El nudo gordiano argentino. Por Vicente Massot

El próximo domingo habrá de substanciarse en la provincia del Neuquén una elección que años atrás, cuando nadie sospechaba ni remotamente la importancia del yacimiento de Vaca Muerta, hubiera resultado intrascendente. Habría merecido un par de comentarios periodísticos y nada más. Pero a partir del momento en que se tomó conciencia de lo que significaba el shale oil y el shale gas, cuanto suceda en esa provincia patagónica siempre será importante para el país todo. Neuquén está lejos de ser uno de esos distritos decisivos, en donde se ganan o pierden los comicios presidenciales. No podrá nunca, pues, compararse con Córdoba, Santa Fe, Mendoza, la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires. Lo cual no quita que en estos días la atención del gobierno nacional y del grueso del arco opositor este puesta —sin excepciones— en el viejo feudo de la familia Sapag.

Si en los meses por venir, en Misiones, Chaco, Catamarca o La Pampa ganase este o aquel candidato a nadie se le movería un pelo. Lo mismo podría decirse de cualquiera de los otros estados provinciales, fuera de los cinco mencionados en el párrafo anterior. Con la sola excepción de Neuquén. No sólo por lo que representa Vaca Muerta de cara al futuro sino porque cabe la posibilidad de que el vencedor de la contienda, una vez que se cuenten los votos, sea el representante del kirchnerismo en esas latitudes. Que la gallina de los huevos de oro de la Argentina pase a depender —en parte al menos— de un dirigente que ha abrazado el credo K con singular fervor, deja intranquilos por igual a la Casa Rosada y a los grandes capitales relacionados con el sector energético.

Si bien es cierto que Ramón Rioseco se ha encargado de vocear a los cuatro vientos —inclusive con vehemencia— que no está en sus planes ponerle palos en la rueda al desarrollo energético ni mucho menos entorpecer el natural desenvolvimineto de Vaca Muerta, el track record kirchnerista no es de los mejores a la hora de analizar el tema en cuestión. La productividad capitalista es un concepto ajeno al vocabulario y al pensamiento, tanto de Cristina Fernández como de su equipo económico. No son pocos los que sospechan que presentarse como buenos muchachos es un libreto aprendido de memoria por los seguidores de la ex–presidente con el sólo propósito de no asustar ni a los votantes ni a los mercados.

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Es posible que haya algo de exageración en aquellos que piensan que un triunfo del candidato del kirchnerismo implicaría una pésima noticia y una peor señal para los mercados. Pero también es posible que los temores generados por un retorno de los K a posiciones de poder no resulten infundados. El fenómeno, si es pertinente llamarlo así, cuanto pone al descubierto es el tamaño de la grieta ideológica que cruza al país en diagonal. Los comicios neuquinos son un ejemplo superlativo de qué tan poco probable es que alguna vez exista, entre nosotros, la voluntad de consensuar políticas de estados prescindiendo de considerar las respectivas observancias ideológicas.

Si por un momento olvidamos el cronograma electoral del año en curso y dejamos de lado las conjeturas respecto de quién tiene más chances de ganar y por qué, para fijar nuestra atención en la situación en la que se encontrará el gobierno electo, el 1º de enero de 2020, será fácil darse por enterado de que ninguna de las fuerzas que pugnan por llegar a Balcarce 50 estará en condiciones de gobernar sola. Eso lo sabe cualquiera con un mínimo de entendimiento político. Lo que no quiere verse, y sin embargo está a la vista de todos, es que un gran acuerdo nacional o una administración de emergencia —en donde existiera un programa en el que los principales partidos coincidiesen— resulta de cumplimiento imposible en la Argentina.

El problema fundamental que enfrentamos es un producto de la incapacidad de comprender dónde estamos parados y qué es lo que se necesita para salir de una decadencia que lleva más de setenta años. Mientras la mitad del país no se dé por enterado de lo que significa el capitalismo en el siglo XXI y no registre entre sus mandamientos el tema de la productividad —con todo lo que ello supone en términos laborales, impositivos y legales— la solución a nuestros padecimientos resultará inhallable. Dicho de otra forma acaso más brutal, el que gane en octubre o en noviembre deberá saber que se hallará transitando terreno minado y sin demasiado margen de maniobra para actuar junto a la oposición.

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Si Mauricio Macri lograse retener la presidencia a fin de año, no podría levantar el argumento de la herencia recibida ni habría para él un cheque en blanco extendido por el electorado. No tendría tiempo para acomodarse en el sillón de Rivadavia ni gozaría de los placeres de una luna de miel que le serían negados. Apenas terminase de festejar su victoria debería abocarse a resolver asignaturas pendientes que se arrastran por espacio de décadas sin que ninguna de las administraciones —incluida la de Cambiemos— fuera capaz de dominarlas. Con esta particularidad: carecerá de la fuerza suficiente para poder hacerlo. Es poco menos que imposible imaginar que un gobierno como el suyo —por muy buenas intenciones que tuviese— estaría en condiciones de forjar una mayoría parlamentaria con el propósito de modificar de raíz el desquiciado sistema previsional, avanzar con una reforma laboral en serio y atacar de raíz el gasto público improductivo. Para acometer tamaña empresa requeriría el auxilio del peronismo ortodoxo o del kirchnerismo. Algo sencillamente imposible.

Si, en cambio, triunfase Cristina Fernández su programa de gobierno no contemplaría las cuestiones arriba señaladas. ¿Alguien podría imaginarse al trío conformado por la ex–presidente, Carlos Zanini y Axel Kicillof, sentado a la mesa de negociaciones con otras fuerzas para reducir el gasto estatal y repensar los temas previsionales y laborales que hacen falta? —El populismo se lleva mal con la economía de mercado.

El drama que se avecina —sin ánimo alguno de tremendismo— es el siguiente: mientras uno —Macri— no podría, la otra —Cristina Fernández— no querría. Por ésta o por aquella razón los problemas argentinos seguirán vigentes, sea cual fuere el ganador de los comicios de octubre. Ese es nuestro nudo gordiano y nadie parece habilitado ni para desatarlo ni para cortarlo de cuajo.

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