Lun. Feb 17th, 2020

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

El rostro de Marte – Por Vicente Massot

Si no fuera algo sabido desde un principio —en la relación que a través de estos últimos trece años, pocos más o menos, tejieron trabajosamente el matrimonio Kirchner y Daniel Scioli— la poca simpatía que existe entre ellos resultaría hoy un salvavidas de plomo para las posibilidades presidenciales del gobernador bonaerense. Pero como todo el mundo informado conoce con lujo de detalles sus idas y vueltas, sus enojos y sus reconciliaciones —producto, eso sí, más de la necesidad que del afecto— a nadie le sorprende que ahora, cuando entran en la recta final de la campaña, recrudezcan los roces, los rencores y los reproches —públicos algunos y otros puestos en sordina.

Imaginémonos, por un instante tan sólo, que todo hubiera sido miel sobre hojuelas en el trato de Néstor, Cristina y Daniel en el curso de los años. Que codo a codo, en apretado haz, hubieran forjado una unión política a prueba de balas y que, de buenas a primeras, sin decir agua va, empezaran a tirarse platos por la cabeza a escasas dos semanas de unos comicios trascendentales, por sus consecuencias, para el país y para ellos mismos. Se produciría un escándalo de aquéllos y la incertidumbre que crearía la disputa en su tribu electoral seguramente sería mortal en punto a las esperanzas del mandatario provincial de sentarse, a partir del 10 de diciembre, en el sillón de Rivadavia.

Pero nada de esto ocurrió. Aníbal Fernández puede darse el lujo de hablar en nombre de Scioli sin siquiera pedirle permiso o solicitarle consejo, en su disputa abierta con Juan Manuel Urtubey; Carlos Zanini es capaz —lo más campante— de corregirle la plana a Mario Blejer sin que al ex–motonauta se le mueva un pelo; Cristina Fernández le concede audiencia a su candidato una vez cada muerte de obispo, como la cosa más normal del mundo; y —a vista y paciencia del país— los kirchneristas puros y duros se permiten dudar de quien escogieron, aunque fuese a regañadientes, para encabezar la formula presidencial del Frente para la Victoria. Sin embargo, la intención de voto del oficialismo no desciende. ¿A qué atribuirlo?

Pues bien, a una de las siguientes tres razones, no necesariamente excluyentes entre sí. 1) Que no se juzgue importantes a los referidos encontronazos, considerando que, si hasta aquí la sangre no ha llegado al río y los protagonistas, a pesar de sus marcadas diferencias, han logrado superarlas, no hay razón para imaginar que algo fuera a cambiar en el futuro. 2) Que, aun creyendo seria a la mencionada cuestión, la mayoría de los votantes del FPV estimasen que, ni bien se calce la banda y se haga del bastón de mando, Scioli tomará el toro por las astas y modificará el rumbo de la actual administración en la forma que sea necesario. Por fin, 3) que las zancadillas, roces, antipatías y celos que corroen la citada relación sea un dato desconocido o intrascendente para el grueso de los seguidores del FPV.

LEÉ TAMBIÉN:  De puertas para adentro y de puertas para afuera. Por Vicente Massot

Es evidente, a esta altura de los acontecimientos, que los nombres que ha barajado el gobernador de la provincia de Buenos Aires para acompañarlo en Balcarce 50 —si acaso resulta electo el domingo 25 de este mes— no acreditan una pertenencia sólida a las filas kirchneristas. Pertenecen más al tronco peronista clásico que a la peculiar secta que, como tantas otras nacidas dentro de los generosos pliegues del movimiento justicialista, monopolizó el poder por espacio de doce largos años. ¿Qué tienen que ver Alberto Pérez, Gustavo Marangoni, Silvina Batakis, Mario Blejer, Miguel Bein, Juan Manuel Urtubey, Maurice Closs, Carlos Stornelli, Ricardo Casal, Jorge Sapag y tantos otros con el kirchnerismo? —Poco y nada. Tampoco las ideas que trascienden —cierto es que con cuentagotas— respecto de cuanto piensa hacer Scioli en materia de relaciones exteriores, economía y seguridad se corresponden bien con las políticas públicas desenvueltas en el tiempo por el matrimonio santacruceño.

En el fondo, y más allá de la opinión o sensación de la gente sobre las diferencias del sciolismo y el kirchnerismo, lo cierto es que las dos fuerzas no pueden disimular habiendo llegado a esta instancia —o en su defecto, disimulan muy mal— algo que los mercados y los principales factores de poder de la Argentina descuentan desde hace rato, aunque nadie se halla en condiciones de saber cómo se desarrollará la trama ni cual será su fin: el que están destinadas a colisionar, tarde o temprano, en razón de lo que constituye la esencia del kirchnerismo. Cristina Fernández no marchará a cuarteles de invierno ni se dedicará a tejerles escarpines a sus nietos. Abandona el gobierno pero se ha preparado para retener parte del poder. Eso lo sabe cualquiera; y, antes que nadie, el propio Scioli.

LEÉ TAMBIÉN:  La moneda está en el aire. Por Vicente Massot

Aun en el supuesto de que el gobernador bonaerense no desease dar esa batalla y creyese posible vertebrar con la señora y su séquito una convivencia civilizada —o, si se prefiere, una relación de buena vecindad— la empresa a poco andar fracasaría de manera estrepitosa. Salvo —claro— que el nuevo ocupante de la Casa Rosada aceptase mansamente funcionar como un poder vicario. A esta posibilidad conviene descartarla. Al proverbial maltrato del matrimonio, Scioli lo toleró por razones tácticas. Subordinó todo —inclusive su decoro personal— con tal de cumplir su sueño mayor. Si lograse consumarlo el próximo día 25 —algo todavía por verse— imaginarlo en calidad de marioneta es no entender la relación de fuerzas que, en su favor, genera cualquier presidente recién electo en un país sin instituciones. Al día siguiente de asumir se transforma automáticamente en dueño del poder.

Carece de sentido seguir discutiendo si Scioli se independizará de sus actuales valedores el 11 de diciembre o si, presa de un temor reverencial, hará las veces de un nuevo Cámpora respecto de Juan Domingo Perón. Daniel Scioli nada tiene en común con el presidente que no fue, para citar el título del excelente relato de Miguel Bonasso acerca del tema, ni Cristina Fernández se parece remotamente al general. Tampoco merece un análisis detallado el tema de si el programa de Scioli será semejante o no al actual, porque el camino critico que —les guste o no— deberán recorrer él, Macri o Massa, indistintamente, está en las antípodas del de esta administración. La pregunta del millón que queda planteada es otra, más seria: ¿cuándo y cómo se hará presente Marte en el escenario?.

Inicialmente un gobierno presidido por Daniel Scioli no podrá desentenderse de las posiciones de poder que retendrá para sí el kirchnerismo. Por primera vez en la historia argentina contemporánea habrá una diarquía tácita. Que la misma desaparezca y se transforme en una monarquía dependerá de la voluntad del presidente y de los tiempos que se tome para exorcizar con éxito la sombra de Cristina Fernández. Scioli, en caso de ganar, casi podría decirse que estará condenado a dar pelea. Y, si se empeñase a fondo, sería el seguro ganador. Primero debe triunfar a expensas de Macri y de Massa. Inmediatamente después necesitará triunfar sobre sus valedores actuales.

Más en Opinión y Actualidad
Crece la incertidumbre electoral mientras Cristina construye poder – Por Rosendo Fraga

A dos meses de terminar el mandato, Cristina ha realizado en el Congreso una demostración...

Cerrar