El fenómeno de María Eugenia Vidal – Por Vicente Massot

Los primeros relevamientos serios —efectuados, obviamente, con posterioridad a las PASO— no registran cambios de consideración en punto a los candidatos presidenciales. Hasta aquí, saltan a la vista números no muy distintos de los de aquellos comicios, substanciados hace un mes. Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa no se sacan ventajas entre sí, de modo tal que si cuanto trasparentan las mencionadas encuestas se repitiese el 25 de octubre, habría segunda vuelta. En cambio, donde parece haber novedades de bulto es en la provincia de Buenos Aires. Nada que sea definitivo ni que permita —con base en unos datos de suyo preliminares— hacer inferencias respecto a los resultados finales. Sin embargo, el hecho de que María Eugenia Vidal aventaje a Aníbal Fernández por 3 ó 4 puntos, faltando cuarenta y cinco días para que se substancie la primera vuelta y se elija a simple pluralidad de sufragios al próximo gobernador bonaerense, no deja de resultar sorprendente.

El 30 % de votos que obtuvo en agosto la candidata del Pro, en un territorio desde siempre dominado por el peronismo, fue la principal nota distintiva de esa puja. Nadie imaginaba tamaña fuerza ni podía predecir una performance como la que en definitiva tuvo la actual vicejefa del gobierno porteño. Con esta posibilidad que ahora se abre paso y comienza a ser motivo de serio análisis, tanto en las tiendas de campaña de su partido, como en el estado mayor del Frente para la Victoria: que la Vidal sea quien termine obrando, en el principal distrito electoral del país, a la manera de una locomotora que impulsaría al mismísimo Macri.

Dicho de manera diferente: hasta que se conoció el escrutinio definitivo de las PASO, era un valor entendido que los votos de María Eugenia Vidal serían producto menos de su propia cosecha que del arrastre de su jefe. Inclusive no faltaron, en su momento, las comparaciones con Alejandro Armendáriz —el candidato de la UCR en 1983 a gobernador de Buenos Aires— al que pocos si acaso algún mortal estaba dispuesto a otorgarle la más mínima chance de vencer al justicialista Herminio Iglesias. No obstante lo cual, producido el aluvión de votos alfonsinista, Armendáriz ganó cómodo. Todos los escépticos y los asombrados explicaron su triunfo en función del fenómeno generado por Raúl Alfonsín, y no se equivocaron.

Trazar un paralelo entre Alejandro Armendáriz y María Eugenia Vidal podía ser legítimo antes de las PASO. Ya substanciadas éstas, la comparación no se sostiene a poco de analizar con algún detenimiento lo que dicen las encuestas. Aun cuando Aníbal Fernández termine ganando en octubre, de todas maneras es evidente que su contrincante femenina tiene peso propio y hasta es capaz de concitar adhesiones que sumadas podrían dar lugar a uno de esos portentos verdaderamente increíbles, registrados entre nosotros una vez cada muerte de obispo: que María Eugenia Vidal terminase haciendo las veces de figura principal y no tan sólo de reparto respecto de Macri y que —inclusive— obtuviese más votos que su jefe.

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Las expresadas son conjeturas, es cierto, pero nacidas menos por iluminación del espíritu que por el desempeño de la política del Pro en una de la provincia decisiva. El contexto en el que se desenvuelve la campaña no deja de resultar favorable para sus aspiraciones. Ello, unido al rechazo que genera la figura de Aníbal Fernández en vastos sectores independientes, plantea un escenario al cual debe mirárselo atentamente, dejando de lado preconceptos ideológicos y poniendo distancia de las explicaciones lineales.

Por de pronto es falsa la idea de que, a último momento, cuando se trate de introducir una u otra papeleta en la urna correspondiente, las convicciones peronistas de quienes sufragaron a favor de Julián Domínguez podrán más que cualquier reserva que suscite Aníbal Fernández.

Tal presunción no resiste análisis ni bien se entienda que no hay 40 % de bonaerenses peronistas en condiciones de votar, identificados con esos colores y dispuestos a dar la vida por Daniel Scioli y Aníbal Fernández. Puede que a la larga los voten, pero no es seguro ni puede establecerse a priori como si fuese un dogma de fe.

Concretamente existe un 19 % que optó por Julián Domínguez en las PASO, cuya decisión en el cuarto oscuro dentro de 45 días está sujeto a discusión. Eso al menos es lo que han puesto en evidencia —de manera provisoria, bueno es aclararlo— las primeras encuestas conocidas: los votos de Domínguez decantan en parte a favor del FPV y en parte a favor de la Vidal. La ventaja teórica con la cual cuenta el jefe de gabinete de Cristina Fernández es la poco extendida costumbre de cortar boleta, en atención a las dificultades que presenta el trámite. La desventaja es la poca simpatía que despierta su figura.

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Aníbal Fernández está asociado en el inconciente colectivo de los sectores independientes —los que definirán la elección— a los peores vicios del kirchnerismo. María Eugenia Vidal, inversamente —por imagen, edad y antecedentes—, no ofrece mayores flancos para ser atacada por un contrincante que descolla como polemista. Además es mujer y cuanto Fernández puede enrostrarle, sin pensar dos veces en las consecuencias, a Felipe Solá o Mauricio Macri, difícilmente podría hacerlo a expensas de la Vidal sin correr serios riesgos.

Poner de relieve el desenvolvimiento de la candidata a la gobernación bonaerense del Pro no sólo en las PASO —algo que, de tan conocido, ha pasado a ser una verdad de Perogrullo— sino también de cara al 25 de octubre, obliga a explicar las posibles razones de tan exitoso desempeño. Cuanto a primera vista —o si se prefiere, a primer análisis— podría parecer una casualidad o una sorpresa difícil de entender, en realidad es producto de un fenómeno incipiente al cual es menester prestarle atención sin subestimarlo ni tampoco sobrevalorarlo. Se trata de un cambio de las expectativas, deseos y valores de los votantes de determinadas partes del país. Cincuenta años atrás el pensador chileno Francisco Mardones Restat distinguió —con base en indicadores no necesariamente económicos— una Argentina Central, más o menos desarrollada y pujante, de otra claramente atrasada y pobre. La primera estaba formada por las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, Mendoza y la Capital Federal. La segunda, periférica, sumaba al resto de los estados de la República. Pues bien, tomando prestada la idea del trasandino, es notable ver las diferencias en términos de cómo se vota en el núcleo central si se lo compara con lo que sucede en las regiones del NEA y NOA, por ejemplo.

Lo dicho no predice el triunfo de María Eugenia Vidal. Sólo advierte un cambio de orientación en un sector fundamental del electorado. ¿Quién hubiese anticipado la alianza de la UCR y el macrismo? ¿Quién hubiese adelantado que María Eugenia Vidal sería la candidata más votada en la provincia de Buenos Aires? —Nadie. Lo que hace un año parecía inconcebible, hoy es una realidad. El hecho que la candidata del Pro pueda ganar —aunque finalmente no ganase— implica una transformación radical de las preferencias de la gente.

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