En oposición a una revolución cultural. Por Erick Kammerath

 

I- Introducción

La hipótesis que viene a plantear el presente ensayo podría ser resumida en la imposibilidad de llevar adelante una correcta defensa de la libertad concebida en términos a-históricos. Haremos a un lado, por lo tanto, las meras abstracciones, para bosquejar nuestro alegato en favor de la libertad contextualizada en un espacio y tiempo determinados: la civilización occidental[1] contemporánea.

A este fin es que partiremos de una premisa esencial: Occidente, como lo conocemos hoy está sufriendo grandes cambios. Cambios que lejos de generarse de manera paulatina y moderada -como entendía Hayek que deben darse las variaciones socioculturales en el marco de un orden espontáneo, por ser la civilización “un resultado acumulativo costosamente logrado tras ensayos y errores”[2]-, vienen aconteciendo de un modo vertiginoso y acelerado; es decir, Occidente está mutando como consecuencia de una revolución. No es solo la velocidad de esta transformación, sin embargo, lo que nos invoca. A la imposibilidad de obtener resultados favorables a partir de virajes radicales en lo que al orden social respecta, debe añadirse, inexorablemente, el destino (en un sentido teleológico) que este viraje detenta. Así, además de intentar justificar nuestra oposición a lo necesariamente disruptivo de un proceso revolucionario, mencionaremos en nuestra crítica el origen político e ideológico que impulsa dicho proceso: aquel que, sin más rodeo, denominamos como post-marxismo. Aquí nos ocupa, entonces, tanto la forma como el contenido de lo que consideramos es una revolución cultural en ciernes.

Así las cosas, y dada la necesaria brevedad de nuestro ensayo, nos enfocarnos en aquello que, según expondremos, es objeto común de ataque en las diversas pretensiones subversivas postmarxistas: a saber, los pilares que dieron fundamento y moldearon la identidad occidental.

 II- Revolución y libertad

Toda revolución supone una subversión de lo establecido. Hablamos, para que se entienda, de un cambio radical que transforma de manera difícilmente revocable un orden previamente existente. En términos políticos, tal vez la revolución arquetípica haya sido la francesa, esa a la que con vehemencia Edmund Burke se opuso en sus “Reflexiones sobre la Revolución Francesa”. Para el filósofo británico, en efecto, tal manera imprudente de subvertir lo constituido no podía ser otra cosa que un obrar en contra de la naturaleza, siendo lo natural no aquello carente de historia, sino lo contrario: “el resultado de un largo desarrollo histórico, de un largo hábito; dicho de otra manera, naturaleza es igual a historia, a experiencia histórica, a hábito creado por la historia”[3]. Luego, el gran drama consistía en que la única libertad posible, aquella que una tradición histórica bien específica dio forma y realidad al punto de hacerla virtualmente “natural”, estaba siendo aniquilada por una “libertad” puramente ideal, que brotaba no de la historia, sino de ideólogos que hoy llamaríamos, sencillamente, ingenieros sociales.

Para el otro gran crítico de la revolución, el francés Alexis de Tocqueville, la libertad también debía ser comprendida a través de sus posibilidades históricas. El régimen democrático que condujo a Francia a la primera dictadura moderna y a largos años de inestabilidad política, económica y social, podía sin embargo funcionar en otras latitudes donde otros esquemas y valores sociales hicieran difícil la llegada de la “tiranía de las mayorías”. Tal fue el espíritu  de sus investigaciones en los Estados Unidos, publicadas bajo el título de La democracia en América. Familia, religión, comunidad, asociaciones civiles, formaban un tejido social que limitaba el exceso de igualdad y, por ello mismo, resguardaba la libertad. ¿Qué estaba mostrando Tocqueville, si no el hecho de que la libertad lejos de ser una conquista en sí misma, depende de “tradiciones o hábitos pre o extraliberales”[4] que servirán de contrapeso a las “nociones democráticas de soberanía o consentimiento popular”[5] incapaces de limitarse a sí mismas?

Friedrich Hayek es, de alguna manera, un continuador de esta forma de concebir la libertad. Tanto así, que él mismo se ocupó de diferenciar con claridad meridiana las dos formas (antitéticas) de liberalismo que el mundo moderno había conocido:

la tradición francesa o cartesiana, por un lado, y la tradición británica o evolutiva por el otro, siendo esta última a la cual el propio Hayek adhirió sin dudarlo.[6] En efecto, mientras que la primera concepción, basada en el racionalismo cartesiano, “es el producto de una confianza exagerada en los poderes de la razón individual”[7], la segunda responde al resultado de un proceso evolutivo de acumulación de conocimiento, de prueba y error, en el cual se van seleccionando, puliendo y mejorando -a través de diferentes generaciones- las conductas, usos, costumbres e instituciones de mayor utilidad para los fines individuales del hombre en un contexto social. En este sentido, la civilización en la que vivimos por nuestros días no es fruto del designio deliberado de un individuo o grupo de individuos específico, sino de la evolución cultural derivada de un proceso de aprendizaje que, apoyado en la imitación, fue perfeccionado a través de los siglos.

Bajo esta línea argumentativa, Hayek resaltará, al igual que sus predecesores, la relevante función de la tradición: pues es ésta el componente elemental que sirve de combustible a la mencionada evolución cultural, en la medida en que contribuye a la fijación de ciertos principios fundamentales que del orden espontáneo se desprenden. En palabras del propio Hayek: “El hombre devino inteligente porque dispuso previamente de ciertas tradiciones -que ciertamente hay que emplazar entre el instinto y la razón- a las que pudo ajustar su conducta”[8].

Resultan evidentes, en este punto, las insalvables contradicciones que existen entre la corriente evolucionista hasta aquí expuesta y las consecuencias que de un proceso revolucionario se derivan, donde acabar con todo lo anterior constituye la médula de su propia lógica. Toda revolución, sea política o cultural, conlleva un rechazo hacia la sabiduría que hasta ese momento fue acumulada, para ser reemplazada por abstractos ideales que reordenan de manera ingenieril a la sociedad.

¿Qué revolución?

Burke, Tocqueville y Hayek defendieron la libertad en un mundo diferente al actual. Los primeros dos, vieron deshacerse el mundo pre-moderno tras las revoluciones democráticas; el tercero, escribiendo ya desde un mundo completamente moderno, veía la consumación de otro tipo de revolución: la socialista.

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La forma de la revolución en la pre-modernidad o en la modernidad, no obstante, no es entre ellas demasiado diferente. La nota distintiva era lo que podríamos llamar la tangibilidad de la revolución: la revolución estaba allí, y todos podían escucharla, verla y, en una palabra, sentirla. Nadie podía estar ajeno a una revolución cuando ésta estallaba; las escaramuzas, las guillotinas, los campos de concentración, las disputas por el poder y, en una palabra, los ríos de sangre que se largaban a correr, son cosas que difícilmente nuestros sentidos dejarían de percibir. ¿Pero sigue siendo ésta la forma de la revolución en tiempos de aquello que sociólogos y filósofos han bautizado como “posmodernidad”?

Las condiciones materiales y culturales de la posmodernidad, si pudieran resumirse en un solo concepto, ese sería el de intangibilidad. Los procesos de globalización acercaron a un mundo que devino en aldea, y multiplicaron al mismo tiempo la división internacional del trabajo; la automatización de la producción y el desarrollo tecnológico incrementaron a niveles insospechados la importancia del sector económico de los servicios; el propio sistema financiero y la bancarización de la economía acentuaron todavía más un dinero que se vuelve electrónico. Estos probablemente sean algunos aspectos auspiciosos de una de las caras del asunto. Pero del lado de la cultura, la posmodernidad se caracterizó por una moral que perdió aquellos fundamentos que la modernidad trató de anclar en una naturaleza que hoy es desplazada por una intangible “construcción cultural” que disuelve todos los “grandes relatos” (Lyotard). Las tradiciones se deshacen así, día tras día, en nombre de un relativismo moral y cultural cuyos orígenes pueden rastrearse probablemente hasta mayo del ’68. La libertad deviene en fundamento de sí misma, lo cual quiere decir, que se queda sin fundamento alguno: precisamente aquello que temían Burke, Tocqueville y Hayek.

Así las cosas, en nuestro mundo posmoderno, la revolución encarna definitivamente otra forma. En una palabra, se vuelve cultural, pues la intangibilidad de la sociedad actual coloca en primer plano la dimensión intangible por antonomasia: la cultura. La derrota del socialismo del Siglo XX evidenció que la revolución no podía concretarse como revolución económica, sin antes desarmar todos los fundamentos intangibles del sistema: esos que Hayek reconoció cuando otorgó a la tradición de la libertad una importancia crucial para el mantenimiento de la propia libertad. Si para Marx una verdadera revolución era aquella que acontecía en los fundamentos materiales de la sociedad, llamada por él “infraestructura”, para la actual izquierda la revolución de nuestros tiempos pasa más por desarmar sin prisa pero sin pausa sus condiciones culturales.

La nota distintiva de la revolución de nuestros tiempos contra la libertad es, desde luego, su intangibilidad. Esto significa que difícilmente veremos las guillotinas y guerras civiles propias del terror jacobino, así como las hambrunas, gulags, fusilamientos o fosas comunes que caracterizaron a las revoluciones socialistas en diversos países del globo durante el pasado siglo. La Revolución Rusa, la Revolución China y la Revolución Cubana, por mencionar algunas, fueron concebidas y perpetradas desde la política por élites que aglomeraron poder y dejaron caer todo el peso del Estado sobre aquellos insubordinados que no se adaptaron u opusieron a los nuevos esquemas sociales por ellas diseñados. El consecuente exterminio de millones de seres humanos es harto conocido.

La revolución de nuestros días no tiene prácticamente nada de todo esto. Su intangibilidad despreocupa a sus propias víctimas; las hace ser partícipes del exterminio de su propia libertad. El avance es milimétrico; ya no se apela a grandes conjuntos humanos como la “nación”, la “clase” o la “raza”, sino a minorías articuladas por nuevas categorías tales como “etnia”, “género”, etcétera. Los partidos, por su parte, dan paso a los más heterogéneos “movimientos sociales”: ya no son aquéllos los que impulsan las revoluciones (por no ser estrictamente políticas), sino que su función pasó a ser la de amoldarse a los diferentes focos de conflicto suscitados por los nuevos sujetos revolucionarios que carecen, a su vez, de un objetivo en común más que la desintegración del actual orden como tal. Finalmente, la revolución cultural contemporánea no ocurre en solo unos meses con pretensiones de prolongarse por un periodo indeterminado, sino que transcurre durante varias décadas con pretensiones de ser irreversible. He aquí la necesidad que posee de ser lentamente progresivo pero incesante en su ataque a los intangibles cimientos de la sociedad liberal.

III- Religión y familia: dos tradiciones bajo el asedio

Como hemos manifestado hasta aquí, la capacidad de preservar la libertad alcanzada por el hombre occidental durante su evolución cultural se ha debido, en gran medida, a la conservación a través de los siglos -casi de forma invariable-, de elementos configurados al calor de la tradición. Hay dos de ellos que nos gustaría aquí abordar: la religión y la familia.

Ciertamente para Hayek, la supervivencia y transmisión de determinados hábitos y costumbres provechosas para el progreso civilizatorio ha sido posible “gracias a las creencias míticas y religiosas”[9] (especialmente a las monoteístas), que cooperaron en la fijación y exponencial difusión de construidas tradiciones, a pesar de ser, en una innumerable cantidad de aspectos, opuestas tanto al instinto como a la razón. Describirá entonces nuestro autor que “la prematura pérdida de lo que calificamos de creencias no constatables habría privado a la humanidad de un poderoso apoyo en el largo proceso de desarrollo del orden extenso del que actualmente disfrutamos y que, incluso ahora, la pérdida de estas creencias, verdaderas o falsas, crearía graves dificultades”[10]. No caben dudas, habiendo comprendido esto, que la moral de los pueblos -como también lo es el lenguaje, por dar un ejemplo-, es fruto del orden espontáneo y ha florecido en Occidente como efecto de la específica influencia cristiana y de su institucionalización por medio de múltiples iglesias. Descartamos, por lo tanto, toda noción que incluya el supuesto de una intencionalidad creadora de moral (por ser previsora de los beneficios que podría acarrear en lo social) hija de la razón.

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Entre las instituciones más defendidas por el cristianismo en sus variadas ramificaciones se encuentra, indudablemente, la familia. Es por esto que este vínculo ha sido (y continúa siendo) objeto de asedio común por parte de todas las expresiones ideológicas ubicables bajo el espectro izquierdista. Tanto el comunismo, como el socialismo democrático y las más recientes manifestaciones de post-marxismo han arremetido de forma sistemática contra la institución familiar por una sencilla razón: a menos familia, más Estado.

Es que además de ser “el ámbito donde el niño recibe las primeras directrices sobre comportamiento y normas morales […] la familia cumple el papel de trasmisora de esa experiencia e información acumulada a lo largo de generaciones”[11]. A estos argumentos debe añadirse la relevante función de la familia desde un punto de vista económico, por ser fundamento primordial de la acumulación de capital como objetivo resultante de una preocupación por el bienestar de los futuros descendientes pertenecientes al grupo familiar. El ahorro y la herencia, por dar un ejemplo, fueron instituidos a estos nobles fines.

La familia es, como podremos aseverar a modo de síntesis, la institución intermedia que custodia y evita el “arroje” al mundo de un individuo “desnudo” frente al Estado, en aras de impedir las nefastas consecuencias que en términos de pérdida de libertad de esto se derivaría. Un individuo sin familia es ese átomo que está en la base de la “tiranía de las mayorías” que procuraba evitar Tocqueville.

 

IV- Conclusión

Hemos arribado a esta instancia tras haber articulado un breve análisis con una humilde pretensión: la de advertir respecto de los riesgos que para la libertad conlleva el proceso revolucionario en el cual se encuentra inmerso Occidente.

Para ello, comenzamos por resaltar los aspectos negativos de toda revolución como proceso subversivo del orden social, ejemplificado luego en la trascendental Revolución Francesa. No fue sino a través de dos de sus más brillantes detractores -nos referimos a Burke y Tocqueville- que pudimos señalar la importancia de esgrimir una defensa de la libertad entendida como herencia cultural imposibilitada de ser desprendida de sus fundamentos históricos. El advenimiento de las revoluciones socialistas durante el pasado siglo, en este sentido, contribuyó al acoplamiento de Hayek a las teorizaciones de sus predecesores en lo que denominamos como la tradición evolutiva del pensamiento liberal. Opuesta esta, sin lugar a duda, a aquella según la cual la razón todo lo puede.

El gran retorno al objeto principal de nuestro ensayo se genera, sin embargo, a partir de la distinción que efectuamos en la tangibilidad e intangibilidad de aquellas revoluciones políticas surgidas en periodos premodernos y modernos, respecto de la actual revolución cultural posmoderna. El relativismo moral imperante, hijo de la posmodernidad, debe ser contrarrestado según creemos, mediante el apego a los guardianes de la tradición tal y como lo expusimos al finalizar nuestro ensayo: la religión y la familia. A decir de Burke en su célebre lección: “la gente que jamás mira hacia atrás pensando en sus antepasados, no tendrá en cuenta su posteridad”[12].

BIBLIOGRAFÍA

Burke, Edmund. Reflexiones sobre la Revolución Francesa y otros escritos. Buenos Aires, Ediciones Dictio, 1980.

Chevallier. Los grandes textos políticos. Madrid, Aguilar s a de ediciones, 1979.

García Martínez, M. Elena. La tradición en Hayek. Constructivismo versus tradición. Madrid, Unión Editorial S.A., 2012.

Hayek, Friedrich. Individualismo: verdadero y falso. Buenos Aires, Centro de Estudios sobre la Libertad, 1968.

Hayek, Friedrich. La fatal arrogancia. Los errores del socialismo. Madrid, Unión Editorial S.A., 1990.

Hayek, Friedrich. Los fundamentos de la libertad. Buenos Aires, Unión Editorial Argentina, 2013.

Mahoney, Daniel J. Los fundamentos conservadores del orden liberal. Defendiendo la democracia de sus enemigos modernos y sus amigos inmoderados. Santiago, Instituto de Estudios de la Sociedad, 2015.

[1] Entendemos que tomar un criterio civilizatorio es la forma más efectiva de englobar a las variadas culturas que, habiendo sido influidas por religiones, corrientes de pensamiento y acontecimientos históricos similares, han alcanzado los más altos grados de libertad religiosa, política y económica conocidos en el globo, en gran medida ajenos para aquellas culturas no occidentales.

[2] Ver Hayek, Friedrich. Los fundamentos de la libertad. Buenos Aires, Unión Editorial Argentina, 2013, p. 90.

[3] Ver Chevallier. Los grandes textos políticos. Madrid, Aguilar s a de ediciones, 1979, p. 205.

[4] Ver Mahoney, Daniel J. Los fundamentos conservadores del orden liberal. Defendiendo la democracia de sus enemigos modernos y sus amigos inmoderados. Santiago, Instituto de Estudios de la Sociedad, 2015, p. 35.

[5] Ver Mahoney, Daniel J. Ob. Cit., p. 35

[6] En la división que Hayek realiza de la teoría de libertad, incluye en la tradición inglesa a los filósofos morales escoceses capitaneados por David Hume, Adam Smith y Adam Ferguson, secundados por sus contemporáneos ingleses Josiah Tucker, Edmund Burke y William Paley; mientras que, habiendo dejado de lado los criterios geográficos, incluye en la tradición francesa a Rousseau y los fisiócratas, Condorcet y Thomas Hobbes. Ver Hayek, Friedrich. Los fundamentos de la libertad. Buenos Aires, Unión Editorial Argentina, 2013, p. 84 y 85.

[7] Ver Hayek, Friedrich. Individualismo: verdadero y falso. Buenos Aires, Centro de Estudios sobre la Libertad, 1968.

[8] Ver Hayek, Friedrich. La fatal arrogancia. Los errores del socialismo. Madrid, Unión Editorial S.A., 1990, p. 55.

[9] Ver Hayek, Friedrich. La fatal arrogancia. Los errores del socialismo. Cit., p. 213.

[10] Ver Hayek, Friedrich. La fatal arrogancia. Los errores del socialismo. Cit., p. 213

[11] Ver García Martínez, M. Elena. La tradición en Hayek. Constructivismo versus tradición. Madrid, Unión Editorial S.A., 2012, p. 261.

[12] Burke, Edmund. Reflexiones sobre la Revolución Francesa y otros escritos. Buenos Aires, Ediciones Dictio, 1980, p. 84.

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