Sáb. May 21st, 2022

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

El anarquismo está de moda. Por María Zaldívar

El progresivo descrédito que bien ganado tiene la clase dirigente en su conjunto está desembocando en que las sociedades elijan una suerte de nihilismo filosófico y una simpatía por el anarquismo político que colaboran muy poco con un cambio hacia la mejora de la calidad de vida ciudadana.

Occidente se durmió sobre los laureles de sus éxitos; acumuló triunfos históricos que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial a la caída del comunismo, le hicieron creer que la libertad era una conquista permanente, consolidada y definitiva. Si bien aquellos enemigos habían sido derrotados, la prédica contra los valores de la libertad siguió viva y la faena de horadar las raíces de nuestra civilización no se detuvo; simplemente cambió las formas.

En los años ´60 y ´70 surgieron movimientos guerrilleros en distintos países europeos y también de la América hispana, que tuvieron como mecanismo el terror y como objetivo alterar el modo de vida e instalar la dictadura del proletariado, un marxismo del Siglo XX que garantizara la supresión de las instituciones republicanas y los derechos individuales. El rechazo generalizado fue de tal magnitud que hubo un decidido repliegue de los agresores en casi todos los países atacados. Sin embargo, si bien abandonaron las armas, no el objetivo y volvieron, aparentemente pacíficos, sin uniformes de combate envueltos en las banderas de los derechos humanos, el ecologismo, la defensa de los animales, los bosques y el medio ambiente. Surgió la moda de las organizaciones no gubernamentales, frondosamente patrocinadas por conocidos mecenas y hacia fines del siglo explotó también el auge de hacer una causa noble de la homosexualidad y todas sus variantes. Hasta entonces, a nadie se le había ocurrido sentir orgullo de la condición sexual de las personas. Sin embargo, la ideología de género irrumpió como un vendaval para reclamar, imponer y exigir a la sociedad un reconocimiento especial a su sola existencia. Ser “trans” pasó de ser una condición sexual más a ser un orgullo, y militar el aborto, una causa femenina. Pasadas algunas décadas, está claro que el fundamentalismo verde y los movimientos LGTB son la amenaza del Siglo XXI.

Parafraseando a Clausewitz, la agresividad que adoptaron estas “causas” es la continuación de la guerra por otras vías, casualmente condensadas todas en la Agenda 2030, que venía desarrollándose sin tropiezos al son de los mandatos de Bruselas. El virus chino le dio un generoso impulso al delirio autocrático de las clases dirigentes que, en nombre del bien común, establecieron feroces restricciones a la libertad en casi todos los países. En el desconcierto inicial, paralizaron el mundo mientras arrastraban a millones de seres humanos a la indigencia, la soledad, la tristeza o el desamparo; todos encerrados, asustados, ametrallados con información catástrofe; el abismo fue el único lugar seguro de entonces; todo con las mejores intenciones, por supuesto. Hasta que un día la reacción llegó. La gente resistió tantas restricciones, tantas amenazas y tanta falta de humanidad.

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No obstante, el poder político y sus aliados del poder económico intentaron una resistencia que fracasó y, mientras estábamos todos embarcados en el proceso de recuperar nuestras vidas, Rusia atacó un país soberano asesinando civiles y atropellando derechos básicos, lo que convierte a Vladimir Putin en un criminal de guerra.

Este hecho gravísimo afectó los planes del fundamentalismo verde y la Agenda 2030 porque puso negro sobre blanco que la dependencia energética no era tan buena idea y ahora tienen que desmantelar la feroz campaña en la que estaban anotados España y otros países europeos contra las centrales térmicas nucleares y de carbón. La realidad invalidó su discurso buenista y falaz.

Frente a este escenario, los globalistas tuvieron que poner “stop” a su prédica. Pues resultó que las nacionalidades cuentan, los límites geográficos adquieren sentido y también se pone en valor la solidaridad entendida como ayuda humanitaria a los agredidos frente a la violencia autoritaria del agresor.

Frente a este nuevo orden político que asoma tras las enormes transformaciones recientes que la realidad impuso, la población reaccionó antes que la casta política. Y millones de personas a lo largo de todo el planeta se encontraron sin representación, sin políticos que den respuestas a las auténticos desafíos del siglo y no teman en denunciar la invención arbitraria de proyectos que solo tienen como objetivo la pérdida de libertades individuales a favor de un puñado de grande decisores.

El vacío de respuestas ha generado una corriente de simpatía por las propuestas antisistema que, históricamente, provienen de los extremos. En la actualidad está en marcha una radicalización de las posturas que tampoco acercan soluciones reales o, cuyas soluciones extremistas atacan las raíces del sistema democrático. Eso no es bueno ya que, con muchas fallas, ese encuadre político sigue siendo el único formato de convivencia política que garantiza el derecho de las minorías. El autoritarismo y el populismo se asientan en el poder que les otorga el apoyo mayoritario de las poblaciones y destratan, minimizan o hasta desconocen la voluntad de quienes no acuerdan con sus postulados.

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Expresiones de ultra izquierda siempre hubo, pero es importante no perder de vista el dato de su paulatino crecimiento. América Latina es un excelente ejemplo de este inquietante proceso.

Mientras tanto, desde el otro extremo se registra la aparición de un discurso anarquista y combativo que pretende copar el espacio del centro y la derecha a través de recetas disruptivas que, en lugar de trabajar en pos de la paz social y la reconstrucción de los valores, irritan al público, lo enfrentan a las instituciones existentes señalándolas como el enemigo y crean un clima social adverso.

No es más firme en sus convicciones quien descalifica a su adversario y al sistema, del que además participa, sino aquel que se compromete con la defensa del Estado de Derecho, incluidos sus defectos y trabaja en su reparación. Sembrar el odio y la desconfianza a la forma de organización social que implica la vida democrática es un discurso tan peligroso como el marxista y que desemboca en el mismo río.

Para cambiar lo que está mal es imprescindible creer en un marco de convivencia pacífica y respetarlo. Las prédicas antisistema son fáciles de declamar desde los estrados pero sus consecuencias, lejos de solucionar los problemas, agravan la situación del hombre común y lo dejan expuesto al fanatismo y promueven el surgimiento de liderazgos mesiánicos.

Tras el fracaso del globalismo fundamentalista, el desafío de la nueva derecha es proponer un salto cualitativo que deje de beneficiar a las castas de privilegiados que pretendieron digitarnos la existencia y mejorar la vida del individuo, entendiendo que el enemigo no es el sistema político sino quienes se aprovecharon de él para implantar una dictadura de los jerarcas. La diferencia reside entre oponerse a ese sistema viciado y oponerse al sistema a secas porque ahí coinciden los anarquistas de cualquier color con las izquierdas y el globalismo: en la intención de destruir absolutamente todo.

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