El camino crítico – Por Vicente Massot

Hace veinticinco años, poco más o menos, Carlos Menem —siempre dispuesto a ser invitado a programas televisivos de alto rating y popularidad, como Grandes Valores del Tango y El Soldado Chamamé— lo dejó hablando solo a Eduardo Angeloz en el ciclo que entonces conducían Bernardo Neustadt y Mariano Grondona. El riojano había sido debidamente invitado y se tejieron un sinfín de conjeturas de por qué había hecho mutis por el foro. En realidad, como se sentía ganador y era consciente de sus limitaciones frente a las cámaras, cantó el ausente y a otra cosa. ¿Tuvo en cuenta este antecedente Daniel Scioli? —Nunca lo sabremos.

Es posible que el desteñido debate presidencial del pasado domingo pase a la historia por la silla vacía que dejó el candidato del Frente para la Victoria. También es posible que en los próximos tres o cuatro días, a más tardar, nadie se acuerde ni del faltazo de Daniel Scioli ni tampoco de los discursos enarbolados por sus competidores. En realidad, como estas confrontaciones de ideas le dicen y le dejan algo sólo a una minoría ilustrada e interesada en los asuntos públicos, el gobernador de la provincia de Buenos Aires no se equivocó.

Por de pronto, pocos si acaso algunos de sus votantes se escandalizaron por la inasistencia. Mauricio Macri y Sergio Massa, inversamente, no podían darse semejante lujo. Si imitaban a Scioli corrían un riesgo importante. Pero, además, ¿qué otra razón atendible podía obligar al ex–motonauta —con una cómoda ventaja de ocho o nueve puntos sobre el jefe de Cambiemos y de más de quince respecto del de UNA— a hacerse presente el domingo? Ninguna de peso si se tiene en cuenta que a sus escasas dotes de polemista era necesario agregarle otro inconveniente: si hubiera avanzado por el camino de las definiciones, habría suscitado el enojo de Cristina Fernández.

Los fundamentos en contra de hacerse presente y debatir en una misma mesa con los cinco candidatos restantes eran contundentes. Las eventuales ventajas no resistían análisis. En la Argentina, seamos honestos, el pueblo —o, si se prefiere, la gran mayoría del mismo— no quiere saber. En principio porque nuestro sistema político —más allá de cuanto prescriba la Carta Magna de cuño alberdiano y los insulsos tratados de Derecho Constitucional— no sólo es patrimonialista sino que las componentes democráticas que arrastra son de carácter delegativo.

Si lo expuesto hasta aquí no resultase demasiado convincente, hay un motivo adicional, susceptible de explicar la escasa audiencia de estas tenidas. Lo único que podría transformar un torneo oratorio en un debate de alto nivel está prohibido, no por una ley —que en un país sin instituciones sería lo de menos— como por una regla tácita de la polí- tica criolla: a nadie le está permitido adelantar lo que hará en materia económica so pena de incurrir en un sincericidio. Las generalidades sobre las cuales abundaron el domingo pasado Mauricio Macri, Sergio Massa, Margarita Stolbizer, Adolfo Rodríguez Saa y Nicolás Del Caño no agregaron nada a lo ya conocido. En cambio, del ajuste que inevitablemente deberá encarar cualquiera de ellos a partir del 12 de diciembre, ni una palabra.

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Si no fuera que el pontificar sobre todos los asuntos humanos y divinos —dando de lado con los temas económicos— constituye una práctica hondamente arraigada entre nosotros, resultaría asombrosa. Es unánime la opinión entre los economistas de las tres principales fuerzas y también entre los analistas privados, de que la herencia kirchnerista es una verdadera bomba de tiempo. Alto déficit fiscal, bajo crecimiento, caída de la industria y de la inversión, atraso pronunciado del tipo de cambio, distorsión de precios relativos, escasa generación de empleo privado, inflación del orden del 30 % anual, déficit fiscal rozando 7 % del PBI, escasez (cepo) de dólares y el flanco abierto de los hold–outs, representan otras tantas dificultades para quien sea electo presidente el próximo 25 de octubre o —en caso de una segunda vuelta— el 22 de noviembre. Con la particularidad de que los datos reseñados no hacen las veces de compartimentos estancos, susceptibles de ser separados y abordados uno por uno, sin prisa y sin pausa. Se hallan interrelacionados y nadie en su sano juicio podría pensar siquiera en tratarlos como si no formasen parte de un todo indivisible.

Más allá de si Daniel Scioli gana en primera vuelta, si Mauricio Macri fuerza el ballotage, si María Eugenia Vidal es capaz de triunfar a expensas de Aníbal Fernández o de si Massa puede retener los votos de las PASO, lo cierto es que existe un camino crítico a partir del 12 de diciembre del cual ninguno de los presidenciables está en condiciones de apartarse.

Hay momentos en que jugar a las escondidas con la realidad es posible en tanto y en cuanto el ejercicio sea algo absolutamente circunstancial. Prolongar esa práctica en el tiempo, sin solución de continuidad, siempre resulta suicida. Pero hay momentos en los que la realidad no ofrece resquicio alguno para hacerse el desentendido y mirar para otro lado. La situación es hoy tan seria no solo en razón de los números, fundamentals, o como quiera llamárselos, sino por el espejismo que ha creado la administración K.

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A diferencia de cuanto ocurrió en 2001, no hay una conciencia clara de la gravedad del problema. Mucha gente —de lo contrario sería inexplicable el 39 % de los votos que obtuvo el FPV en agosto— considera que la herencia a recibir no es un bombón envenado. Antes, al contrario, semeja un jardín de rosas. Este dato que la psicología social podría explicar mucho mejor que la ciencia económica, incrementa de manera exponencial el recorrido del camino crítico.

Por eso, ¿quién se animaría a hablar en voz alta y enfrentar la realidad sin pelos en la lengua? Véase que ni siquiera los candidatos testimoniales osan bordear las aristas complicadas. En este orden de cosas, viene a cuento el discurso del actual gobernador de la provincia de Salta, Juan Manuel Urtubey, pronunciado la semana pasada ante el Consejo de las Américas, en Nueva York. Como el mandatario provincial dijera que es menester arreglar las diferencias con los hold outs; que existe un problema energético y que se necesitan estadísticas confiables, al día siguiente salió a cruzarlo el jefe de gabinete en su habitual charla matutina.

El caso merece ser analizado por tres diferentes razones: 1) El salteño no es un gobernador más en la Liga de hecho que Scioli ha conformado, pensando en la relación de fuerzas si llegase a la Casa Rosada. Suena como canciller en un futuro gobierno peronista. 2) Aníbal Fernández, además del cargo que ostenta hoy, es el candidato para suceder a Scioli en Buenos Aires. Y 3) Las precisiones hechas por Urtubey no fueron nada del otro mundo. Sin embargo, erizaron la piel del kirchnerismo, que ensayó la consabida táctica de rebajar la importancia del mandatario norteño —“es la visión de un gobernador argentino, no la de un nuevo gobierno˝, expresó— para, en realidad, pegarle al candidato presidencial del FPV. Aníbal Fernández, por orden de Cristina Fernández, le llamó la atención a Scioli, marcándole la cancha. Lo que en circunstancias distintas sería anecdótico, en las actuales no lo es. Anticipa la diarquía que se recorta, con mayor nitidez cada día, si acaso el FPV conservase el gobierno y el poder. Pero, al propio tiempo, anticipa las dificultades para recorrer el camino crítico que tendrá Daniel Scioli: devaluar y ajustar la economía.

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