Sáb. May 21st, 2022

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

El desafío de la nueva derecha

ENTREVISTA CON FERNANDO ROMERO MORENO, AUTOR DE UN RECIENTE ENSAYO SOBRE EL TEMA.

Desconcierta a la izquierda la inesperada irrupción de un sector que empieza a disputarle la hegemonía del discurso público. El reto de imponer la agenda y superar los límites de una convergencia entre visiones no siempre coincidentes. POR AGUSTÍN DE BEITIA

Entre las novedades literarias que trajo el fin de año hay dos libros que se interesan por el auge inesperado que tuvo la derecha en distintos países, un fenómeno que invita a volver la mirada hacia la Argentina. Las nuevas caras de la derecha, de Enzo Traverso, y ¿La rebeldía se volvió de derecha?, de Pablo Stefanoni, son los títulos de estos dos ensayos que, al menos por su presentación, parecen adoptar el enfoque acostumbrado: aproximarse a este objeto de estudio con desconcierto, como si fuera algo extraño, incómodo, inadecuado. Semejante perplejidad expresaba semanas atrás un artículo periodístico local por la vandalización de símbolos de la «memoria, verdad y justicia» que viene ocurriendo desde hace seis meses. Un desafío inesperado a esa versión de nuestra historia reciente que la izquierda creía haber fijado como canónica de una vez y para siempre. El estupor se debía a otras dos osadías: la llegada al Congreso de voces disidentes a esa narrativa oficial sobre nuestro pasado y el creciente «negacionismo». ¿Hay en la Argentina una nueva derecha que pierde sus complejos? ¿Puede emerger con fuerza como sucedió en el último tiempo en otros países?

Las respuestas a estas preguntas están en el núcleo de un muy interesante ensayo del abogado, profesor universitario y escritor Fernando Romero Moreno, La nueva derecha. Reflexiones sobre la revolución conservadora en la Argentina (Grupo Unión), que tiene ya unos meses en el mercado sin haber concitado la debida atención periodística. El atractivo especial de este libro es que estudia este proceso desde la infrecuente óptica del tradicionalismo católico.

Se trata, por lo tanto, de un valioso estudio que sirve de estímulo para el pensamiento y para el debate. Romero Moreno (Capital Federal, 1968) repara en que, así como hubo un auge de la derecha en el exterior, también en nuestro país hay ahora un cierto número de figuras emergentes a las que identifica con esta corriente política, además de instituciones, centros de estudio y periódicos digitales. Sobre todo, desde la llegada al poder del kirchnerismo.

En su opinión, «hay signos» de que ellos «empiezan a disputar el discurso público», como sucede con Victoria Villarruel con su defensa de las Víctimas del Terrorismo marxista; José D» Angelo con sus denuncias concretas sobre el «curro de los DD.HH.»; Nicolás Márquez o Sebastián Miranda con la revisión histórica de la guerra que vivimos en los 70; Pablo Muñoz Iturrieta con su reacción contra la ideología de género y a Agustín Laje Arrigoni con su desafío a la izquierda cultural.

NUMEROSOS

Los nombres que aporta de esas figuras emergentes son numerosos. Ellos se suman a referentes más antiguos como Vicente Massot, Alberto Solanet, Gerardo Palacios Hardy, Néstor Sequeiros, Juan Luis Gallardo y muchos más. La enumeración es realmente amplia.

El objeto de su reflexión es considerar cómo podría afianzarse y crecer este sector, para lo cual postula la necesidad de formar un frente, o alianza política, entre conservadores, tradicionalistas, nacionalistas y liberales clásicos, «en torno a propuestas de mínima, sin desconocer las diferencias de máxima».

Romero Moreno, que es autor del ensayo El nacionalismo, ¿una opción autoritaria?, y de numerosos artículos, dedica un capítulo a cada una de esas corrientes, con su origen y desarrollo, para demostrar que esto es posible.

Incluso llega a imaginar dentro de ese frente a radicales y peronistas de línea nacional-cristiana, republicanos y promercado.

La hoja de ruta pensada por Romero Moreno, sin embargo, no conforma a todos, en un sector que desde hace mucho tiempo está atomizado. Hay quienes ponen reparos a ser considerados parte de esa nueva derecha, como también al propósito de participar «dentro del sistema», y a la elección de algunos de estos compañeros de ruta.

Por eso el autor aclara que su convocatoria es sólo para quienes adhieren a un marco axiológico común: quienes admitan o respeten la Doctrina Social de la Iglesia y la Escolástica española, pues «allí -dice- están las fuentes de nuestra Tradición». Su exclusión de los liberales progresistas e iluministas es deliberada. Pero surgen dudas también sobre qué tan vinculante será esto para otros a los que sí imagina sumar.
Sobre la viabilidad de dicha alianza, el objetivo que tendría y otros asuntos, La Prensa conversó con el autor por correo electrónico. Aquí, los tramos salientes.

-¿No hay un riesgo en la traslación de hechos ocurridos en el exterior? ¿El éxito de Vox, Trump, Orban o Bolsonaro, podría replicarse aquí?
-Siempre existe ese riesgo. Creo que la importancia de la Nueva Derecha, al menos en Occidente, es que ha permitido que surjan alternativas distantes tanto de la izquierda populista en sus distintos matices (Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, Leonardo Boff, Alvaro García Linera, el Grupo de Puebla) como del globalismo, sea el de tendencia neoconservadora (Norman Podhoretz, Irving Kristol, Samuel Huntington, el Francis Fukuyama de los 90, Paul Wolfowitz, Dick Cheney, Donald Rumsfeld) o el progresista (Escuela de Frankfurt, Foucault, Jacques Derrida, Hans Küng, Shulamith Firestone, Klaus Schwab, Xi Jinping, George Soros, etc.). Alternativas «conservadoras» donde todos defienden, con sus más y sus menos, los valores tradicionales y cristianos de Occidente, la existencia de un derecho natural, las soberanías nacionales, la importancia de economías de mercado que no tengan compromisos con los distintos modelos de «capitalismo prebendario, nacional o supranacional», la defensa de la vida humana inocente y de la familia, la libertad de enseñanza, la difusión de la propiedad privada, etc. La riqueza de este movimiento heterogéneo es precisamente su ausencia de utopismos ideológicos y su adaptación a las diversas circunstancias de tiempo y lugar.

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TACTICO

-Usted habla de un acuerdo táctico. ¿Busca salvar lo salvable? ¿Es un ejercicio de realismo político? ¿O una apuesta a largo plazo: una apuesta al valor que tienen las leyes como formadores de conciencia social?

-Es sobre todo una propuesta para frenar (al menos durante un tiempo) ciertos males y tratar de alcanzar algunos bienes. En tal sentido responde al sano realismo político de «ser prácticos sin ser pragmáticos», que nos enseñaba Don Ricardo A. Paz y puede colaborar, ¡cómo no!, con el valor pedagógico de la ley positiva. Pero también es una propuesta que no cae en la ingenuidad de pensar que «se puede cambiar el sistema desde adentro». Una alianza de mínimos dentro de un sistema que es perverso (por sus propios condicionamientos ideológicos, financieros y mediáticos) en sí mismo no parece mucho. Y en verdad, no lo es. Pero al menos permite «salvar lo salvable», como usted dice. Que no es poco, al menos cualitativamente. Un ejemplo: los primeros proyectos de educación sexual impulsados desde el Gobierno en nuestro país vienen de tiempos de Alfonsín, a mitad de los 80. Pero hubo resistencia, tanto desde algunos partidos políticos como desde distintos sectores sociales. De modo que sus promotores debieron esperar al año 2006 para conseguir que se aprobara una ley como la 26.150 de ESI. De no haber existido esos «katejones», tendríamos ESI desde 1987 por lo menos. Dígase lo mismo del «retraso» que sufrieron otros proyectos como los de salud reproductiva, «matrimonio» igualitario, legalización del aborto, etc.

-Una tentación habitual de la derecha es confiar en la imitación de la izquierda para obtener un éxito semejante. ¿Alcanza con eso, o incluso con una alianza, para hacer frente a una fuerza que es global, que opera desde diferentes partidos, organismos supranacionales y ONGs, y que cuenta con dinero, medios de comunicación, intelectuales, docencia, justicia?

-No alcanza. Si vamos al problema de fondo, hay que recordar con Don Juan Donoso Cortés que detrás de toda cuestión política hay siempre una cuestión religiosa. Y si bien hay muchas cuestiones políticas de carácter opinable y/o prudencial, la raíz de nuestros problemas actuales se encuentra en los errores de la Modernidad «ideológica» (cuyos hitos fueron en lo religioso la Reforma Protestante de 1517; en lo político las revoluciones liberales de 1688 en Gran Bretaña, 1776 en los EE.UU y 1789 en Francia, a las cuales no fue ajena la fundación de la Masonería moderna en 1717; la Revolución Soviética de 1917 y el Nuevo Orden Mundial en 1989; y en lo cultural, el inmanentismo subjetivista de toda o casi toda la Filosofía moderna, a partir del nominalismo del siglo XIV hasta llegar al escepticismo e irracionalismo posmodernos). Si el origen de los problemas es tan antiguo (¡ocho siglos!); si no se han podido separar los errores ideológicos modernos de ciertas realidades de la Modernidad «cronológica» buenas o indiferentes en sí mismas; y si además esos errores se han expandido hacia adentro de la Iglesia Católica, pues entonces es clarísimo que no alcanza con una alianza político-cultural y menos con una de naturaleza electoral. La contrarrevolución cultural y espiritual deberá ser siempre lo primero, y eso empieza por uno mismo. Luego está la familia, el municipio, el oficio o la profesión, el mundo de la educación y la cultura. Sólo quien tenga esto claro, entonces sí podrá ver con qué objetivos, medios y condiciones conviene o no fomentar una alianza política.

SUSTENTO

-En su libro usted afirma que la sociedad es más conservadora que sus dirigentes, pero reconoce también que en las últimas décadas esa sociedad sufrió un proceso de erosión, masificación o lumpenización. ¿Qué sustento tendría entonces un acuerdo entre fuerzas políticas como el que usted imagina? ¿Puede confiarse en que los representados quieran realmente eso que se supone en ellos?

-Es una buena pregunta. Y está claro que muchas de las cuestiones que hemos abordado hasta aquí, al hombre común le importan poco. Pero tampoco es que apoyen de modo militante la agenda progresista. En tal sentido y aunque con carencias cada vez mayores, hay que decir que gran parte de la sociedad conserva aún una buena dosis de sentido común. El ciudadano corriente lo que reclama es un orden económico que le permita tener un trabajo digno, poder satisfacer sus necesidades fundamentales y las de su familia, y ahorrar; exige seguridad para que estén mejor protegidos la vida, la integridad física, las sanas libertades y la propiedad; reclama que los malos sean sancionados y los buenos, premiados; y podríamos seguir. Es a ese ciudadano corriente al que hay que ofrecerle alternativas que brinden soluciones concretas a problemas concretos. Si eso se logra, es probable que jamás se le ocurra votar por los que levantan las banderas del lenguaje inclusivo, el cambio climático, los llamados «delitos de lesa humanidad», etc. Pero por lo mismo es que parte de la batalla cultural debe apuntar a que no se pierda dicho sentido común y a que se vaya recuperando lo que por el momento ha sido sepultado por «lo políticamente correcto».

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LAICIDAD

-Si el fondo de la crisis argentina es religioso, pero las fuerzas candidatas a ese acuerdo difieren en la confesionalidad o laicidad, ¿un acuerdo de mínimos no condicionaría la suerte de grandes preocupaciones sobre el país, como su identidad misma o su destino, ya en grave entredicho? ¿La laicidad -en su versión intolerante o moderada- no busca impedir que la fe impregne la política?

-Es imposible cualquier tipo de alianza sin un marco axiológico común. De allí mi insistencia en que el marco axiológico común de la Nueva Derecha debe ser la Doctrina Social de la Iglesia, cuyos principios y medios de carácter moral son compartidos por muchos no católicos. Aclarado lo anterior, hay que recordar que para un católico ortodoxo sigue vigente que el ideal de máxima es el Estado Católico (no confundir con Estado clerical, integrista, fundamentalista, etc.), respetando la libertad civil en materia religiosa que la prudencia indique en cada caso respecto de los cultos no católicos. Hoy parece poco probable la restauración en plenitud de este ideal, aunque haya que seguir estudiando el tema, defendiéndolo y dando razones de su necesidad. Lo que sigue siendo posible en cambio (y en esto coinciden tradicionalistas y liberal-conservadores) es en defender lo que tenemos y usarlo en un sentido realmente operativo, no meramente retórico. No es lo mismo laicismo (separación hostil entre lo religioso y lo político) que laicidad o sana laicidad (distinción sin separación entre lo religioso y lo político). Aunque hay matices, los liberal-conservadores en la Argentina suelen defender que se mencione a Dios como fuente de toda razón y justicia, que exista una unión moral entre la Iglesia y el Estado, que la ley positiva se subordine a la Ley Natural, que la Fe no quede reducida al ámbito privado, etc. Los tradicionalistas pretendemos más y somos especialmente críticos con posturas como las de Maritain o John C. Murray. Pero dadas las circunstancias actuales, donde lo que se fomenta es un laicismo radicalizado y una clara cristianofobia, podemos y debemos promover ese mínimo común denominador que compartimos con los liberal-conservadores, sin por eso renunciar al ideal de máxima que es la Cristiandad: la mención a Dios en el Preámbulo de la Constitución, la confesionalidad implícita del art. 2, el reconocimiento de derechos naturales de las personas y de los pueblos no sujetos a los cambios de mayorías circunstanciales, el carácter de persona jurídica de derecho público de la Iglesia Católica y la sana libertad religiosa. Una acción conjunta en tal sentido permitiría recobrar espacios en los que la Fe católica es más necesaria que nunca (la sanción de las leyes, la educación, los medios de comunicación, etc.), impidiendo que siga avanzando el secularismo que usted bien denuncia y salvaguardando la Fe fundante de nuestra cultura, que no es otra que la católica heredada de España.

Indulgentes y puristas

Frente a la propuesta de Fernando Romero Moreno, cuesta imaginar que conservadores o liberales clásicos tengan objeciones para celebrar un acuerdo «de mínimos» con otras fuerzas políticas, y sin embargo no cuesta ver las divergencias que ya se manifestaron entre los católicos más conscientes de su fe, divididos entre favorables a tal alianza y «puristas». A estos parece estar dirigido en especial su libro, donde abundan las citas de los santos padres y de autores como Meinvielle, Castellani y otros. Pero Romero Moreno aclara que «resistencias hay en todos lados».

«Hay liberales clásicos tan individualistas que difícilmente estén dispuestos a realizar una alianza con otros sectores que, para ellos, son simplemente socialistas», aclara.

«Además, esta clase de liberales suele tener una mentalidad economicista, lo que les impide ver el verdadero trasfondo de la llamada batalla cultural. En tal sentido, ese liberalismo es más parte del problema que de la solución», dice.

«En cuanto a los nacionalistas y tradicionalistas de corte «purista», hay que distinguir», señala.

«Algunos están en desacuerdo con este tipo de alianzas, pero las respetan. No son «puristas» sino personas que piensan y ven con malos ojos el fenómeno de la Nueva Derecha. Es un análisis que tiene fundamento y, aunque yo no lo comparta, me parece sano que exista. Es totalmente respetable», concede.

Distinto es, para el profesor, el caso del «purismo», al que prefiere denominar «puritanismo político». En ese caso, cree que su postura «responde a una mentalidad que no suele distinguir entre lo verdadero y lo opinable, lo normativo y lo prudencial, y a la cual le cuesta mucho aplicar a la política los principios de la moral clásica, como la distinción entre cooperación material y formal respecto del mal, las acciones de doble efecto, lo intrínsecamente malo, etc.»

«No se trata de malas personas, al contrario -aclara-. Son patriotas y honestos, además de cultísimos en no pocos casos. Pero padecen una cierta «ideologización» tanto de la Fe católica como del tradicionalismo político. Su influencia, sin embargo, es cada vez menor en este punto», considera.

A.D.B.

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