Empate al final del partido. Por Vicente Massot

A esta altura de los hechos y con un final cierto en cuanto respecta a la reforma de la ley del impuesto a las ganancias, conviene detenerse en la secuencia de los acontecimientos pasados y en cómo quedaron posicionados los actores y fuerzas en pugna. De lo conocido sobresalen tres aspectos: la impericia del oficialismo, cuyos gazapos y pifias por momentos pusieron a sus ejecutores al nivel de vulgares improvisados; la viveza criolla de Massa que, circunscripta a un momento, tan sólo reveló su capacidad táctica pero, al mismo tiempo, su miopía estratégica; y, por último, la profunda desunión de ese fenómeno de mil cabezas en cuyos generosos pliegues hay de todo, como en botica: el peronismo.

De la torpeza que puso al descubierto el macrismo es mucho lo que se ha dicho y escrito. Es difícil hallar en el curso de estos primeros doce meses de gestión un tema de semejante trascendencia tratado con tanta chapucería. De la rapidez del jefe del Frente Renovador para aprovecharse de las malandanzas de la gente de Cambiemos también hay abundancia de opiniones. No así de lo que mostró el justicialismo en todas sus variantes.

Por de pronto quedaron en evidencia las diferencias, no necesariamente ideológicas, hallables entre diputados y senadores de una misma provincia a la hora de votar el proyecto en cuestión. Ha sido notable la divisoria de aguas que, por un lado, no puede atribuirse solamente al hecho de que unos y otros pensaran distinto y, por el otro, plantea —de cara al futuro— un escenario en el Congreso en donde convendrá dar de lado con las explicaciones lineales.

Por primera vez desde que llegó a la Casa Rosada, Mauricio Macri se decidió a ejercer en plenitud el enorme poder que —en un país con tan poco calado institucional, como el nuestro— le otorga al presidente la constitución fáctica de los argentinos. Le bastó con enviar un mensaje a los mandatarios provinciales, haciéndoles sentir el rigor del unitarismo fiscal. La advertencia no pudo ser más clara: si los senadores convertían en ley el proyecto aprobado en la cámara baja, serían ellos quienes deberían compensar el agujero negro que se produciría en las cajas provinciales. No necesito más. Sus interlocutores entendieron claramente y obraron en conformidad con sus intereses, que en este caso son semejantes a los del gobierno.

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La primera pregunta que nos asalta es la siguiente: ¿por qué hubo tamaña dispersión entre diputados y senadores peronistas? No hay una sola respuesta. En ciertos casos existieron diferencias ideológicas concernientes al fondo de la cuestión. Pero, al propio tiempo, se dejaron ver otras dos razones que merecen destacarse: el peso del lobby del juego y la distinta relación —perceptible desde tiempo inmemorial en la historia argentina— de los gobernadores con sus senadores y diputados. En cuanto al mencionado lobby, se hizo sentir como pocas veces antes en el Congreso. Basta comparar el proyecto del oficialismo con el del arco opositor en Diputados para advertir que la fenomenal poda, en el porcentaje que debían pagar bingos y casinos, no fue fruto de la casualidad.

Por lo que atañe al segundo de los motivos, es claro que la correspondencia de opiniones que hay entre mandatarios provinciales y representantes de esos estados en la cámara alta del Congreso Nacional, resulta bien distinta a cuanto se aprecia en la cámara baja. Mientras los diputados no siempre reflejan la opinión ni aceptan las instrucciones de sus respectivos gobernadores, los senadores nacionales casi siempre lo hacen. Lo expresado no convierte a aquellos en librepensadores que sólo actúan por las suyas, sin prestarle atención a quienes gobiernan el interior de la república, ni a éstos en autómatas que actúan ciegamente, siguiendo las órdenes de sus valedores. El fenómeno tiene más que ver con la estructura del poder y el orden político consuetudinario, que con las veleidades doctrinarias o las pertenencias a una determinada bandería.

El peronismo ha quedado más dividido que antes de discutirse la ley y, al margen de que se promulgue el jueves próximo —como todo lo hace prever—, en la Casa Rosada sus ocupantes deben haber sentido un gran alivio. Después de su incompetencia inicial, al final del día consiguieron un empate inesperado. Como la historia está llena de consecuencias no queridas, ésta ha sido una de ellas. Sin hacer absolutamente nada para lograrlo y sin que se le hubiese pasado por la cabeza al macrismo algo por el estilo, lo cierto es que de este berenjenal ha salido fortificado en razón de la desunión justicialista, que se agranda conforme pasan los días.

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Nótese que al margen de kirchneristas, massistas y ortodoxos —por denominarlos de alguna manera— ahora a esa radiografía es necesario sumarle estas notas: no todos los del FPV votaron unidos; los senadores y diputados de la ortodoxia peronista disintieron públicamente y —para colmo— el bloque del PJ en el Senado quedó al borde la quiebra. Cualquiera puede darse por enterado de que hay un abismo que separa a Miguel Pichetto de Marcelo Fuentes y, en cambio, hay coincidencias manifiestas entre el jefe de la bancada mayoritaria, Rodolfo Urtubey, y Omar Perotti respecto del oficialismo. Nadie se plegó con armas y bagajes a las filas del adversario. Sencillamente, los intereses en algunos casos y la responsabilidad o irresponsabilidad cívica en otros, dinamitaron las lealtades con base en las afiliaciones partidarias.

¿Cómo sigue la historia? Hay dos proyectos —el de Cambiemos y el que tuvo media sanción en Diputados— que quedaron en el camino. Los dos son parte de la historia. El del gobierno naufragó al momento en que el arco opositor logró consensuar y darle media sanción al suyo. A su vez, éste no pasó la prueba de los senadores del PJ. Cuesta entender por qué Macri no bajó la orden de negociar hace dos semanas. Al fin y al cabo debió ceder en su posición de máxima y con ello se cerró el acuerdo con la CGT. Tampoco se entiende cuál pudo haber sido la lógica detrás de esa verdadera estudiantina que gestó el acto opositor en la Cámara de Diputados.

Lo urgente se ha impuesto, una vez más, a lo importante. Al barril sin fondo del gasto público —como ya es costumbre inveterada entre nosotros— se lo ha tratado de emparchar a la argentina: se libera de abonar ganancias a 540.000 personas pero del impacto fiscal… —Bien, gracias.

El gobierno zafó a último momento. El peronismo mostró nuevamente sus mil rostros. El año electoral, de aquí en más, fijará las prioridades, tácticas y estrategias de unos y otros.

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