El día que bombardearon a la dictadura de Perón. Por Nicolás Márquez

El viernes 17 de junio de 1955 se decretó duelo nacional y el Congreso sancionó el “Estado de sitio” sólo con el voto del bloque oficialista, puesto que los radicales no participaron del debate en señal de repudio porque los Diputados Oscar Alende y Arturo Frondizi se hallaban encarcelados junto con otros 800 presos políticos. Sacerdotes también fueron encarcelados en masa y sólo en la Provincia de Buenos Aires cerca de mil curas quedaron detenidos e incomunicados.

El dictador Perón, sumido en un profundo estado de pavura reunió en su residencia a todo el gabinete y a las autoridades del Movimiento Justicialista para proponerles huir del gobierno. El Ministro de Guerra Franklin Lucero, encargado de la represión militar y partícipe activo de esa reunión precisa que “luego de analizar la situación política del país, Perón propuso su retiro del Gobierno” y “pidió a sus colaboradores inmediatos que se aceptara su renuncia”[1]. El gobernador bonaerense Carlos Aloé confirma el intento de dimisión de Perón y agrega: “sostuve que si Perón se retiraba entraría el país en estado de asamblea, pues era necesario la anulación de todos los Poderes Nacionales y el cese de los Gobiernos provinciales” detallando que “su estado de ánimo no era muy bueno”[2]. En efecto, el impacto emocional que atormentaba a Perón fue atestiguado por el Embajador norteamericano en Argentina Alberto Nufer, quien horas después se reunió con él y recogió la siguiente impresión: “no estaba tan animado como en ocasiones anteriores, ni tampoco demostraba tener absoluta confianza en sí mismo…Encontré a un hombre totalmente cambiado”[3].

No pudiendo escapar del gobierno por falta de consenso entre sus hombres de confianza, Perón ese mismo día pero a la tarde explicó oficialmente en discurso transmitido por la Radio del Estado su versión sobre lo ocurrido el día anterior: “Cuando el ataque se inició sobre la casa de gobierno, nosotros, por nuestros servicios de informaciones ya habíamos sido advertidos con anterioridad, lo que permitió establecer inmediatamente nuestro puesto de comando y responder a las acciones que el enemigo inició sobre la casa de gobierno. Es indudable que de haber permanecido el gobierno en su sede natural habría sido destruido. Es indiscutible que toda esa acción se ha dirigido sobre mi persona”[4]. Esta confesión oficial de Perón no tiene desperdicio y confirma su perfil moral. Si él ya sabía lo que iba a ocurrir puesto que confiesa “haber sido advertido con anterioridad”: ¿por qué no hizo evacuar el edificio y sus alrededores en lugar de dejar a la población librada a su suerte? ¿Cómo permitió que los transeúntes, los buses y el mismísimo personal de la Casa de Gobierno estuviesen allí sin la menor advertencia? Esta confidencia suya confirma que él fue el principal responsable de las víctimas civiles, las cuales habrían sido oficialmente utilizadas como carne de cañón para desacreditar a sus enemigos a expensas de la vida de inocentes que Perón pudo haber salvado de antemano con sólo dictar una orden de evacuación. Otra revelación que surge nítidamente de este comunicado suyo es la que dice que el ataque fue “sobre la casa de gobierno” añadiendo que “es indiscutible que toda esa acción se ha dirigido sobre mi persona”, lo cual corrobora que él y sólo él era el blanco buscado y que la Marina no tuvo el afán de “matar al pueblo inocente en Plaza de mayo”, tal como él mintió posteriormente contradiciendo su propio mensaje oficial del día 17 de junio.

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A continuación, durante el discurso que estamos analizando, el vacilante Perón se dio el gusto de “condenar” la quema de las Iglesias pero acusando de tal barbarie no a los propios sino “al comunismo internacional”, recriminación que a estas alturas no era tomada en serio ni siquiera por sus incondicionales: “El gobierno de la Nación deplora y condena enérgicamente los desmanes que en la víspera cometieron elementos comunistas en diversos sitios de la ciudad”[5], agregando: “Ya sabemos perfectamente bien quienes se organizan para tales actos y quiénes son los que sacan provecho de ello, de manera que sobre nuestra conciencia no pesa ni pesará ninguno de esos hechos. En estos días, indudablemente, han aprovechado los comunistas” y con cínico tono sacerdotal, quien desde su insistente micrófono venía enardeciendo a propios y ajenos durante una década ininterrumpida de beligerancia verbal, añadió “nosotros no estamos predicando la lucha ni la guerra, estamos predicando la paz, no predicamos la maldad, sino la bondad”[6].

Otro aspecto curioso pero coherente con este aplacamiento de Perón, lo constituyó el hecho de que el dictador no se animó a fusilar a los militares rebeldes que se habían rendido tras el alzamiento del 16 de junio sino que tan sólo los encarceló. Es decir, a quienes les arrojaron bombas encima suyo les propinó la misma sanción que habitualmente su régimen le daba a un agitador comunista o a un revoltoso estudiante de la UBA y por cierto una sanción muy inferior a la que le dio por ejemplo al sindicalista Cipriano Reyes. ¿Por qué tan blando con enemigos tan osados? Por supuesto que sus adictos consideraron esto como un “gesto de grandeza del conductor”, pero lo más probable es que Perón temió que si mandaba a matar a los sublevados, de la respuesta y posterior represalia de sus enemigos no saldría vivo. Perón siempre fue un gran verdugo ante contradictores débiles o manejables, pero ante enemigos arrojados o temerarios que tuvieran poder determinado de daño concreto, siempre se sintió dubitativo y amilanado.

En cuanto a la quema de las Iglesias (la misma noche después de los bombardeos del 16 de junio los grupos de tareas de la dictadura de Perón incendiaron 12 Iglesias y asesinaron un Sacerdote), la pregunta sobre la que siempre se discutió fue la siguiente: ¿Perón dio la orden de incendiarlas? Si Perón no dio la orden por acción la dio por omisión, puesto que no hubo absolutamente ninguna medida estatal dirigida a repeler la gigantesca hoguera que durante horas ardía en todo Buenos Aires. Deliberadamente los bomberos y la policía se abstuvieron de intervenir durante toda la noche y ese abstencionismo sí que fue sistemático y organizado, pero fue una pésima jugada de Perón, puesto que el impacto emocional que generaba ver tantas Iglesias quemadas afligió al país entero y recordó a muchos católicos las atrocidades cometidas por el bando republicano durante la guerra civil española. Efectivamente, el problema que tenía la dictadura peronista con este macabro espectáculo era que la respuesta política a los bombardeos a Plaza de Mayo (que Perón bien podría haber capitalizado en su favor para denostar a sus enemigos) pasaron a constituirse rápidamente en noticia vieja, al ser reemplazada por la quema de las Iglesias cuyos escombros y cenizas duraron meses ante la vista indignante de una ciudadanía que por entonces mantenía una viva y mayoritaria Fé Católica.

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Como si la ostensible inacción de la policía y de los bomberos fuesen pruebas insuficientes para culpar al régimen de la barbarie incendiaria, se supo tiempo después por confesión del matón y ex líder de la Alianza Libertadora Nacionalista Guillermo Patricio Kelly que “La banda que perpetró los sacrilegios estaba compuesta por 125 personas”[7] y que la cuadrilla principal de incendiarios estaba constituida por 65 militantes que salieron del edificio central del Partido Peronista (rama masculina) y se dirigieron a la Curia; un segundo grupo organizado por el Ministerio de Salud Pública se dirigió a incendiar las iglesias de Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio y Nuestra Señora de La Merced; y una tercera patota proveniente de un servicio de informaciones fue la que atacó la Iglesia de San Nicolás y Nuestra Señora del Socorro[8].

El régimen argentino estaba en su peor momento interno y padeciendo el máximo descrédito externo. Del otro lado del Atlántico, Sir. Wiston Churchill pronunciaba un devastador dictamen sobre el desdibujado dictador argentino: “Perón es el primer soldado que ha quemado su bandera y el primer católico que ha quemado sus iglesias”[9].

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TAPA PERON SOLA


[1] RUIZ MORENO, ISIDORO J: “La Revolución del 55”. Buenos Aires; Claridad, 2013.  Pág. 302.

[2] RUIZ MORENO, ISIDORO J: “La Revolución del 55”. Buenos Aires; Claridad, 2013.  Pág. 302.

[3] PAGE, JOSEPH A.: “Perón, una Biografía”. Ed Sudamericana de Bolsillo, 1 edición, año 2005.. Pág 374

[4] Citado en Gambini, Hugo. “Historias del Peronismo (La obsecuencia-1952-1955)”. Ediciones B Argentina S.A.,  2007. Pág.405.

[5] ORONA, JUAN V.: “La dictadura de Perón”. Colección Ensayos Políticos Militares, Tomo IV; Bs.As, Talleres Gráficos Zlotopioro, 1970, pág. 232.

[6] ORONA, JUAN V.: “La dictadura de Perón”. Colección Ensayos Políticos Militares, Tomo IV; Bs.As, Talleres Gráficos Zlotopioro, 1970, pág 135

236-238.

[7] Citado en Gambini, Hugo. “Historias del Peronismo (La obsecuencia-1952-1955)” Ediciones B Argentina S.A.,  2007. Pág. 407

[8] Citado en Gambini, Hugo. “Historias del Peronismo (La obsecuencia-1952-1955)” Ediciones B Argentina S.A.,  2007. Pág 406

[9] Citado en María Zaldívar, “Peronismo Demoliciones, sociedad de responsabilidad ilimitada”. Edivern, 2010, BsAs, páginas 213.

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