El camino de Santiago. Por Antonio Caponnetto

Ha tomado estado público el estreno de la película “El camino de Santiago”, dedicada al caso Maldonado. En rigor, dedicada a perpetuar la mentira más gruesa y más descarada sobre este sujeto, claramente incurso en actividades anarquistas, delictivas y aún satanistas.

     Como no podía ser menos, una Kirchner, está detrás de este proyecto de falsificación histórica intencional y evidente. Y una banda de seres vitandos que la secundan, de tanta repelencia que pueden competir con su rostro.

     Se han escuchado voces denunciando esta estafa; y no está mal. La primera ley de la historia es no atreverse a mentir; la segunda, no tener miedo de decir la Verdad.

     Pero por encima de la legítima defensa de la autenticidad de lo acaecido, la película tiene claramente un título sacrílego y profanatorio. Porque parodia a sabiendas esa antañona y catoliquísima romería hecha por muchedumbres de peregrinos en homenaje devocional al Apóstol Santiago. Procesión de inequívocas resonancias sacras, de reverberancias litúrgicas, y de fulgurantes connotaciones sobrenaturales.

     Miradas las cosas con propiedad teológica, la denominación del engendro cinematográfico contiene una clara conculcación del Segundo Mandamiento.

     Y una vez más, como tantas, los obispos han callado cobardemente. Ninguno ha salido a cruzar espadas por el honor del gran discípulo de Nuestro Señor Jesucristo, a cuyo solo nombre y mística imagen, España entera se lanzó a la victoriosa Reconquista.

      Ninguno se ha atrevido a convocar a un desagravio público, cuanto pública es la ofensa. Bergoglio acaso, que ya recibió aquiescente a la parentela del delincuente, se haga pasar ahora la película en algún recoveco de su inmerecido sitial romano.

     Pero hoy es la fiesta del Apóstol Santiago. Y por los  infames que callan, hablaremos nosotros. Hablaremos para  hacer primero el encomio de esos leales andariegos, que durante fatigosas jornadas, casi griálicas, con su bordón y su viera, van recorriendo espacios y tiempos signados por la gracia.

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     No es el de ellos el camino de la ruindad apátrida y atea. Es la travesía del creyente, la singladura del pecador contrito y esperanzado, la senda del oteador de cielos nuevos y tierras nuevas.

     Y hablaremos, al fin, en esta Fiesta que supo ser tan hispana como argentina, tan universal como criolla, para pedirle al Apóstol que acepte nuestro desagravio, que nos contagie su brío, que nos instile su entusiasmo, que nos infunda su fervor. Porque la batalla que tenemos por delante es fragosa; y los felones acechan, y los medrosos rondan y los miedosos mandan.

     Lancémonos al verdadero Camino de Santiago.  Es demanda, oblación, fatiga. Pero es también, o por lo mismo, victoria de la Fe, coronación de la Esperanza, apoteósis de la Caridad.

     Que retumbe la plegaria de José Antonio García de Cortazar y Sagarminaga:

«¡Que voy a entrar en combate,

Señor Santiago el Mayor!

Pon en mi clara Bandera

la aguda Cruz de tu amor.

Dame tus armas ardientes,

híncame tu corazón.

¡Quiero hundirme en el asalto

con tu nombre y con tu voz!

¡Que voy a entrar en combate

Señor Santiago el Mayor!».

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