El jefe. Por Enrique D. García

¡Se acabaron los jefes!, solo tenemos cobardes burócratas que cambiaron la viril postura del guerrero, por la genuflexión ante el político en turno. Miedo, solo miedo y una descastada existencia que permite que un superior jerárquico (¡no un Jefe!) se desentienda de la suerte y, en definitiva, de la vida de quienes la Patria le confió.

Viene a mi memoria (como símbolo de lo dicho) la fotografía del General Menéndez rindiéndose (¡previo haberse acicalado!) ante el militar enemigo que mostraba las huellas del feroz combate que debió librar. Entonces me pregunto: ¿no hubiera sido más honroso para ese general y para la Patria misma, que los ingleses lo hallaran en el frente de combate al mando del último pelotón, eligiendo la muerte gloriosa a la fotografía dolorosa? Cuánto debió aprender Menéndez del “Perro” Cisneros, del Teniente Estévez y aún del soldado Hermindo Luna, que al ser intimado a rendirse respondió que allí nadie se rendía, asumiendo con esas viriles palabras le jefatura de sus camaradas.

Por eso la historia le reservó a Menendez el oscuro sitio que guarda para los que se rinden en cuerpo y alma y guardó el sitial de honor recogiendo en mármol y bronce los 649 nombres de quienes amaron tanto a su patria que no temieron morir por ella.

¡Ya no hay Jefes!, sólo personajes que por su fiel y servicial mansedumbre, culminan las carreras mostrando con orgullo sus trajes llenos de dorados.

¡Pobre Patria, ya no tiene más jefes! Pero, ¿no es acaso más eficaz y sencillo recurrir al consenso (¡oh palabra mágica!) que dilucidar la verdad al momento de decir sobre el otro?

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¿Para qué se necesita hoy la autoridad de un docente, si cuenta con el “Consejo de Convivencia”?

¡No existen más Jefes!, sólo “héroes” de pacotilla que ansían vivir para gozar de su gloria ante una pobre sociedad que los admira.

Hace tiempo que la Patria no puede engalanarse con la heroicidad de sus hijos. Pero no fue siempre así. Hubo épocas gloriosas. Recordemos a Jefes por excelencia como el Gral. San Martín, Gral. Belgrano, Gral. Güemes y al mismo Restaurador de las Leyes. Más cercanos el Capitán Robacio, los 55 heroes aeronáuticos. Jefes que transformaban en gloriosas victorias, hasta las encarnizadas derrotas: ¿No escuchamos aún los cañones de Obligado?; ¿No vemos acaso al Jefe de los Patricios resistiendo junto a sus hombre hasta el fin?

Pero esa derrota fue en realidad la victoria de la que dieron cuenta los veintiún cañonazos que la nave Southampton, capitana de la flota inglesa, disparó en desagravio de nuestra bandera el puerto de Buenos Aires, cabeza de la Confederación de la que era Jefe el Gaucho de Los Cerrillos.

¿Quién imaginaría al Gral. Belgrano pidiendo su “pase a retiro” luego de Vilcapugio y Ayohuma? (de ser así ¿habrían existido Salta y Tucumán?) al igual que lo hizo el responsable de la Base de submarinos del Mar del Plata al no poder explicar los justos reclamos acerca de por qué seguía en servicio y navegando el ARA San Juan con 44 criollos bajo su jefatura.

¿Qué jefe enviaría a sus jóvenes soldados a tripular aviones y buques que no son más que montón de latas dignas sólo de un museo?

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¿Qué jefe puede brindar la verdadera causa de la muerte de pilotos y marinos navegando esas chatarras? No hay jefe siquiera para ello. Total, hombres más, hombres menos, podrán seguir en carrera en búsqueda de los tan preciados dorados.

Una Nación no pierde la noción de su destino en lo universal de un momento a otro. Son muchos los hechos y el tiempo que debió transcurrir para que nuestra Argentina llegara al estado de hoy: mancillada, depredada, traicionada y, en definitiva, privada de su honor. La cultura de la desjerarquización viene desde lejos envenenando por todos los medios de nuestra sociedad. Si no fuere por lo real y grave, sonaría a mera anécdota que un Juez Federal de la Nación que, llegado el caso, podría allanar la Catedral Metropolitana, se inhiba de llevar a cabo su ingreso a una parte del territorio patrio por haber sido declarado “tierra sagrada” por unos indios.

Finalmente, para evitar una injusta generalidad, se impone una apropiada aclaración: estas líneas son un sayo que deberán ponerse aquellos a los que le quepa, porque la Patria ha tenido Jefes (heroicos militares y civiles), es decir, hombres que sabían hacia dónde conducir y el ejemplo de su vida era su mejor pedagogía; algunos llegando hasta a la máxima lección del martirio.

Tanto los que ya no están entre nosotros (desde su puesto de guardia Celeste) como aquellos que aún perseveran en la milicia terrenal, esperan el resurgimiento de la Grande Argentina.

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