El espectro de Nisman – Por Vicente Massot

Contra lo que supusimos equivocadamente unos pocos, el caso Nisman no ha perdido actualidad y sigue al tope de las coberturas periodísticas. A diferencia de cuanto ocurrió con otros episodios por el estilo —si no iguales, al menos parecidos— en éste el paso del tiempo y la falta de certezas no han obrado su eclipse. Al revés, lo han potenciado al extremo de que podría afirmarse que, en tanto y en cuanto los peritos no lleguen a conclusiones definitivas, las discusiones respecto a si fue asesinado o si se suicidó, seguirán a la orden del día. En este orden de cosas, el kirchnerismo parece no haberse enterado, todavía, que la sombra del mencionado fiscal no lo dejará en paz hasta la finalización del mandato de Cristina Fernández. Y nada indica que, por arte de magia, las consecuencias del hecho vayan a cesar el 11 de diciembre próximo.

Por eso resulta en extremo curioso que el oficialismo insista con la estrategia que, sobre el particular, puso en ejecución a poco de conocerse la noticia de la muerte. Aunque fuese dudosa su utilidad en términos políticos y hubiese sobrados motivos para poner en tela de juicio la racionalidad del plan gubernamental, la postura critica ensayada en contra de Nisman podía tener una cierta lógica inmediatamente en los días inmediatos posteriores al 18 de enero. Pero insistir, a esta altura de los acontecimientos, con la satanización del fiscal es de una torpeza inconcebible. En primera instancia, porque —de resultas de la investigación— no se sigue que haya sido un irresponsable o un fabulador. Y si acaso este argumento no resultara suficiente para que la Casa Rosada reconsiderase el curso de acción, ahora es bien conocida la reacción desfavorable de la opinión pública respecto a esa postura.

Cristina Fernández obviamente piensa distinto. A la andanada verbal llevada contra Nisman, le suma la catarata de críticas levantada a expensas de su ex–mujer. La presidente debiera saber —mejor que nadie— cuánta credibilidad y compasión genera en la sociedad una mujer que acaba de perder a su marido y se presenta, sola y vestida de negro, para hacerse oír. Ella usó y abusó del luto luego de la desaparición de Néstor Kirchner y mal no le fue. Quizá sea exagerado sostener la tesis de que una elección —la de 2011— que tenía perdida con el santacruceño vivo pudo ganarla en razón de su muerte. Pero algo de eso hubo. Sandra Arroyo Salgado no ha copiado semejante estrategia pero se halla en un lugar parecido. Se ha convertido en una protagonista de excepción, no por ser la ex–esposa de Nisman sino en razón de ser la madre de sus dos hijas menores. Eso tiene un peso enorme.

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¿Quién en su sano juicio podía creer que, frente a una madre doliente que pide justicia en nombre de sus hijas, los millones de personas que siguen el caso iban a inclinarse por la versión de los hechos sostenida por la presidente, su jefe de gabinete y Horacio Verbitsky? Lo dicho no supone que el informe de los peritos de parte, presentado en un marco recoleto el jueves pasado, cierre la cuestión. Sí implica poner de manifiesto, con base en la distinción de lo verdadero respecto a lo verosímil, hasta qué punto el kirchnerismo está perdiendo —al menos por el momento— la batalla en la opinión pública.

Lo verosímil no es necesariamente verdadero. Algo puede resultar falso sin dejar de ser verosímil. Para serlo, lo fundamental es que resulte creíble. Nada más. Y para una gran mayoría de los argentinos, Alberto Nisman fue asesinado. Y una minoría significativa de hombres y mujeres de nuestro país considera al gobierno responsable, al menos en parte, del crimen. Para muchos, pues, los argumentos de la jueza Arroyo Salgado son verosímiles y por eso le creen. Así de sencillo. Esto sin contar con que uno de los protagonistas es querible porque hace las veces de madre sufriente mientras que el otro —en su empeño por enlodarla— se pone en una posición odiosa.

Nadie tiene necesariamente razón. Y como nunca sabremos lo que sucedió durante esas horas de mediados de enero en el edifico Le Parc, hacer un juicio de valor definitivo siempre resultará riesgoso y hasta podría ser injusto. ¿Por qué? Porque no podemos determinar cuál es la verdad. En cambio, sí es dable hacer hincapié en el hecho de lo verosímil en razón de la importancia decisiva que tiene la opinión pública. Sobre todo en medio de una campaña electoral en la cual participan, de manera directa o indirecta, no pocos de los actores protagónicos del caso Nisman.

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Que los efectos del episodio —como decíamos al principio—se extenderán por lo menos hasta fines de año implica que será un tema también central de las discusiones que entablarán los distintos candidatos interesados en suceder a Cristina Fernández. Sería un contrasentido imaginar que Nisman sólo será materia de controversia en el plano judicial y en los medios de comunicación social, sin rozar siquiera la campaña electoral. Se meterá de lleno en la misma sin pedirle permiso a nadie. Ni a los funcionarios del gobierno ni a los jueces y fiscales actuantes ni tampoco a la familia del occiso. Hay hechos que cobran vida propia y escapan a la voluntad de los mortales. Éste parece ser uno de ellos.

Es que a la magnitud que tiene, de por sí, la muerte dudosa de un fiscal encargado de investigar tamaño caso y la acusación que pensaba plantear contra la presidente, habrá que sumarle las implicancias internacionales del asunto. Estamos ante un episodio que involucra a Irán e Israel, al menos. Sin olvidarnos de Estados Unidos. A ninguno de los países señalados les pasó desapercibidos la muerte de Nisman. De modo tal que —si se entiende la figura— su espectro sobrevolará la campaña no sólo por lo que significó desde el punto de vista institucional en la Argentina sino también por el entramado de intereses y de poderes internacionales que han tenido y seguramente tendrán algo que decir en el caso.

Pongámoslo de otra manera: así como a la Casa Rosada le interesa hoy, más que cualquier otra cosa, una sentencia de la Cámara Federal respaldando la resolución del juez Rafecas —que pondría a la presidente a cubierto de la imputación por un crimen de lesa humanidad— así también en ese tenebroso y errático tablero de ajedrez en el cual ha terminado por convertirse el caso, hay otros factores de poder —nacionales y extranjeros— a los cuales no les resulta indiferente el destino de la causa y de la investigación en curso.

Es conveniente no perder nunca de vista que estamos en la Argentina donde —a semejanza de La Dimensión Desconocida, aquella serie televisiva que mirábamos deleitados, en blanco y negro, a mediados de los sesenta— todo es posible.

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