El futuro y la mitología peronista – Por Alejandro Bongiovanni

El año que viene presenta una interesante oportunidad para reforzar la estructura institucional y el sistema de partidos en Argentina: es posible que el próximo gobierno no sea peronista y que se derrumbe la leyenda de que sólo con el peronismo se llega al poder. Esta oportunidad trae consigo una inherente amenaza: si dicho gobierno no lleva adelante un mandato estable y sin sobresaltos, el cuarto peronismo emergerá, aún más fortalecido, y nuestro anémico sistema de partidos se abismará en la insignificancia. Campeará en este caso la otra leyenda, la que dicta que sólo el peronismo puede gobernar. Esto sería un tiro al deseado escenario de pluripartidismo real

Definiendo al peronismo

¿Qué es el peronismo? El peronismo no puede ser evaluado como un partido político. Es algo mucho más vasto y menos estable que un partido. El peronismo es una caja amplia de dimensiones siempre variables, en la que entra lo que sea necesario para obtener, sujetar y acrecentar el poder. Pacho O´Donnell lo define de manera honesta cuando aclara que “Ya desde el primer momento de Perón cuando denomina al peronismo movimiento y no partido, quiere decir que sus fronteras son lábiles, y por lo tanto tuvo la capacidad de adaptarse a los tiempos. En algún momento el peronismo tuvo un sesgo casi fascistoide, después de un sesgo desarrollista, luego un sesgo revolucionarista, casi socialista, después un sesgo neoliberal. Han sido como máscaras del peronismo que le han permitido cumplir con aquello que Perón decía que el peronismo tenía que ser: una montura que supiera cabalgar los tiempos”.

Pero ¿hay algún rostro uniforme detrás de las máscaras? ¿Hay algunos “rasgos peronistas” que puedan enumerarse? Para definir hacen falta regularidades, puntos estáticos. ¿Tiene el movimiento peronista, que ondula de derecha a izquierda, según sus necesidades de poder, características inamovibles? Aventuremos algunas.

El peronismo tiene un concepto de democracia que necesariamente riñe con el concepto de república. Para el peronismo la democracia se reduce al proceso eleccionario, que encumbra a un líder, sobre cuya cabeza confluyen y se confunden Estado, Gobierno y Partido. El correlato natural de esta concepción es que los fondos públicos sean manejados con la discrecionalidad que hace un privado, entre sus familiares y amigos. La calidad institucional, la división de poderes, la seguridad jurídica o el mero respeto a la Constitución son extravagancias ridículas, que de ningún modo deberían encorsetar el accionar del conductor del peronismo. Es por esto que las discusiones entre peronistas y republicanos son diálogos entre sordos. El único límite que acepta un verdadero peronista es el del voto. Claro que una vez que han logrado la legitimación electoral, los peronistas se dan a la tarea de usar todos los resortes y recursos del Estado para hacer que el voto no les sea esquivo en el futuro. Esto no es visto como una inmoralidad, sino como un modo de darle continuidad al proceso irreversible e histórico que todo peronista supone que lidera.

El peronismo es totalitario en el sentido de que busca el poder total. Para el peronismo la pluralidad es una irregularidad. Una realidad que debe arreglarse. Si el peronismo es la expresión de la voluntad popular, que integra las demandas sociales y las hace confluir en una identidad propia, está claro que cualquier expresión contraria representa un desarreglo. El peronismo no es ni pretende ser un partido (esto es, una parte del todo) sino el todo. Se arroga la representación de la universalidad y –cuando los hechos le demuestran que existen representados que no lo avalan– necesariamente entonces debe tildarlos de antipatria, buitres, gorilas, cipayos, etcétera. Esta división (grieta, como se dice actualmente) no es una característica incidental del peronismo o del kirchnerismo (su versión actual) sino una consecuencia necesaria de una característica propia del peronismo: su totalitarismo. Al ser totalitario y pretender ser “todo”, cuando una “parte” se subleva a esa representación, rápidamente hay que quitarle su carácter de “parte del todo”. Ellos (los que no apoyen al peronismo) “no son pueblo”, no pueden serlo, porque el pueblo está “todo” representado dentro del peronismo. Las consecuencias de esto son, por supuesto, el copamiento de toda estructura institucional, social, cultural, mediática y educativa, para uniformar la heterogeneidad social en un todo compacto que responda a los cánones del único representante legítimo: el peronismo.

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El peronismo ve en la pobreza una oportunidad. La fibra central del peronismo siempre han sido las clases con menores recursos, algo más permeables al asistencialismo económico y al encandilamiento del líder. La pobreza es capital político. El populismo –del que el peronismo es nuestra versión vernácula– responde a las demandas sociales (que para Laclau son la unidad de análisis más pequeña, que el líder populista articula creando así el concepto de “pueblo”) de la gente más necesitada, a través de dádivas que los transforman en votantes cautivos. El pobrismo es la quintaesencia del peronismo. El líder peronista debe exaltar las virtudes morales del pobre frente a la pasividad de la clase media y la voracidad de los ricos. El peronista debe estar cerca del pobre, tocarlo y dejarse tocar. Debe escucharlo, abrazarlo pero cuidarse de que el pobre no deje de serlo, porque de este modo corre peligro de que se convierta en un “antipueblo”, que exija otras demandas sociales (educación, seguridad, por ej.) que no se deje llevar por discursos decimonónicos y simplistas. Imaginen un peronismo sin pobres, un peronismo en Suecia. ¿Cómo harían política? ¿Qué demandas articularía?

Los tres primeros peronismos. ¿Y el próximo?

Quienes desean vivir en una Argentina más republicana, donde lo que suceda en la política no revolucione tanto la vida cotidiana; donde se pueda vivir sin tener que leer primero los diarios, y donde los políticos no estén en la cúspide de las fortunas personales, celebran que el kirchnerismo esté viendo menguar su poder. Creo que es una celebración demasiado anticipada.

En primer lugar, cabe recordar que el kirchnerismo es la expresión más estable de los tres peronismos (Perón, Menem y los Kirchner). Más estable porque no tuvo que atravesar las interrupciones que representó el  golpe de estado que sufrió Perón (quien fuera protagonista del golpe de estado anterior) ni las crisis económicas de Menem. Uno puede prever que Cristina Fernández estacionará el gobierno, acaso muy deteriorado, pero en tiempo y forma –en

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comparación– algo más normales. El peronismo ha logrado licuar sus malas gestiones económicas gracias a diversas circunstancias. Aún queda saber cuánto costo político deberá asumir este gobierno. El caldo peronista seguirá hirviendo durante la próxima presidencia, aún con mayor ebullición si se trata de un presidente no peronista. Las trece huelgas generales que el peronismo le hizo a Alfonsín o los obstáculos que gobernadores peronistas (y parte peronista de su gobierno) le establecieron a Fernando de la Rúa no los eximen de su mala gestión, pero son botones que muestran que cuando el peronismo no tiene el país en sus manos, está dispuesto a hacer lo que sea para recuperarlo.

El país puede sacudirse el mito de que sólo el peronismo llega al poder. Quizás sea bueno que el peronismo pague la cuenta, luego de haber gobernado casi en la totalidad del período desde la restauración democrática. Sería deseable –aún para los peronistas– que un gobierno estable y no peronista, muestre que podemos ser un país con transiciones ordenadas y plurales. Que empuje al peronismo a los límites naturales que representa ser nada más (y nada menos) que un partido político, más vinculado con la institucionalidad y la alternancia que con la idea de movimiento popular que fagocita la república.

Otro escenario probable es que gane un candidato peronista, de los dos que se desprenden (expresamente uno, tímidamente el otro) del peronismo oficialista o kirchnerismo. En este caso, éste podría ser el cuarto peronismo y el panorama sería tan incierto como cuando Néstor Kirchner llegó con el 22% de los votos. ¿Cuán peronistas –democracia popular reñida con república, totalitarismo y utilización de los pobres– serían las gestiones de Massa o Scioli? Imposible precisarlo de antemano. Néstor también nos hablaba de calidad institucional, lucha contra la corrupción, inserción en el mundo, apertura comercial y transparencia.

¿Y si el Presidente es Macri o un candidato de UNEN? Si logra hacer una buena gestión habremos roto el mito del partido único. Sería un paso adelante para nuestro sistema de partidos y nuestra república. Si por caso, la gestión es turbulenta o termina mal, el cuarto peronismo (o una actualización del tercero, si nuevamente va Cristina) podría ser aún más totalitario y voraz que el actual, habida cuenta de que tendría otro ejemplo para abonar la teoría de que sólo el peronismo gobierna. Sería un paso atrás.

En cualquier caso, el futuro es inescrutable y distante. Sí nos es dado decir que mientras no se quiebre la leyenda de que sólo el peronismo puede gobernar, tendremos que vivir bajo las características que definen al peronismo y aceptar sus consecuencias políticas y económicas.

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