mar. Ene 28th, 2020

El Imperio Progre, contra ‘Imperiofobia’. Por Pedro Fernández Barbadillo

A la vejez, viruelas. Es de agradecer que Sol Gallego-Díaz, la directora con la que más han caído las ventas de El País, y su alegre muchachada hayan perdido la prudencia, el disimulo y hasta el estilo literario de los años en que el periódico lo hacían Juan Luis Cebrián y, sobre todo, Javier Pradera. Ahora no hay ningún tipo de control ni de matiz, de modo que los moderados y los centraditos no tienen excusa para justificar la compra del periódico que se inventó la repugnante ‘trama de los niños robados’.

En este año, el boletín del Imperio Progre ha arremetido contra todo lo que huela a España y a Cristo con la saña y los modales de La Traca. Hago una breve recopilación.

El periódico prepublicó el capítulo del libro de un memo (catedrático de Física él) que asegura que la Iglesia se opuso a las vacunas. He leído investigaciones sobre la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que zarpó de La Coruña en 1803 para difundir la vacuna de la viruela en el Imperio español, y en ellas queda bien claro que los obispos hispano-americanos conocían perfectamente el nuevo método sanitario, promovieron la vacunación de las gentes con exhortaciones y cartas apostólicas, mantuvieron a los expedicionarios con dinero cuando hizo falta y hasta premiaron a los sacerdotes que más fieles consiguieran vacunar.

También convocó a tres historiadores adictos para refutar el concepto de Reconquista, porque está asociado con Vox, y defendió la españolidad del califa Abderramán III. Uno de los historiadores consultados, José Luis Corral, nos dejó con la boca abierta al revelar la existencia de la «sangre musulmana». No se llamó ni a un solo historiador que tuviese una opinión contraria, siquiera para darle más verosimilitud al reportaje.

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En otra pieza, se denunció que los partidos europeos llamados de extrema derecha tienen una estrategia para reivindicar la Edad Media como una época de predominio del catolicismo en la política y las costumbres y así no reconocer las numerosísimas aportaciones del islam a Europa.

Después, El País difundió a bombo y platillos el panfleto del profesor José Luis Villacañas contra María Elvira Roca Barea, por su libro Imperiofobia, al que acusa de «destruir la inteligencia», ser antisemita y «un producto de la factoría de Steve Bannon» y, por supuesto, de pretender la resurrección de la versión franquista de la historia de España. Al menos, se aceptó un artículo de réplica de Roca Barea.

En diciembre, la velocidad se ha acelerado. El 20, casi cuatro años después de la primera edición de ImperiofobiaEl País le dedicó un reportaje para criticar su rigor mostrando catorce citas que encuentra erróneas o exageradas.

El 22, Arturo Pérez Reverte, novelista que publica sus best-sellers en Alfaguara, editorial de PRISA, pretendió ajustarle las cuentas a Roca Barea, que había criticado el carácter de sus novelas, tenidas por la derecha boba por una reivindicación del Imperio cuando en realidad apuntalan el tópico de una nación gobernada por frailes fanáticos y nobles imbéciles.

El 23, un biógrafo del Cid Campeador asoció a éste con Franco. ¡Qué original!

Y el día de Navidad, El País recuperó una columna de 2018 del cura secularizado Juan Arias, en la que explicaba que Jesucristo no era Dios, que estaba casado «sin duda» con María Magdalena y que todo lo que cuentan los Evangelios es una «tierna leyenda», o sea una mentira. ¿Por qué tenía que estar casado quien llamaba a sus seguidores a abandonar a sus familias para unirse a él? ¿Cómo lo sabe Arias? Si los evangelistas carecen de autoridad, ¿por qué la tiene que tener Arias? ¿Por qué hemos de celebrar una mentira? ¿Porque entonces Arias y sus amigos progres pierden su chiringuito?

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Si bien la obsesión de El País con el catolicismo no es nueva, en cambio asombra la cantidad de páginas dedicadas este año a María Elvira Roca Barea. ¡Cuánto empeño en destrozar un libro que ha vendido ya más de 100.000 ejemplares! Estoy convencido de que una de las culpas de la autora es no haber editado el libro con las editoriales de PRISA, que la empresa está muy necesitada de ingresos. Y otra, la de tratar de bajar de los hombros de los españoles el fardo de la ‘leyenda negra’, tan pesado que no nos permite andar al mismo paso que los franceses, esos benefactores de la humanidad (además, de millones de muertos, la mayor destrucción de patrimonio artístico en Europa la causaron las tropas de la Revolución y de Bonaparte), o los británicos.

La historia de España la han escrito sus enemigos y sus envidiosos. Pero no los de fuera, sino los de dentro, aquellos a los que les habría encantado ser mariscales de Napoleón para robarse la Inmaculada de Murillo y colgarla en su palacio. Como Roca Barea pone en peligro su negocio, están que muerden. Y es que el negocio de la hispanofobia es muy rentable. Tiene abiertas sucursales en París, Londres, Madrid, Bruselas, Hollywood, Barcelona, Bilbao, Amsterdam, Rabat…

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