El bolsillo y el tren fantasma. Por Vicente Massot

A esta altura de la disputa entablada, respecto de la suba de tarifas, entre buena parte del arco opositor y el oficialismo, por un lado, y entre la administración gobernante y vastos sectores de la ciudadanía, resulta inútil considerar si Mauricio Macri y su círculo íntimo de colaboradores debieron haber preparado a la opinión pública —campaña mediática mediante— antes de implementarla. Si acaso pudieron hacer algo inteligente a los efectos de atemperar, siquiera fuese en una mínima medida, los efectos que se seguirían de la política puesta en ejecución, ahora es tarde. La cuestión —para decirlo con arreglo a la terminología jurídica— ha devenido abstracta. Como en oportunidades anteriores y, al parecer, sin prestarle demasiada atención a los antecedentes en la materia, la gente del Pro obró en consonancia con su pura voluntad. Claro que tropezó, como era de prever, con la misma piedra de antaño.

No significa el mencionado tropiezo, ni mucho menos, que vaya a perder la partida. Estaba cantado, desde el inicio, que Mauricio Macri no iba a dar el brazo a torcer y que, si para calmar a sus aliados veía conveniente introducirle al alza anunciada algún cambio, éste no sería de fondo. Dicho y hecho: le pasó la pelota a los gobernadores. Unos, como el caso de María Eugenia Vidal, podrán acompañar a su jefe y realizar el esfuerzo de bajar impuestos provinciales como modo de compensar la mayor carga que deberán soportar los usuarios de los servicios públicos. Otros, en cambio, se verán en figurillas a la hora de cumplir con el pedido presidencial. Esto en el caso de que no se nieguen en redondo a seguir el camino que les fue requerido el lunes desde Vaca Muerta.

La Argentina es un enfermo cardíaco que, a vista y paciencia de todos, sigue fumando como si nada sucediese. La discusión alrededor del tema tarifario, como del impositivo, en realidad debiera plantearse con base en el gasto público. En ello reside la madre del borrego.  Basta pasar revista a las propuestas del kirchnerismo, del massismo e inclusive a las del PJ ortodoxo, para caer en la cuenta de su irresponsabilidad. Ninguno es capaz de hacer una autocrítica y de llamar a las cosas por su nombre. Todos, sin excepción, proponen disparates de los que luego el Estado —vía endeudamiento o emisión— deberá hacerse cargo. El núcleo duro de los funcionarios que rodea al jefe de Estado y obran como sus principales espadas, es consciente del problema y no necesita que nadie se lo explique. Pero, de la claridad de pensamiento de Macri, Peña, Quintana, Lopetegui y Aranguren acerca de dónde radica el mal, a la puesta en práctica de las políticas públicas, media un trecho.

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Nada costaría decirle a los argentinos, en idioma trasparente y sin tecnicismos incomprensibles, que deberemos pagar la fiesta de consumo subsidiado a la que la ciudadanía fue invitada por el kirchnerismo por espacio de doce años. ¿Por qué ocultar que no se puede regalar el gas, el agua corriente, la electricidad y el transporte sin sufrir las consecuencias? ¿Por qué el jefe de gabinete —que pasa por ser un experto en comunicación pública— no ha tomado esa empresa elemental en sus manos? Para ello le sobran recursos y, se supone, que cierto talento tiene. Sin embargo, mutis por el foro. Macri, con todo, se salió con la suya. Lleva razón en la necesidad de sincerar las tarifas deshechas por el populismo demagógico. Se equivoca en las formas.

No es hilar demasiado fino sostener la idea de que actúa de tal forma en razón de la seguridad que dan las encuestas. Maniáticos de los relevamientos, Marcos Peña, Duran Barba y sus seguidores se han cansado de leer números favorables en el curso de las últimas semanas. Tras la grita, las movilizaciones, los planteos y los reclamos enderezados contra la suba de las tarifas de los servicios públicos, se esconde un fenómeno nuevo. Es la primera vez que, en punto a la situación personal de la gente, existe un grado importante de insatisfacción que se compadece, sin embargo, con la alta intención de voto del oficialismo. En un análisis a vuelo de pájaro parecería contradictorio. Pero a poco de mirar la oferta opositora, no lo es tanto.

Si se nos permite traer a comento la siguiente figura, diríamos que el bolsillo —la víscera más sensible de los argentinos, según Juan Domingo Perón— de momento no cuenta tanto como el temor a ese verdadero tren fantasma peronista que se recorta en el horizonte. Mientras las distintas banderías justicialistas —con el kirchnerismo incluido, aún cuando su estrategia sea hacer rancho aparte— sigan al pie de la letra el libreto que parece haber confeccionado —para beneficio propio— el estado mayor macrista, el gobierno no tendrá mucho de qué preocuparse en términos electorales. La capacidad de sus opugnadores para equivocar el rumbo, y cometer error tras error, por momentos roza lo increíble. El oficialismo, encantado, por supuesto.

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Nadie podría afirmar, con carácter de verdad absoluta, que el señalado fenómeno vaya a mantenerse en el tiempo y que, en octubre del año por venir, cuando debamos entrar al cuarto oscuro, resistan intactas las mismas condiciones de hoy. Ni aún con la más perfecta bola de cristal cabría sostenerlo. El futuro es de suyo incierto en la medida que no existe. Anticiparlo comportaría un disparate, lo cual no quita que sea lícito proyectar ciertas tendencias y tratar de distinguir aquello que difícilmente cambie en escasos dieciocho meses de aquello otro que seguramente sufra modificaciones.

Si del aluvión de candidatos peronistas apareciese, casi salido de la nada, alguien similar al Menem del 1988, los sueños reeleccionistas del macrismo no lucirían tan claros. Pero semejante posibilidad parece remota. Si al gobierno, por las razones que fuere, en los próximos meses se le cerrasen los mercados de deuda, ni con María Eugenia Vidal a la cabeza conseguiría salvar la ropa. Entre estos dos escenarios, harto improbables en lo inmediato, todavía las ventajas de Cambiemos sobre sus adversarios son indescontables.

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