El feminismo de la venganza. Por Myriam Mitrece de Ialorenzi

A casi una semana del 8M, las emociones decantan y es posible reflexionar sobre lo sucedido. La inmediatez de los acontecimientos nunca es clima propicio para una mirada detenida que pretenda ser objetiva.

El 8 de marzo, como Día de la Mujer, se estableció en 1910, en Copenhague, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas a sugerencia de Clara Zetkin, política comunista alemana. Algunos creen que fue establecido en conmemoración de un incendio en el que murieron obreras encerradas en medio de una huelga. Es llamativo que no exista ningún registro que atestigüe tal episodio. Sugerentemente, el “acontecimiento” de marras, se sitúa en el año 1857, año del nacimiento de Clara Zetkin. Probablemente haya sido una forma de rendirle homenaje.

Muchas mujeres se lamentan de que los grupos feministas radicales, o de izquierda en general, se hayan apropiado de su día. En realidad, el 8 de marzo les perteneció desde su origen.
De todas maneras, hablar de feminismo es especialmente complejo porque un mismo término tuvo significaciones y reivindicaciones diferentes a lo largo de la historia.

LAS OLAS FEMINISTAS
Con el correr de los años los reclamos de la mujer por el respeto a una igual dignidad en la vida social fueron desdibujándose. Nunca más adecuada la palabra desmadrando. Se fue dejando de lado lo más propio de la femenidad, para convertirla en una parodia, un kitsch de la mujer, que llega a los movimientos feministas que hoy vemos, azorados, en las calles.

Quizás una de las precursoras de la defensa de los derechos de la mujer fue Christina de Pizan, escritora humanista del siglo XV, quien denunció la desigualdad social de las mujeres y las impulsó a combatirla a través de la educación: “No hay que quedarse agazapada en un rincón como un perrillo. Instruiros y empuñad la pluma”. Contemporánea de Juana de Arco le dedicó una de sus últimas obras. Varios años más tarde, coincidiendo con la ilustración, Mary Wollstonecraft propuso la inclusión de las mujeres en la vida política, económica y educativa.

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El surgimiento de la segunda ola feminista se sitúa a mediados del siglo XIX con el pedido del derecho al sufragio universal y otras libertades públicas y privadas de las que las mujeres carecían, por el solo hecho de serlo. Con este legítimo reclamo se colaron otros, de corte ideológico marxista que pretendía eliminar las cargas domésticas de la mujer y sustituir a la familia por el Estado. “La sociedad se hará cargo de todas aquellas obligaciones que antes recaían sobre los padres. Educadores inteligentes convertirán (al niño) en un comunista consciente de la magnitud de esta inviolable divisa: devoción a la vida colectiva” (Aleksandra Mijáilovna Kolontái).

Lo que se inició buscando igualdad, siguió eliminando las diferencias. La afirmación de Simone de Beauvoir: “Mujer no se nace, se llega a serlo”, recorrió el mundo y sirvió de fundamento a gran parte de los movimientos de mujeres de diversos estilos que se fueron gestando con consignas comunes. Y siguió mutando.

El género como una construcción social y cultural diferenciada del sexo biológico marcó otra revolución en la concepción de lo femenino. Cuando el cuerpo sexuado real se subordina a la percepción del cuerpo sexuado subjetivamente decidido, se convierte en invisible.
Cuando algo es todo (o puede serlo) termina por perder su esencia, lo más propio de sí. La mujer pierde su condición específica de maternar y virtualmente se invisibiliza.

CUANDO NADA (O POCO) ESTA EN SU LUGAR
La hiperinflación de la mujer llegó al punto de querer abarcarlo todo. La mujer superpoderosa, no admite otro que le haga sombra, ni siquiera otro a su lado. Rayano en la omnipotencia patológica.
Desde el poético “En la calle codo a codo, somos mucho más que dos”, hemos llegado a la afirmación de Andrea Dworkin (activista del feminismo radical estadounidense): El matrimonio no sería más que una “licencia legal para la violación”. ¿Cuánta agua turbia pasó bajo el puente?

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El odio al varón pareciera ser más bien envidia. Desear lo que tiene otro, sobre todo cuando se tiene poco, pareciera un sentimiento bastante humano. La envidia es otra cosa. No es desear lo que otro tiene, sino, que deje de tenerlo. La envidia se descentra de sí y se obsesiona con el otro al modo vengativo: a cualquier precio que deje de tener privilegios, y aún, que deje de tener hasta lo que le corresponde. Para que aprenda. Para que se humille.
Aparece, así, una nueva imagen social: el deflacionado varón culposo, que pide perdón a cada paso, por las ofensas imaginarias, o no, que filogenéticamente viene arrastrando desde tiempos inmemoriales.

La envidia es una declaración de inferioridad y una vertiente inagotable de hostilidad. Afortunadamente somos muchas las que todavía nos valoramos, respetamos a los varones y nos hacemos respetar, porque en esta confusión donde ni siquiera la mujer sabe qué es ser mujer, mal podrá reconocer sus legítimos derechos.

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