En pos de los gorriones, con la escupidera – Por Vicente Massot

El kirchnerismo nos tiene acostumbrados a un relato que, en su época de esplendor, cuando todo le sonreía, cumplió de maravillas la función para la cual había nacido. Fue exitoso en la medida en que caló hondo en la gente. Durante diez largos años, poco más o menos, el país se movió al compás de las ideas–fuerza y de las formas de pensamiento que tenían como soporte a ese relato. No importa qué exagerado o fantasioso resultara. Su importancia, en todo caso, no se medía con arreglo a la verdad o falsedad de sus postulados sino a la capacidad de convencer. Era un instrumento de batalla, no una hipótesis científica. Por lo tanto, no necesitaba acreditar seriedad académica. Antes, al contrario, bastaba que fuese verosímil.

Pero así como un gran porcentaje de los argentinos —con o sin credenciales K— aceptaron el núcleo duro del mismo a libro cerrado, también sus responsables quedaron enredados en sus pliegues. Se mimetizaron de tal manera con el mito echado a rodar, que ya no pudieron vivir sin él. Mientras duró el idilio de las mayorías con el santacruceño y su mujer, no hubo inconvenientes.

El problema comenzó a hacerse notar con el cambio de humor de la población y quedó completamente al descubierto con el presente final de ciclo.

Como el relato siempre estuvo prolijamente envuelto en una épica, la reestructuración de la deuda timoneada en su momento por Néstor Kirchner resultó uno de sus capítulos fundamentales. La razón es bien sencilla de entender: contenía la totalidad de los ingredientes necesarios para deleite de la tribuna. Por un lado estaba el matrimonio y sus acólitos, que hacían las veces de celosos defensores de lo “nacional y popular”. En la vereda de enfrente los neoliberales y otras vertientes nativas del “cipayismo”, hechos responsables de haber contraído tamaña deuda. Además, el kirchnerismo se asumía como redentor de los humildes en tanto los otros, si no eran vendepatrias, se contaban entre los lacayos de los capitales especuladores.

La construcción intelectual de esa “epopeya” político–económica que Néstor había llevado adelante, tuvo sus santos y sus demonios que la propaganda oficial se encargó de ensalzar hasta el cansancio, en el caso de aquéllos, y de condenar de manera terminante, en el caso de estos últimos. Los así llamados “fondos buitres” quedaron relegados, pues, al séptimo infierno, sin derecho a apelación ninguna.

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En el libro negro del kirchnerismo, sólo los militares del Proceso merecieron una crítica más despiadada que los chupasangres interesados en sacar provecho de un pueblo sufrido. Pero para eso estaban Néstor y Cristina o, si se prefiere, Cristina y Néstor —“tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando˝— que se encargarían de ponerse al frente de la Patria para asumir la misión de capitanía que el destino les tenía reservada. Así, uno y otro pasarían a la historia, relatada por ellos mismos, como dos verdaderos héroes nacionales.

Todo muy bien mientras fuera posible hacerle creer a la gente que la reestructuración de la deuda había sido una obra maestra de ingeniería financiera y de voluntad política al servicio de la Nación. Y, la verdad sea dicha, los K se salieron con la suya por espacio de casi una década en la cual se permitieron hacerle pito catalán al mundo entero —Griesa, el Club de París, los holdouts y el Fondo Monetario Internacional, incluidos— sin mayores inconvenientes.

Verdaderamente creyeron que era posible mofarse de un juez norteamericano —al cual cargaron de insultos o ironías, según quién fuese el encargado de criticarlo— y desconocer sus fallos como si tal cosa. En esos tiempos —que hace apenas unos pocos días tocaron a su fin— Cristina Fernández, con el dedo levantado y en pose de suficiente, repitió una y otra vez que no se le pagaría un dólar a los fondos buitres y que el canje no se reabriría nunca.

Cuando percibieron —como ya había ocurrido a mediados del mes de enero— que si mantenían su discurso de todo o nada se quedarían sin nada, dieron marcha atrás aceleradamente. A principios de año, el golpe de timón impulsado por Juan Carlos Fabrega salvó al gobierno del abismo. Ahora, en menos de setenta y dos horas, La Señora terminó de aceptar que la versión heroica del kirchnerismo venciendo a los buitres, a semejanza de San Jorge al dragón, era cosa de pasado.

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Claro que, como el kirchnerismo actúa a impulsos de unas ideas que sólo ha sido capaz de cambiar a metros del precipicio y que en el fondo de su corazón mantiene vivas, cuando debe explicar la última pirueta de su jefa hace lo único que sabe: apela de nuevo al relato, cuyo último episodio consiste en convencernos de que Cristina Fernández y su ministro de Economía —se supone que también Carlos Zannini— sabían de la resolución que iba a tomar la Corte norteamericana. No sólo eso. Al mismo tiempo echan los K al olvido las filípicas, de ayer nomás,  contra los buitres y tratan de montar un escenario en donde Cristina se convierte, de la noche a la mañana, en la abanderada de una solución pragmática que el arco opositor y todos los argentinos debemos secundar.

Está claro que el gobierno ha hecho de la necesidad virtud. Entendió que de nada servía jugar a las escondidas con la realidad y terminó dándose de bruces contra esa realidad; realidad que va a cobrarle un precio durísimo. La administración que preside Cristina Fernández ha sufrido un revés estratégico de bulto. Quizás el más duro del último decenio si se presta atención al giro copernicano que ha tenido que dar en punto a sus convicciones ideológicas y al costo que deberá pagar por la ineptitud y tozudez que puso de manifiesto en la materia. Pero con ello evitó el colapso al que estaba condenada si acaso insistía en montar una cruzada en contra de Griesa y los hold-outs.

Nadie sabe como habrá de honrar su deuda la República Argentina. La incógnita se develará seguramente en el curso de la actual semana. Cualquiera sabe, en cambio, a esta altura de los acontecimientos, que —en términos de tiempos y de montos— la decisión última no estará en Balcarce 50. Aunque suene antipático, nos hallamos a merced de Thomas Griesa y de los fondos buitres, transformados en gorriones tras el giro hacia la realidad de Cristina Fernández. Hasta la próxima semana.

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