El Cisne Negro – Por Vicente Massot

El fenómeno tenía dimensiones gigantescas pero nadie fue capaz de percibirlo. Semejante a una ola que, por espacio de semanas o de meses se hubiese formado de manera silenciosa en el fondo del océano para —de buenas a primeras, sin anuncios— abatirse sobre todos nosotros, los resultados electorales constituyeron una sorpresa nunca antes vista en la historia de los comicios presidenciales de la Argentina. Sciolistas y macristas, radicales y kirchneristas, periodistas y encuestadores, analistas y personas del montón, todos habían adelantado sus opiniones y todos, en mayor o menor medida, tenían sus expectativas y esperanzas depositadas en lo que sucediese el domingo.

En las tiendas del FPV descontaban, con una seguridad digna de mejor causa, el cómodo triunfo de su candidato, si bien —al mismo tiempo— no se animaban a dar por clausurada la posibilidad del ballotage. En los cuarteles de Cambiemos le prendían velas a la Virgen para que Scioli no llegase a 40 %, de la misma manera que confiaban en la buena elección que haría María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires. En el bunker de Massa, aunque con cierta timidez, no eran pocos los que confiaban en dar el batacazo y meterse ellos y no el candidato de Cambiemos en una segunda vuelta.

Aníbal Fernández, en petit comité, sostenía que ganaba por tres o cuatro puntos, cuarenta y ocho horas antes de marchar a las urnas. Otro tanto pensaban los principales barones justicialistas del Gran Buenos Aires —con la diferencia que ellos, con más batallas a cuestas que el jefe de gabinete del gobierno nacional, creyeron, hasta el mediodía del domingo que, como era ya costumbre, tenían la vaca atada y les ganarían a los jovenzuelos macristas con la fusta bajo el brazo.

Pues bien, nada de ello ocurrió. Un verdadero tsunami arrasó con todas y cada una de esas expectativas. Sepultó a varios pesos pesados del oficialismo y del arco opositor para siempre y encumbró a figuras que, a partir del lunes a la madrugada, figuran ya entre las más importantes de la política criolla. El rostro más patético de la derrota fue el del jefe de gabinete, Aníbal Fernández; la cara más luminosa, la de María Eugenia Vidal. Los dos —cada uno a su manera, podría decirse— simbolizan el triunfo y la derrota y explican, en buena medida, por qué apareció en escena un cisne negro. La Vidal ganó con 1.100.000 votos más que en las PASO, de los cuales unos 700.000 se debieron al corte de boleta. Obtuvo siete puntos más que Macri y lo hizo crecer cuatro puntos.

Si sobre alguien debe recaer la principal responsabilidad del naufragio oficialista, esa culpa le corresponde a Cristina Fernández en grado superlativo. Ella confeccionó las listas de diputados y senadores; impulsó a Aníbal Fernández; se metió en forma inoportuna en la campaña de Scioli y dejó en claro que era la dueña del FPV a expensas de un candidato, al cual rebajó a la categoría de subalterno en cuanta oportunidad tuvo a su alcance.

Claro que las andanzas de la viuda de Kirchner, por imprudentes que hayan sido, no agotan el tema. Daniel Scioli también hizo lo suyo. Timorato, siempre pendiente de los eventuales retos de La Señora, incapaz de demostrar su razón independiente de ser y temeroso de plantarse ante la presidente cuando ésta bajo línea a favor de Aníbal Fernández, pagó caro su falta de personalidad.

Por fin, está el inefable Aníbal. La dimensión de la debacle no hubiese sido de semejante dimensión si otro hubiera sido el candidato a gobernador de Buenos Aires. ¿Habría pasado lo mismo con Florencio Randazzo o Julián Domínguez? Seguramente no, pero en el universo K —anclado como está en el verticalismo y atenazado por el temor reverencial que suscita la figura de Cristina Fernández— disentir es algo prohibido.

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Todos pensaron que, aún arrastrando una pésima imagen pública y despertando sospechas en relación a sus eventuales vínculos con el narcotráfico, igual Aníbal Fernández superaría a la candidata de Cambiemos, en razón del peso electoral de Scioli. ¿Cómo imaginar que habría tamaño corte de boleta? En teoría, parecía imposible. Sin embargo, la ola silenciosa estaba en marcha. Contra el vaticinio unánime de que La Morsa no podía perder, hubo en una gran parte del electorado bonaerense la convicción tácita de que todo tenía un límite. No fue un motivo ideológico el que le cerró el paso al jefe de gabinete. En el ánimo de la gente que cortó boleta no existió necesariamente un soterrado espíritu antiperonista o antikirchnerista. Fue la sensación de que no podían votar a un político acusado de vínculos con las mafias de la droga cuanto obró el cambio. Unida —por supuesto— a los aciertos de la campaña de Vidal y a su imagen de mujer trasparente, joven y talentosa.

Al margen del distrito bonaerense —donde apenas superó por tres puntos a Macri— Scioli perdió en Capital Federal, Córdoba, Mendoza y Santa Fe. Los cinco distritos —que sumados acreditan 70 % del padrón nacional— le fueron esquivos. De nada le valió ganar en la mayoría de las provincias restantes si donde pudo festejar lo hizo a medias. Respecto de las PASO, apenas sumó en esta ocasión 280.000 votantes más, mientras Sergio Massa incorporó al UNA 570.000 y Mauricio Macri se alzó con 1.600.000 votos adicionales a su candidatura. Así, el FPV verá reducido seriamente el número de sus bancas en la cámara baja; y en cuanto hace al Senado de la Nación, habrá que ver cuánta fidelidad —si acaso alguna— le testimoniarán a Cristina Fernández los senadores peronistas en el caso de que Scioli pierda el próximo 22 de noviembre, en la segunda vuelta.

El referido tsunami —como no podía ser de otra manera— sumergió al oficialismo en una crisis inédita. El kirchnerismo sufrió sólo dos reveses de consideración —en 2009 y en 2013— en su derrotero de poco más de doce años. Francisco De Narváez primero y Sergio Massa más tarde pusieron al descubierto que el FPV no era invencible; pero en ambas ocasiones se trató de comicios de índole parlamentaria, donde no estaba en juego la presidencia de la República y por lo tanto —aun si llevaba la peor parte— el kirchnerismo no perdía el poder. Ahora las cosas se presentan distintas.

Las ventajas que el oficialismo daba por descontadas antes del domingo lucen astilladas o se han desvanecido sin dejar rastros detrás suyo. En primer lugar, por de pronto, ha estallado —a ojos vista del país— la interna que hasta el día de las elecciones existía como una realidad soterrada. Aníbal Fernández, con su habitual locuacidad brutal, no pudo ser más claro en la materia: cargó contra Jorge Lanata y contra el fuego amigo. Pero no es el único que, a esta altura, se halla dispuesto a pasar facturas. El núcleo duro del sciolismo —cierto que de puertas para adentro y en voz baja, como es su estilo— considera que es menester tomar distancias del kirchnerismo, en tanto que el sindicalismo que ha cerrado filas con el gobernador bonaerense le hizo llegar al candidato idéntica opinión.

En el espacio K, cristinistas y sciolistas se chocan hoy en los pasillos y aún no han terminado de realizar el duelo correspondiente. Estupefactos, sólo atinan a pelearse entre ellos y enrostrarse sin misericordia pecados y desaciertos, que los tirios atribuyen a los troyanos, y viceversa.

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Por otro lado, aunque intenten disfrazar su desazón, el resultado del domingo ha significado para muchos de ellos —básicamente, intendentes de la provincia de Buenos Aires— una catástrofe que los deja fuera de carrera. Por lo tanto, en los próximos veinte días no moverán un dedo en favor de Scioli. El aparato del PJ está desvencijado y —para colmo de males— los derrotados tanto como los vencedores, carecen de estímulo para redoblar el esfuerzo y apoyar con el peso del territorio que todavía dominan al candidato del FPV.

Por último, Scioli se halla atrapado en un callejón de difícil salida: si no demuestra su razón independiente de ser de Cristina Fernández —empresa en la cual, aparte de su voluntad, necesita la venia de la presidente— está condenado a una elección en la cual sólo lo votarán quienes ya lo hicieron antes. Si en cambio decidiera asumir su mayoría de edad sin tener el visto bueno de la presidente, el fuego amigo de Balcarce 50 lo obligaría a disputar una lucha en dos frentes, contra Macri y contra la Casa Rosada.

Los problemas del gobernador bonaerense son de órdago. No se reducen a la provincia que gestionó, pobremente, durante ocho años. En Capital Federal y Córdoba resultó arrasado. En Mendoza fue superado por diez puntos y en Santa Fe —donde Perotti le ganó a Reutemann— perdió por cinco puntos. Hizo la peor elección de un candidato peronista desde 1946 y sólo creció un mísero 11 % si se comparan los votos del domingo con los de las PASO.

En los próximos veinte días Mauricio Macri, en cambio, tendrá que hacer frente a obstáculos no menores pero ciertamente menos acuciantes que los de su rival. Pasó de presunto derrotado por siete u ocho puntos —según cantaban las encuestas— a ganador el domingo. Era punto y se transformó en banca. La ola gigantesca que trastocó el mapa político se desplaza en favor suyo sin que deba preocuparse —como sí Scioli— por cuidar sus flancos. No hay doble comando en su campaña, no debe demostrar que no será el suyo un poder vicario en caso de llegar a la presidencia, y ha pisado fuerte en la geografía con mayor peso electoral de la Argentina. La ventaja está, pues, claramente de su lado.

Ahora bien y al margen de lo expresado antes, los dos para ganar deben empeñarse, en una empresa de seducción colectiva. Deben convencer a ese 21,5 % del electorado que votó a Massa —unas cinco millones de personas, aproximadamente— que ahora debe votarlos a ellos. Como el tsunami ha arrastrado todas las convicciones sostenidos antes del domingo a la tarde, casi nadie repite que Scioli lleva las de ganar en razón del sesgo peronista de los votantes de UNA. Después de lo ocurrido en el distrito bonaerense, ¿quién podría adelantar que el peronismo votará masivamente por Scioli?; ¿quién se animaría a sostener que los seguidores del de Tigre son más peronistas que antikirchneristas?; ¿quién podría asegurar que la elección se hará con base en las categorías mencionadas? Hay que barajar y dar de nuevo.

El 25 % de electorado que decidirá la puja el 22 de noviembre no dependerá de lo que digan Massa, Stolbizer y Rodríguez Saá. Los acuerdos que eventualmente puedan cerrar los dos finalistas y los tres presidenciables que quedaron fuera del ballotage tendrán una importancia decisiva en punto a la gobernabilidad futura y a las coaliciones parlamentarias que será necesario forjar. En cambio, determinarán poco o nada la elección de esos cinco millones de argentinos. La gente no acepta más tutores.

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