El feminismo intolerante. Roxana Kreimer y un ensayo de crítica. Por Ernesto Alonso

Y es verdad, nomás…

          De sopetón, me encontré con una columna-tribuna en Clarín-Miente el pasado viernes 4 de enero. Roxana Kreimer es la autora de la nota cuyo título exacto, no retórico, enuncia el asunto como el feminismo intolerante cuestiona sus propias bases.

          Al principio, la nota articula una casuística sumaria, intentando mostrar mediante tres ´casos-ejemplo´ que feministas y militantes del género “pasan la raya” de la justicia y hasta del sentido común.

          “Feministas escrachan públicamente a varios hombres por día (…) sin esperar una sentencia judicial”, advirtiendo al lector de esta nota que las negritas están en el original. A continuación, se dice que “un académico, líder en su área de investigación, no adhiere al discurso hegemónico de género y es obligado a renunciar a su puesto en una universidad pública por pedido de unos alumnos y en virtud de la crítica despiadada que recibe de colegas que ocupan posiciones de poder”.

          Y para rematar esta arbitraria enumeración, Kreimer asevera que “investigadoras de la problemática de género que ocupan primerísimos cargos de poder se niegan a revisar los innumerables trabajos científicos que muestran la inexistencia de desigual paga por el mismo trabajo en hombres y mujeres – la llamada brecha salarial – apelando a su mera convicción al responder ´te puedo asegurar que no es así´”.

          Inconcluso quedaría esta suerte de ´ajuste de cuentas´ con el feminismo radical y su ´política de género´ si las complacientes prácticas de correr siempre detrás de lo ´políticamente correcto´ no fustigara como en justicia corresponde a los medios de comunicación social. Entrevistando a mujeres que han formulado denuncias públicas sobre violencia sexual, una compacta y segura mayoría de comunicadores adopta el punto de vista de esas ´víctimas´ por temor a la marginación profesional o la llamada ´muerte social´. “Uno incluso sostuvo – acota Kreimer – que está dispuesto a creer a una denunciante por el impacto emocional que le genera su mirada”.

          En el cuerpo de la nota, Kreimer se ocupa de argumentar en torno a la ´industria´ de falsas denuncias por ´violencia de género´ que han llenado fiscalías y tribunales, desestimadas muchas de ellas por falta de pruebas o de mérito.

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          Es claro que el lobby mediático-político-jurídico jamás se molestará en dar cuenta de las estadísticas que prueban dicha falsedad y menos todavía evidenciaría el móvil que potencia el repugnante ataque a que son sometidos los esposos y padres por parte de mujeres con voraz apetito de dinero o propiedades, debidamente asesoradas por abogadas feministas.

“Persecución autoritaria”

          Bien aceitados intereses feministas presionan a fin de que la ley argentina invierta la carga de la prueba en los casos de ataques sexuales, de suerte que se consolide algo así como un criterio más político que jurídico por el cual los hombres acusados serían culpables hasta que no demuestren su inocencia.

          Se queja Kreimer de esta indebida presión pues, desde el punto de vista jurídico-constitucional, de afianzarse en la jurisprudencia vendría a echar por tierra la presunción de inocencia, uno de los pilares del llamado ´estado de derecho´. Fastidiada la Kreimer, expresa con enojo que tendrá más validez y legitimidad el aullido feminista ´hermana yo sí te creo´ que los principios del derecho que ofrecen garantía a la imparcialidad de nuestro sistema constitucional y penal.

          Con contundencia, afirma esta licenciada en filosofía y doctora en ciencias sociales de la Universidad de Buenos Aires que “es falso que la Justicia sea ´machista´ y que los ataques sexuales a mujeres no sean juzgados”. Sí lo son y aporta alguna estadística del 2017, con fuente en el Ministerio de Justicia, que indicaría la eficacia de las instituciones de defensa y protección reales de la mujer contra abusos constatables.

          Por cierto, y es el tono de denuncia que recorre toda la argumentación de Kreimer, la amenaza corre más bien por cuenta del “dogmatismo que se ha adueñado de vastos sectores del feminismo (…) desplazando el foco en la defensa de las minorías hacia la defensa de ´posverdades´ ideológicas y la persecución autoritaria en nombre de lo políticamente correcto”.

          Sería necio si creyese que en la sesera de Kreimer acabado y transparente es todo juicio y apegada a la verdad contrarrevolucionaria su argumentación. Pues no lo es y puede constatarse un penoso juridicismo del que su queja finalmente no sale ni puede salir. Además, debe reprochársele una viciosa ´corrección fraterna´ pues le enrostra al “progresismo” haber desviado su potencia revolucionaria en favor “de las minorías” para entretenerse en “la defensa de ´posverdades´ ideológicas”. Imposible abonar un tributo más grande a los errores modernos.

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          No concluye mal, empero, el brulote contra el feminismo intolerante porque, aunque no lo quiera, desvela el auténtico mal del feminismo cual es el de ser una ideología por más ´posverdad´ que pueda predicarse.

          Que la autora se desempeñe en la UBA y Clarín haya decidido publicarlo; en fin,  suma un moderado punto a favor de Kreimer, aguardando para un tiempo áureo la plenitud ostensible de la verdad, que seguramente procederá de una pluma católica.

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