El mercado lo exige – Por Nicolás Márquez

Si hay algo que caracteriza a los candidatos presidenciales en danza (Macri, Scioli y Massa) es que más allá del tono simpático, el porte moderado y el artificial derroche de optimismo que cada uno de ellos destilan en sus discursos simplones y previsibles, es que ninguno dice que es lo que va a hacer en caso de ser Presidente, o en su defecto, si osan decir que es lo que van a hacer, no dicen como lo van a hacer. Vale decir, los figurones en cuestión suelen caer en lugares comunes tales como prometer que van a “acabar con la inseguridad”, “combatir el narcotráfico”, “unir a los argentinos” y alguna que otra declaración de principios más o menos demagógica, pero fuera de estos clichés desprovistos de toda otra explicación complementaria, es poco lo que los contendientes ofrecen y es menos que poco lo que los diferencia entre sí.

Quizás la única diferencia relativamente evidente es que tanto Scioli como Massa son kirchneristas o pankirchneristas, y el único que se mantuvo al margen del oficialismo (ejerciendo una tibia y vacilante oposición) fue Macri, gesto de apocada independencia que al parecer le está premiando la gente, al menos eso dicen los provisorios sondeos de opinión, los cuales colocan a Macri por encima de Scioli y muy por encima del alicaído rezagado Sergio Massa y su bochornoso Frente Reciclador.

Lo cierto es que fuera del poco apasionante historial político de cada uno de los competidores en ciernes, en lo estrictamente atinente a las propuestas o programas de campaña ninguno dice nada demasiado concreto, ni exhibe programas de políticas públicas determinadas, ni muestra el menor rasgo ideológico en ninguno de los temas considerados urticantes. Pero hay algo muchísimo peor: los candidatos de marras no dicen absolutamente nada respecto de todo lo señalado no sólo por falta de ideas sino fundamentalmente porque no tienen ninguna necesidad de decirlo. Vale decir, el mercado no les exige que lo digan. El votante argentino medio no demanda a sus candidatos la menor explicación, ni la menor divulgación de anticipo sobre ninguna medida concreta de gobierno. Luego, al verse los candidatos liberados de dicha carga, se dedican a repartir optimismo, besar ancianos, tomar mate con la plebe (y simular que compartir la bombilla no les produce asco), inaugurar algún festival de rock and roll o exhibir sus prefabricadas muecas sonrientes junto a sus respectivos carteles fluorescentes de divulgación partidaria. Lo bien que hacen: ellos quieren ser Presidentes y saben que para tal fin sólo deben satisfacer la superficial demanda que el grueso de la sociedad argentina solicita sin mayores exigencias ni requerimientos.

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¿Por qué razón los candidatos pondrían a trabajar a sus equipos técnicos y dedicarían su tiempo a estudiar complicados programas de gobierno que el votante no sólo no solicita sino que ni se interesaría en leer o conocer?. “Deberían hacerlo igual porque así se los impone el deber patriótico” nos diría la voz deber ser. Pero estamos en la destartalada ex República Argentina, habitada por una sociedad culturalmente envilecida y políticamente displicente, y entonces si un político dedicase su tiempo a algo tan infecundo como estudiar concienzudamente un programa de gobierno y exponerlo al juicio público y al debate académico, habría este perdido un enorme tiempo y además una inconmensurable adhesión popular, la cual le habría dado la espalda tanto por sentirse aburrida con motivo de su soporífera alocución como indiferente a prestarle atención a temáticas que le quiten tiempo para disfrutar en ese mismo lapso de la transmisión del Futbol Para Todos o de algún culebrón turco. Dicho de otro modo, si alguno de los nombrados tomase su candidatura con un alto grado de responsabilidad personal, cívica e institucional correría el riesgo grave de suicidarse electoralmente y resignar así toda chance de ganar las elecciones, las cuales como se sabe, se ganan repartiendo sonajeros y parasoles en la costa veraniega y no explicando los detalles de la política petrolera de cara a los próximos 30 años.

Pero a no confundirse, la culpa no es de estos predecibles y modestos cultores de stand up que obran de políticos sino de quienes le brindan consenso, aplauso y votos, que es la mayoría absoluta de un mercado electoral, cuyo nivel cultural y de instrucción supo ser la envidia del mundo a principios del Siglo pasado, y su espejo de entonces fue la célebre obra teatral de Florencio Sánchez “M´ijo el dotor¨, signo de una época caracterizada por el esfuerzo y las ansias de superación, atributos ajenos y lejanos al mercado electoral reinante cien años después, en el que la pereza, la superficialidad y el facilismo festivo se complementan con el lamento por el reciente deceso del pornocómico Gerardo Sofovich.

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