El ultraderechista Casado. Por Juan Manuel de Prada

En su Discurso sobre la situación de Europa, Donoso Cortés lanzaba una diatriba feroz contra Narváez y sus liberales moderaditos, convencidos de que la preocupación economicista bastaría para mantener la estabilidad de su gobierno. Donoso advertía que la «cuestión económica», siendo importante, debe ocupar un lugar subalterno en la jerarquía de preocupaciones políticas; y que anteponer la cuestión económica a las cuestiones políticas verdaderamente prioritarias, lejos de vencer el peligro de la expansión del socialismo, no hace sino darle vigor, porque el socialismo «es hijo del economicismo, como el viborezno, que nacido apenas devora a su madre, es hijo de la víbora». Donoso consideraba que la preocupación primera de un gobernante debe ser lograr «la unión de las inteligencias en lo que es verdad, la unión de las voluntades en lo que es honesto, la unión de los espíritus en lo que es justo». Y que cuando lo que es verdadero, honesto y justo es pisoteado, con la excusa de solucionar la cuestión económica, lo único que se logra es que los pueblos acaben alistándose en las filas de la revolución.

El error de Narváez denunciado por Donoso es el mismo que cometió Rajoy, que con su obsesión economicista se avino a «conservar» las leyes podridas de los socialistas, provocando entre sus votantes frustración, hastío y desencanto. Y dando alas a otras formaciones igualmente incapaces de defender lo que es verdadero, honesto y justo; pero dispuestas a camelar a los votantes de derechas desencantados con aspavientos y pichabravismos varios. La frustración del votante de derechas ha hallado de repente consuelo con la elección de Pablo Casado, que promete volver a hacer política, frente a una progre reprimida como Soraya Sáenz de Santamaría, que pretendía conducir a la derecha española hacia el redil eutanásico. Para evitar este final indecoroso, los compromisarios del Partido Popular han elegido sin rebozo a un hombre con un currículum de tócame Roque que, sin duda, alimentará algunos escandaletes mediáticos durante los próximos meses. Pero si el doctor Pedro Sánchez puede viajar tan pichi en avión oficial para asistir a conciertos de rock, después de doctorarse con una tesis de aire negroide (aunque el negro tenga alma -y camiseta- blanca), ¿por qué no va a poder Pablo Casado liderar la derecha con su currículum de tócame Roque?

 En los últimos días, Pablo Casado se ha movido flanqueado por Adolfo Suárez Illana, lanzando así un recado demoledor a los naranjitos que han querido por todo el morro apropiarse del legado de su padre y que, de repente, se han quedado desdibujados y fuera de foco. Resulta, en verdad, irrisorio que la izquierda se esté esforzando en caracterizar a un hombre tan moderadito como Pablo Casado, que no hace otra cosa sino invocar los «consensos de la Transición», como un ultraderechista furioso, tan sólo porque haya osado pronunciarse tímidamente contra la memoria histórica de los comisarios políticos o contra la ideología de género. Con su histerismo, la izquierda revela su temor a una derecha que no se limite a solventar la cuestión económica, mientras se allana ante los paradigmas culturales de la izquierda, como hasta ahora ha hecho siempre, lo mismo con Rajoy que con Aznar. Sospecho que ese temor de la izquierda se revelará, a la postre, infundado; pues, para lograr «la unión de las inteligencias en lo que es verdad, la unión de las voluntades en lo que es honesto, la unión de los espíritus en lo que es justo» se necesita algo más que invocar el «consenso», que es el punto de encuentro de los hombres sin principios. Otros lo llaman «centro»; y es el cebo en el que tarde o temprano acaban picando todos los líderes de la derecha, por hacerse perdonar (en vano) su pecado original.
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