En vísperas del Mundial. Por Vicente Massot

Si no fuera por el hecho de que nada es motivo de sorpresa en nuestro país, llama la atención la forma como se ha comportado el gobierno a poco de ponerle el moño a un acuerdo —ciertamente inédito y auspicioso— con el Fondo Monetario Internacional. Pareciera que después de considerar a la crisis un simple sacudón —nada más, decían—todo volverá a la normalidad. Habrá que hacer un esfuerzo y reducir algunas adiposidades del sector público. También se requerirá —para variar— un ajuste de la sociedad civil, cuya magnitud, por supuesto, nadie explica. En épocas ya pasadas a esto se le llamaba, tomando prestada una frase que hizo famosa el ingeniero Álvaro Alsogaray, “Pasar el invierno”.

En ningún momento ni Macri ni ninguno de sus colaboradores más cercanos ha reconocido que estamos en medio de un problema de singular magnitud. Tampoco que el gradualismo ha muerto para siempre o que, en punto a responsabilidades, Cambiemos tiene mucho que explicar. Es como si lo qué pasó y el costo que demandará salir de este berenjenal fuesen atribuibles a los caprichos del destino o algo por el estilo.

En la Casa Rosada se empeñaron en llevar adelante un programa económico que dependía de la suerte y de la buena voluntad de los mercados. Se lo trató de vender, por espacio de dos años, como el único posible y se nos dijo que estábamos en manos de uno de los mejores gabinetes de la historia argentina, o poco menos. Tamañas afirmaciones —acompañadas de otras, similares en cuanto a su optimismo y falta de tino— fueron efectuadas no sin una dosis notoria de soberbia.

Hasta la corrida cambiaria, en el elenco oficialista primó la suficiencia; pero en la crisis cundió el miedo. Y ahora, a favor del guiño de Washington y de la predisposición favorable del FMI, ha vuelto el gobierno a sonreír. En Balcarce 50 siguen creyendo que la reelección del presidente está al alcance de la mano y que los datos que arrojan las encuestas no son tan malos como parecen. Tener una intención de voto que orilla 35 %, después de cuanto se vivió hace pocas semanas, representa para Jaime Durán Barba y Marcos Peña la señal de que lo peor ya pasó.

Aún en el caso de convalidar los argumentos levantados por la mesa chica macrista, lo cierto es que, si nos tomamos el trabajo de comparar los números que sus responsables manejaban en abril respecto de los que hoy nadie medianamente serio se animaría a poner en tela de juicio, la conclusión que se extrae es lapidaria: o vivían en un frasco o eran unos ilusos. La meta de inflación, corregida en diciembre a pura fuerza de voluntad, fue fijada en 15 %. Cualquiera sabe, a esta altura, que rondará a fin de año entre 27 % y 30 %. En lo que hace al crecimiento económico, las expectativas que barajaban los secretarios del vivir en la Jefatura de Gabinete, rozaban 3,5 % anual. Ahora deberán conformarse con no caer en franca contracción. La divisa norteamericana se cotizaría, según el sabio señor del Banco Central, a razón de $ 22 ó $ 23. Ya perforó los $ 27. …¿Por qué, después de tantos gazapos, acertarán con sus pronósticos para 2019?

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La lista de proyecciones hechas a mano alzada, sin fundamentos sólidos, en el curso de los dos primeros años de administración macrista, sería interminable de enunciar. Sin embargo, cuando era menester un mea culpa sincero y realista, hete aquí que nuevamente —en lugar de decir la verdad— se la oculta. Así como en diciembre del año 2015 Macri prefirióbailar al compás de Gilda, en el balcón de la Casa de Gobierno —en vez de hacerle saber a la ciudadanía cuál era el estado del Estado— así también, en estos días, ha preferido obrar una verónica ante la compleja situación que debe enfrentar. No se anima a asumir las responsabilidades que le tocan por el pésimo manejo de la administración pública ni tampoco a transparentar cómo habrá de acomodarse a las exigencias del Fondo.

Para cumplir en tiempo y forma con los mandamientos del Fondo Monetario Internacional —que acaba de abrirle, de par en par, la puerta que le cerró en las narices a Fernando De la Rúa— y bajar el déficit fiscal de 2,9 % a 1,7 % del PBI, el gobierno debe realizar un ajuste pocas veces visto antes, entre nosotros. Después de jugar a las escondidas con la realidad durante dos años y medio, ahora el presidente no tiene más remedio que poner en práctica cuanto no quiso o no se atrevió a implementar en los treinta meses que lleva en el poder.

Consciente de sus limitaciones; de su condición de primera minoría en las dos cámaras del Congreso Nacional; del grado de rechazo que producirá el mencionado ajuste; de la oposición de la Iglesia Católica, de los sindicatos, de los movimiento sociales y de parte del peronismo, el gobierno ha decidido fumar la pipa de la paz, a un mismo tiempo, con el Sumo Pontífice, los gobernadores justicialistas y el bloque que encabeza Miguel Ángel Pichetto. Sobre el particular ha tomado debida nota del pedido de las autoridades del Fondo de generar un gran “compromiso nacional”.

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Sólo que sus interlocutores, desde el Papa hasta los caciques sindicales —que de lo que significa el capitalismo entienden poco y nada, y que de la palabra ajuste no quieren oír hablar— están dispuestos a realizar gestos formales apenas, acercamientos para las fotos, acuerdos de palabra. Y el sindicalismo dialoguista ni eso. Suponer que, en dulce montón, habrán de convalidar, junto al gobierno, el acuerdo con el FMI, es no conocerlos. Imaginar que, a cambio de su apoyo, habrán de votar el presupuesto 2019 sin quitarle cuanto puedan a un Ejecutivo exhausto, sería pecar de ingenuos. La política de mano extendida por parte del arco opositor al oficialismo, es cosa del pasado. Desde una posición de fuerza relativa, el peronismo y el Frente Renovador están dispuestos a acompañar, sin que se note, parte del ajuste en la medida que no afecte sus planes de cara a los comicios. De su lado, en Casa Rosada aspiran a que se comprometan y aprueben, casi a libro cerrado, el presupuesto 2019.

En realidad, unos y otros desean sacarse de encima —hasta donde puedan— la responsabilidad de ejecutar recortes en el gasto público cuando falta un año para que comience la ronda electoral. Macri sabe que el peso de las acusaciones de la sociedad caerá sobre su administración, como es de imaginar. Pero aspira a que las responsabilidades sean compartidas. Algo que Sergio Massa y los caciques del PJ —políticos y sindicales, indistintamente— no están dispuestos a aceptar.

A escasos tres días del comienzo del Mundial de fútbol, por algunas semanas  las cuestiones económicas pasarán a segundo plano. La huelga de los camioneros —por exitosa que resulte, algo que aún está por verse— y la decisión de los diputados acerca de la despenalización del aborto, serán inmediatamente tapadas por la expectativa que genera el primer partido de la selección en Rusia, el sábado a la mañana. Mientras el equipo de Sampaoli juegue y gane, la sociedad argentina vivirá anestesiada. Cuando termine el Campeonato Mundial —cualquiera que haya sido la performance del once nacional— todo volverá a la normalidad.

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