Sáb. May 21st, 2022

Prensa Republicana

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El naufragio argentino. Por María Zaldívar

Mientras el mundo padece una guerra con ribetes aterradores y final abierto iniciada por un psicópata lleno de odio que declara afecto solamente por un perro, es entendible que los recurrentes problemas argentinos sean observados con hartazgo. Si aburren a los locales, mucho más al resto del planeta que observa incrédulo cómo un país bendecido por la naturaleza persiste en empobrecerse.

Hay naciones que sufren ancestrales enfrentamientos raciales; otras que tienen profundas grietas religiosas, o que padecen climas impiadosos, terremotos o inundaciones frecuentes. Nada de eso ocurre en la Argentina; su cruz es la pésima calidad de su clase dirigente.

El drama argentino de los últimos 100 años es que la ciudadanía está gobernada por los peores y esa circunstancia no se circunscribe exclusivamente a la política sino que alcanza a casi todos los ámbitos y estamentos, y a todas las organizaciones intermedias: los sindicatos están en manos de mafiosos que se perpetúan dejando sus cargos en herencia a sus hijos para evitar la renovación y garantizando la continuidad de espurios negocios; en las asociaciones empresariales la situación es similar: las caras se repiten década tras década impidiendo cambios con el resultado de una notable merma en la participación; solo un puñado de compañías, por lo general con aceitadas relaciones con los burócratas de turno, terminan tomando decisiones en connivencia con aquellos, que representan más a sus intereses particulares que a los de sus sectores. Las cámaras empresarias argentinas son elefantes ineficientes que se parecen más a ministerios que a espacios de reflexión, acción sectorial y resolución de conflictos.

Hasta el campo, sector de enorme protagonismo económico, hoy está infiltrado por dirigentes kirchneristas, por completo ajenos a su espíritu. Tan permisivamente ajena es esa dirigencia de los últimos años que arrastró a la Argentina, un país agrícola-ganadero por excelencia y gran productor de alimentos, a alcanzar cifras vergonzosas de hambre y desnutrición.  Han permitido que el socialismo gobernante los empobreciera a golpe de impuestos; han permitido y le siguen permitiendo el arrebato de su producción que luego el gobierno aplica a mantener sus fracasadas políticas asistencialistas.

Mientras eso ocurre, los comedores populares se multiplican en el país del trigo y de la soja, y la tarjeta alimentaria, que el burócrata reparte como le place, instala la miseria como política de estado.

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A esta altura de los acontecimientos, es dable suponer que la carencia de medidas oficiales para evitar la debacle generalizada y el éxodo masivo de población no son mera casualidad. El populismo los necesita pobres e incultos, o sea dependientes. El dinero y la cultura nos hacen libres, por lo que en Argentina, como en Venezuela, la política expulsa a los segmentos que le son hostiles y molestos para quedarse con los débiles y manipulables.

Cuando los argentinos empezaron a temer “ser Venezuela” no se daban cuenta de que ya lo eran. Argentina es la Venezuela del comienzo de la era Chávez y la oposición argentina también es la oposición venezolana de hace una década que, con su incapacidad y sus parecidos con el oficialismo, sostiene el régimen. La nueva izquierda no retiene por la fuerza a nadie. El modelo Cuba ya pasó de moda y fue reemplazado por éste, más exitoso. Para los millones de rehenes de las dictaduras izquierdistas que no tienen la opción de soñar con mejores horizontes, solo queda pelear la diaria; sobrevivir.

La desintegración cultural argentina es absoluta y no presenta un resquicio de optimismo. No hay un target concreto de gente que emigra: antes se iban los jóvenes calificados; hoy se van también sus padres y los segmentos menos acomodados de la pirámide tras mayor calidad de vida, entendida no tan solo por mejor salario, sino por un trato humano deferente, por expectativas y por seguridad.

España ha vivido, recientemente, una puja de poder que no tiene registro. El principal partido que se supone la oposición al joint-venture del socialista Pedro Sánchez con el comunismo de Podemos, ha montado un espectacular escándalo que tiene de protagonistas a sus caras más visibles. Acusaciones cruzadas de espionaje interno, corrupción y tráfico de influencias se salieron de control y se llevaron puesto al mismísimo titular del Partido Popular y a su plana mayor.

Nada que sorprenda demasiado en el marco de los intereses personales; la lucha por el poder adquiere ribetes impensados y deja al desnudo las mezquindades humanas más bajas. Lo que sí sorprende gratamente es la reacción de afiliados y simpatizantes. Quien vive la política en América Latina, no puede sino sorprenderse frente a miles de personas en la calle reclamando, no por el aumento de los combustibles, sino por transparencia y conducta recta. Por aquellos días de febrero, la población española exigía fin a las componendas, intrigas y oscuridades.

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También se vio un desfile de burócratas pidiendo disculpas a los españoles por el bochornoso espectáculo de lucha libre del que participaron y del que salieron vergonzosamente embarrados. La América hispana tampoco está acostumbrada a escuchar a su dirigencia haciéndose cargo de los hechos y menos, asumiendo la responsabilidad de las consecuencias. Sonrojarse en público por sus conductas impropias y admitirlas es una práctica impensada allá en el sur.

Por eso es interesante traer ese episodio a la reflexión: no es novedad que España transita enormes dificultades de gobernabilidad; el partido gobernante ha dado juego y sobrevida política a la izquierda, los etarras, los separatistas y cuando enemigo de España exista, e impulsa la agenda de Bruselas, que atenta contra el corazón de la hispanidad, sus valores y tradiciones; pero el episodio mencionado demuestra que existe una oposición viva, que intenta hacerle frente y una población que, elección tras elección, deposita su confianza en opciones que representan esas mismas inquietudes.

La aparición de Vox en el panorama político español y su meteórico ascenso es la respuesta a una carencia y su crecimiento exponencial, la prueba de su legitimidad.

La Argentina necesita una expresión política similar, homogénea y definida, de convicciones sólidas, con representantes preparados para la dura tarea de recuperar los valores de Occidente donde la defensa de la vida, la propiedad y la libertad sean el eje filosófico de sus acciones. Mientras esa opción no se vislumbre, seguirá navegando al garete o peor aún, encallada entre los oscuros postulados del Foro de San Pablo, el Grupo de Puebla y la Agenda 2030.

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