Lun. Feb 17th, 2020

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

El peor genocidio. Por Jorge P. Mones Ruiz

«La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto». 

Santa Teresa de Calcuta, fundadora de las Misioneras de la Caridad, Washington DC, 3 de febrero de 1994.

Todo parece advertir que los pañuelos verdes, encandilados por una luz del mismo color que ilumina el gobierno, volverán a la escena nacional. Nuevamente las marchas, debates, declaraciones y otras expresiones sociales, civilizadas unas e iracundas otras, atraerán nuestra atención cuando se vuelva a tratar la legalización del aborto en el Parlamento.

Para analizar esta cuestión creo que lo primero que habría que definir es si la vida comienza en la concepción. Hace dos años, cuando se trató el tema en las comisiones del Congreso de la Nación, algunos pocos profesionales de la Medicina y el Derecho sostuvieron que no.

En estos tiempos contraculturales gramscianos, no debieran sorprendernos fútiles opiniones de médicos progres que traicionan su juramento hipocrático o vacuos alegatos de abogados mediáticos. ¿Acaso en instituciones fundamentales como la Iglesia o las fuerzas de seguridad no existen casos de curas abusadores y poliladrones que deshonran su condición?

Pero la mayoría de los facultativos y juristas, con inmejorables títulos profesionales y académicos que expusieron en las comisiones mencionadas, afirmaron lo contrario, avalados por la opinión científica de importantes instituciones de reconocida y sólida autoridad intelectual. Refiero algunas de ellas.

La Sociedad Argentina de ƒtica y Moral de Medicina y Biología y la Academia Nacional de Medicina de la Argentina consideran que el niño por nacer, científica y biológicamente, es un ser humano cuya existencia comienza al momento de su concepción. Esta última sostiene: «Desde el punto de vista jurídico, es un sujeto de derecho, como lo reconocen la Constitución Nacional, los tratados internacionales (Declaración de los Derechos del Niño de la Organización de las Naciones Unidas, entre otros) anexos y los distintos códigos nacionales y provinciales de nuestro país. Destruir a un embrión humano significa impedir el nacimiento de un ser humano».

Finalmente, declara: «El pensamiento médico a partir de la ética hipocrática ha defendido la vida humana como condición inalienable desde la concepción. Por lo que la Academia Nacional de Medicina hace un llamado a todos los médicos del país a mantener la fidelidad a la que un día se comprometieron bajo juramento.» (Buenos Aires, 28 de Marzo de 2012 – AICA)

EL MANIFIESTO

El Manifiesto de Madrid es un documento firmado por un grupo de más de 2.000 científicos, profesores e intelectuales de distintas ramas de la Biomedicina, las Humanidades y las Ciencias Sociales, presentado en la capital del Reino de España el 18 de marzo de 2009. La premisa básica que defiende el manifiesto es que la vida empieza en el momento de la concepción, y que cualquier iniciativa legislativa que afecte al régimen jurídico del aborto debe asumir dicha premisa.

El Manifiesto se articula en doce puntos, siendo los dos primeros los más relevantes para el tema que nos ocupa. Afirman lo siguiente:

1 – Que existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación: la Genética señala que la fecundación es el momento en que se constituye la identidad genética singular, la Biología celular explica que los seres pluricelulares se constituyen a partir de una única célula inicial y la Embriología describe el desarrollo embrionario y fetal, revelando cómo se desenvuelve sin solución de continuidad;

2 – Que el cigoto, luego embrión y luego el feto, no forman parte de ningún órgano de la madre, sino que es la primera realidad corporal del ser humano, un ser nuevo y singular, distinto de su padre y su madre.
En abril de 2009, el Colegio Oficial de Médicos de Sevilla, de forma unánime, acordó adherirse al Manifiesto de Madrid. Lo hizo bajo esta afirmación: «Existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación».

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En junio del mismo año, el Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid, apoyó el manifiesto de Madrid bajo las siguientes bases: «La vida comienza con la fecundación del óvulo, momento en el que se crea un ser vivo individual con su mapa genético determinado y con una esperanza de vida en el mundo desarrollado de 80 años», afirmó en una nota de prensa Miguel García Alarilla, vicepresidente del Colegio. En ese sentido, concluye el texto, «no hay ninguna discontinuidad, no hay ningún momento en que podamos decir que había algo prehumano y luego un ser humano.»

En septiembre de 2009, la Comisión Nacional de Bioética española reconoce que el nasciturus («el que va a nacer») es un ser humano.

Atento a lo expuesto, el aborto es lisa y llanamente un crimen, es matar, «quitar la vida a un ser humano». Llamemos las cosas apropiadamente por su nombre. No es un problema de salud pública atinente a la mujer: ¿Acaso el embarazo es una enfermedad que sufre la madre, el hijo en gestación, o ambos?

En todo caso, y como bien dice el Dr. Roberto Castellanos, presidente de la ONG Pro-Vida, «¿de qué salud estamos hablando cuando a una clínica u hospital entran vivas dos personas para practicar un aborto y una sale en una bolsa de residuos patológicos?».

UNA FALACIA

Para los proclives al uso de un vocabulario evasivo y edulcorado resulta violento e inconveniente referirse al aborto como asesinato. Sería imposible defenderlo. Por eso se usan eufemismos para atemperar, morigerar o justificar el crimen atroz. La progresía global impone un nuevo y particular concepto: «interrupción voluntaria del embarazo». Una falacia.

Al respecto, el joven politólogo y escritor Agustín Laje (autor, junto al Dr. Nicolás Márquez, de El Libro Negro de la Nueva Izquierda) nos aclara que una interrupción «es un cese transitorio de un proceso para su posterior reanudación.» El aborto es un cese definitivo y cruel de una vida; de la muerte no se vuelve, salvo en el día de la Parusía, según los creyentes.

¿Podemos imaginarnos y calificar un crimen conyugal (o de la pareja, según se trate) como «interrupción voluntaria del matrimonio» y, consecuentemente, legalizarlo?

Algunos argumentan a favor del aborto proclamando que la mujer tiene derechos sobre su cuerpo. El niño por nacer no forma parte del cuerpo materno; se encuentra temporalmente dentro del mismo. No es un órgano, un tumor o un quiste que posee la madre. El bebé posee ADN, factor sanguíneo y ritmo cardíaco propios. El primer latido de su corazón se produce a los 16 días de la concepción, según una investigación realizada en el año 2016 por la Universidad de Oxford y financiada por la Fundación Británica del Corazón (BHF). Ese niño es un ser único e irrepetible.

Suele argüirse para justificar el aborto la referencia a los terribles y traumáticos casos de violación, agravados cuando las víctimas son menores de edad. Ante este aberrante delito pareciera que el castigo, la pena de muerte, es para el inocente, indefenso y falto de toda responsabilidad en la comisión de tal delito, que es el niño por nacer.

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Una víctima, por cierto, es la madre, que merece toda la atención, tratamiento y consideración posibles desde el punto de vista físico, psíquico y social para proteger su salud y su entorno. Pero también debe evitarse el sacrificio del nonato, la otra víctima. Decididamente, no podemos cometer un delito como respuesta, solución o consecuencia de otro anterior. ¿Y el violador? Hay casos que ni se entera de su crimen.

¿DERECHO A ELEGIR?

Se supone que en este sistema político se puede elegir libremente. ¿Qué clase de democracia permite a una madre (gestante, dicen ahora) poder elegir abortar pero se le niega ese poder al ser en gestación? Ese bebé, sujeto de derecho, no puede elegir.

Hace medio siglo, más o menos, empezamos a maravillarnos viendo por TV operaciones quirúrgicas a cielo abierto. Recuerdo el primer trasplante de corazón llevado a cabo en Ciudad del Cabo en 1968 por el Dr. Christian Barnard a un ex-rugbier sudafricano llamado Philip Blaiberg. Y orgullosos, como argentinos, también observábamos por TV los corazones latiendo sobre los cuales se practicaban las técnicas del bypass inventadas por nuestro compatriota en 1967, el Dr. René Favaloro, que revolucionaron las ciencias médicas, específicamente la cirugía cardiovascular.

Me pregunto y trato de imaginar: ¿Qué tipo de actitudes y gestos faciales advertiríamos en las feministas pañuelos verdes, en los políticos abortistas y en algunos periodistas y panelistas de la televisión, si en una pantalla gigante instalada en las cámaras del Congreso, en las plazas públicas, en un set de TV o cualquier otro lugar, se proyectara audiovisualmente todo el proceso de un aborto, observando a un bebé de 14 semanas de gestación o más, hasta en el noveno mes de embarazo (como ya se permite por ley desde el 22/1/2019 en el estado herodiano de New York), tratando de defender su vida, evitando las agujas, la cuchara o ser quemado con solución salina concentrada en «la panza de su madre»? Claro, dirían aterrorizados y ofendidos que es un golpe bajo e innoble… pero matar una criatura, ¿qué es, bajo, alto noble? ¿No aterra u ofende semejante infanticidio?

EDUCACION SEXUAL

Hoy se insiste con la educación sexual integral en las escuelas y colegios. Sería aconsejable que en esos ámbitos, aprovechando el Plan Nacional de Lectura dispuesto por el Ministro de Educación, se incorpore como texto una obra que también debería ser compartida y comentada en el seno de nuestras familias y amistades. Me refiero a la Autobiografía del hijito que no nació de Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría). En esta, su obra póstuma, el autor le da voz al bebé: «Ya soy un ser humano. Mi cuerpo es tan pequeño todavía que no puede ser visto por los ojos de nadie, pero mi alma es tan grande como lo será siempre. Mi madre todavía ignora que me dio el ser. Vivo en su seno desde hace solo un día».

Finalmente, observamos que, con total desparpajo y cinismo, algunos personajes de la farándula pontifican sobre las situaciones límites que conducen al aborto; que ellos también están en contra del mismo, que nadie en realidad lo desea pero, que aún así, se deben contemplar ciertos aspectos o casos particulares. La pregunta que nunca, lógicamente, pueden responder es: ¿Entonces por qué están en contra o por qué nadie lo desea realmente?

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