Elecciones presidenciales en Argentina: ¿Adiós al kirchnerismo? ¿Y qué vendrá después?

 

Enhorabuena la Argentina frenó al kirchnerismo, esa combinación de peronismo con izquierda bolivariana que amalgama en una síntesis insuperable demagogia, prepotencia, vulgaridad, igualitarismo, soberbia, desprecio por las formas civilizadas, atropello al derecho, corrupción abismal, y la más descarada falta de escrúpulos.

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales realizada el 25 de octubre, el candidato del kirchnerismo y actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, tuvo una victoria de Pirro sobre el segundo colocado, el liberal Mauricio Macri.

Este resultado coloca a Scioli en desventaja para la segunda vuelta. Él esperaba superar holgadamente del 40% de los votos y vencer por más de 10 puntos al segundo colocado, margen suficiente para evitar el ballotage. Pero logró apenas el 36,8%, seguido a muy corta distancia (2,5 puntos) por Macri, con el 34,3%. Y según la primera encuesta, este tiene a su favor para la segunda ronda a la gran mayoría de los electores del tercero colocado, Sergio Massa (21,3%).

Además, tras conocerse los resultados del primer turno el propio Massa declinó la invitación que Scioli se apresuró a hacerle llegar, para participar de su eventual gobierno. Y de paso lo acusó de haberse dejado “tratar como alfombra” por Cristina Kirchner, y de ser un “empleado” de ella.

Así, salvo algún error garrafal de su adversario, en el ballotage del 22 de noviembre la suerte de Scioli parece echada. A su votación por debajo de lo esperado en el primer turno se sumó la derrota del candidato kirchnerista a gobernador de la provincia de Buenos Aires, Aníbal Fernández, un caricaturesco matón de arrabal conocido por sus exabruptos como jefe del gabinete ministerial.

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Fernández se había jactado ante las cámaras de que vencería a su oponente, la candidata liberal María Eugenia Vidal, por más de 10 puntos porcentuales, pero esta lo derrotó por casi 5 puntos (39,62% contra 35,09%). Derrota tanto más dolorosa cuanto inesperada, cuya responsabilidad puede serle imputada al mismo Fernández como a la desastrada gestión de Scioli.

El peronismo pierde así, después de 30 años, la mayor, más rica, más poblada y más importante provincia argentina. Y a nivel nacional, porcentualmente cae a su votación más baja en los últimos 40 años. Parte de la responsabilidad por esta debacle recaerá necesariamente sobre el propio Scioli. Y aunque por artilugios de última hora él lograra imponerse en la segunda vuelta, emergerá debilitado y no podrá gobernar en base a la prepotencia que caracterizó al matrimonio Kirchner.

El capítulo kirchnerista parece así caminar a cerrarse con un enorme saldo negativo —económico, social, institucional, y sobre todo moral— para la Argentina. Tal como Dilma Roussef en Brasil, Cristina Kirchner abogó todas las causas revolucionarias que constituyen las prioridades de la nueva izquierda poscomunista y transcomunista a la vez, ahora centradas en el binomio ideología de género – revolución ambientalista-indigenista, además del permanente y agresivo anticapitalismo.

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Cristina Kirchner abogó todas las causas revolucionarias que constituyen las prioridades de la nueva izquierda. Al lado, su candidato Daniel Scioli

Durante su gobierno, la mandataria hizo causa común con el comunismo de Raúl Castro, el socialismo de Lula-Dilma y la revolución bolivariana de Chávez-Maduro; privilegió a China y Rusia e Irán como socios comerciales; e internamente abrumó de impuestos a las clases productivas, buscó apropiarse del Poder Judicial y amordazar la prensa para evitar incómodas investigaciones a sus finanzas, agigantó la máquina del Estado y saqueó los fondos privados de pensiones para cubrir el colosal y creciente déficit fiscal; y fue dejando así cada vez más claro que, como sostenía el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, el peronismo no es sino una forma de comunismo disfrazado de ambigüedad.

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Pero a medida que esa máscara de ambigüedad fue cayendo, y que el sueño populista se convertía en una realidad de pesadilla —la Argentina transformada en “Argenzuela”—, la opinión pública ¡por fin! comenzó a despertar. Esta elección ha sido una clara muestra de ese vuelco de opinión.

Lo auspicioso del caso es que el fenómeno se repite en toda América Latina, y de alguna forma también a nivel mundial. El barco bolivariano hace agua, y navega a la deriva hacia su hundimiento. La cuestión, ahora, es saber si las figuras y movimientos que lo reemplacen responderán a las legítimas aspiraciones de una población crecientemente conservadora, desencantada de utopías, ávida de estabilidad y de verdaderos liderazgos morales.

Fuente: http://www.tradicionyaccion.org.pe

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