien dónde epilogará. Su final va a depender de la voluntad gubernamental de acelerar los tiempos y de unos jueces federales que obran a la manera de feroces tardíos. Algunos, como Canicoba Corral, porque saben que su jubilación está a la vuelta de la esquina. Otros como, Sebastián Casanello, porque no terminan de decidirse a cortar amarras con sus valederos de otrora y llegar hasta las últimas consecuencias en la investigación en curso sobre Lázaro Báez y la familia Kirchner. En punto al tema, no todos los magistrados llevan la misma velocidad. Entre Claudio Bonadío, por ejemplo, y Daniel Rafecas y el mencionado Sebastián Casanello, hay una diferencia abismal. Pero en el desfile de la plana mayor K por los tribunales, no sólo cuentan los jueces. El oficialismo es un factor decisivo y no siempre se entiende su forma de actuar.

El pasado miércoles ocurrió algo mucho más importante que la comparencia de Cristina Fernández ante Claudio Bonadío. El fenómeno comenzó antes de que arribara a Comodoro Py la ex–presidente y se prolongó a lo largo de toda la jornada, mientras la viuda de Kirchner, junto a sus letrados, entregaba la declaración escrita en el juzgado correspondiente e improvisaba un discurso de barricada frente a sus belicosos seguidores. A todos los que encendieron el televisor esa mañana, como a los que se hicieron presentes de puro curiosos y también a los que desempeñan sus actividades diarias en el lugar, desde temprano les llamó poderosamente la atención la falta de control policial en la zona donde trabajan los jueces federales y están las distintas salas de la Cámara de Casación Penal. No había uniformados de ningún tipo. En su lugar quienes se encargaban, dentro y fuera del edificio, de controlar los accesos y los ingresos, quienes formaban los cordones de seguridad y quienes —en resumidas cuentas— hacían su voluntad eran miembros de La Cámpora.

Aun cuando parezca increíble que ello haya sucedido, parece difícil atribuirlo a la mera casualidad. Y si acaso alguien considerase que fue por obra y arte del azar que el kirchnerismo reemplazó durante varias horas al Estado, debería explicar la razón en virtud de la cual 24 horas después —al momento de inaugurar Cristina Fernández un local que, desde ese día, hace las veces de su cuartel general en Buenos Aires— nuevamente cortaron el tráfico, le dieron custodia y manejaron a su antojo el tránsito, los chicos de La Cámpora.

En realidad, siempre que un actor político —sea el gobierno de turno, un partido político o un dirigente— obra un desatino semejante, es obligatorio preguntarse si, en lugar de apuntar al error cometido, no es pertinente pensar en una decisión tomada a propósito, con plena conciencia de lo que se hace. Podría suponerse, pues, que Mauricio Macri y sus principales consejeros en la materia optaron por delegar en manos de sus enemigos un tema tan sensible como el de la seguridad de la ex–presidente —y todo lo que la rodeaba el miércoles 13— para así cubrirse de cualquier exceso en el que pudieran incurrir las fuerzas de seguridad, de haber tenido que asumir esa tarea. Sería la estrategia de dejar que el kirchnerismo se quemase solo.

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Claro que también hay otra explicación posible: el miedo del gobierno a ser acusado de reprimir una manifestación política. O, inclusive, una tercera razón: la impotencia para reivindicar con éxito el monopolio de la violencia legítima. Porque lo cierto es que, hasta aquí, los planes para poner en caja a piqueteros de distinta índole y coloratura ideológica han hecho agua. En mala hora la ministro Patricia Bullrich anunció, con bombos y platillos, la puesta en vigencia de un protocolo que, al día siguiente, se convirtió en un verdadero colador.

Pensando en términos ciudadanos —si se acepta la expresión— a todos nos dejaría más tranquilos saber que la administración macrista miró para otro lado como parte de una riesgosa pero a la vez ingeniosa maniobra política. Pero cómo explicar, entonces, que los taxistas hayan cortado desde el inicio del conflicto con Uber, las calles porteñas cuantas veces se les dio la gana, que otro tanto hayan hecho luego los manteros y, en días por venir, lo hagan, seguramente, algunas de las más poderosas organizaciones sociales que responden, directa o indirectamente, al kirchnerismo.

En la materia, el macrismo trasparenta una rara mezcla de temor e incompetencia combinados. No sabe qué hacer y, al mismo tiempo, tiene miedo de ejercer la autoridad que detenta. Aunque el precedente que gestó —reconociéndole de hecho facultades a La Cámpora que nunca debió delegar— sea contraproducente, no resulta dramático. Lo sería si hubiese perdido el control de la calle o sufrido tal desgaste que no fuese capaz de imponerse a sus adversarios y enemigos en el caso de que estos decidiesen asaltar el poder. Cuanto viene sucediendo desde antes de los sucesos comentados en torno de Comodoro Py revela hasta qué punto hay áreas y funciones en la cuales al macrismo le sobra laboratorio y le falta calle.

Cristina Fernández el 13 de abril se inclinó por privilegiar lo político a lo jurídico; o sea, asumió el riesgo de ser procesada y, eventualmente, de quedar detenida, sin importarle demasiado los riesgos. De no ser así habría ensayado una defensa de carácter técnico en una causa —la de la venta de dólares a futuro— en donde la distinción entre decisión política y delito no es clara. De las acusaciones que le llueven, esta es de lejos la más defendible y, sin embargo, la ex–presidente ha elegido un camino que da lugar para suponer que piensa victimizarse.

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La composición de lugar que hace la viuda de Kirchner y su estado mayor es la siguiente: el programa económico que se ha puesto en marcha fracasará. Por lo tanto, quien ahora, aún cuando sea en soledad de aliados, se sitúe en la vereda de enfrente del gobierno, tarde o temprano cosechará los frutos de ser hoy el principal adversario del macrismo. No hay posibilidad ninguna de forjar acuerdos ni de pedir clemencia en la contienda en la que se hallan embarcados los K. El suyo es un camino sin retorno, en donde los enemigos lo son, por igual, la administración de Cambiemos y el peronismo colaboracionista.

Las distintas fuerzas políticas que disputan supremacías sostienen sus respectivas estrategias con base en una premisa mayor a partir de la cual ordenan su derrotero. La del kirchnerismo fue explicada más arriba. La del gobierno parte de la base contraria: sus éxitos macroeconómicos darán lugar, en el segundo semestre del año, a una baja de la inflación y del índice de desempleo. En cuanto al peronismo ortodoxo y al Frente Renovador, se sitúan a medio camino entre los pronósticos ominosos de Cristina Fernández y Axel Kiciloff y los vaticinios optimistas del oficialismo. Sergio Massa y los caciques del PJ creen que el plan económico no generará una explosión social ni cosa que se le parezca. Pero, a la vez, consideran que mostrará, antes de finalizar el año, su insuficiencia. Por ahora acompañan críticamente. A partir de marzo, con las elecciones a la vista, abandonarán su papel de aliados tácticos y asumirán el rol de opositores.

Hay, sin embargo, un común denominador que los une, más allá de las distancias ideológicas y las diferencias tácticas que los separan. Para todos el factor económico es esencial. Tirios y troyanos fincan sus posibilidades de éxito y anticipan el fracaso de sus adversarios, de acuerdo a los respectivos pronósticos sobre cómo evolucionarán los precios, salarios, tipo de cambio, desempleo y déficit fiscal, entre otros indicadores de la economía. Hagan sus apuestas, señores.

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