El ajuste necesario, del que nadie quiere hablar – Por Franco Tealdi

El autor es miembro del staff del Centro de Estudios LIBRE

En esta campaña electoral –por ahora bastante vacía de contenidos–, es normal que los candidatos intenten eludir y hagan malabares discursivos con tal de no responder y dar detalles de su plan económico.

Es que la palabra “ajuste” deberá figurar en cualquier plan serio de gobierno, puesto que la economía poskirchnerista dejará un sinfín de desequilibrios macroeconómicos que deberán ser solucionados de manera urgente, si es que el próximo presidente quiere volver a encauzar la economía hacia la senda del crecimiento. Dejando factores ideológicos de lado y yendo a los números, veamos.

El déficit fiscal cerrará este año en torno del siete u ocho por ciento del producto, el más alto de los últimos 25 años y con comodidad el más alto de Latinoamérica, detrás del de Venezuela.

Esto en un contexto de asfixiante presión tributaria a los sectores productivos y asalariados, que no tiene registro en la historia. Se recauda mucho, pero se gasta mucho más.

El gasto del enorme e ineficiente Estado ya representa más del 50 por ciento del producto. Entre otras erogaciones, ese monto se explica por los casi 3,7 millones de empleados públicos, más de ocho millones de planes sociales y 7,3 millones de jubilados.

En una población que cuenta con unas 16 millones de personas ocupadas, si se restan los empleados públicos y los empleados informales (35 por ciento del empleo privado), nos quedan unos ocho millones de trabajadores privados en blanco para sostener toda la carga mencionada. Impagable.

Párrafo aparte merece la curiosa dicotomía cultural de la Argentina, donde se organizan huelgas y marchas para pedir por ganancias y retenciones, pero al mismo tiempo se pide más gasto público. Noticia para los sindicatos y población ocupada en general: la única manera de seguir gastando es cobrando más impuestos.

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Problemas graves

Una consecuencia natural de tamaño déficit –el cual se financia con emisión monetaria y deuda– es la elevada inflación. Argentina ocupa un lugar en el podio mundial, justamente en un mundo donde la suba de precios no es problema.

Lo increíble es que estos niveles de aumento sean tolerados por una población ya acostumbrada a convivir con el fenómeno, aunque sea el impuesto más perverso y regresivo de todos.

Pero, además de dañar el poder adquisitivo de los salarios, la inflación generó otros dos problemas silenciosos y graves: atrasos tarifario y cambiario.

El monto de los subsidios a las tarifas contabiliza entre un cuatro y un cinco por ciento del producto interno bruto (PIB). Según un estudio elaborado por una prestigiosa sociedad de bolsa, en la región metropolitana argentina se paga por electricidad el equivalente a dos centavos de dólar el kilovatio, mientras que en Brasil asciende a 15 centavos.

Si hoy se quitaran los subsidios, el costo en el país ascendería a 11,4 centavos. Es decir, un 470 por ciento más y aun así seguiría siendo energía barata respecto de Brasil. Para un país que se dispone a crecer –y que necesita con urgencia inversiones en este rubro clave– es imposible mantener este esquema tarifario tal cual está.

En cuento al tema que más preocupa a la masa de la población –la cuestión cambiaria–, el diagnóstico tampoco es alentador. El atraso cambiario que viene acumulando el Gobierno con tal de no agitar el mal humor social ha llevado el tipo de cambio real multilateral (TCRM) a niveles de mediados de la década de 1990.

El atraso es tal que si el próximo gobierno, no bien asuma en diciembre, decide llevar la cotización del dólar a 13 pesos, el TCRM ni siquiera recuperará niveles de competitividad de enero de 2014.

Aquella época fue la de la devaluación impulsada por el expresidente del Banco Central Juan Carlos Fábrega. Ese ajuste permitió morigerar el atraso. Pero duró poco, puesto que la inflación y, luego, la devaluación de Brasil se encargaron de profundizarlo aún más.

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Se estima que para recuperar niveles de 2010, el ajuste necesario del tipo de cambio es superior al 60 por ciento.

Este esquema de presión impositiva récord, déficit fiscal, inflación y atraso cambiario da como resultado un país que no crece y no genera empleo privado. Hace ya tres años que la situación se prolonga y tampoco está previsto que este año sea diferente.

Fórmula nociva

El Gobierno nacional eligió estancar la economía con tal de no tocar el gasto, los subsidios y el tipo de cambio. Maquilla reservas mediante artilugios y nueva deuda, lo cual implica llevar al Banco Central a un estado de insolvencia patrimonial.

Sube la tasa de interés y hace imposible el acceso al crédito. Aprieta a más no poder al sector productivo, porque siempre es mejor en un año electoral el estancamiento y la mediocridad que dar noticias que al común de la gente no le gustan.

De poner en orden las variables para volver a crecer, que se encargue el que sigue.

No es casualidad, entonces, el repunte en las encuestas del Frente para la Victoria. Está demostrado que, en la Argentina, la confianza en un gobierno aumenta cuando –por atraso cambiario, no por productividad– los salarios medidos en dólares son altos.

Como ya vivimos en incontables oportunidades, esa situación, a corto plazo, sirve para ganar una elección, pero, a mediano plazo, es el combustible perfecto para gestar una crisis. Crisis que inevitablemente vendrá, si no se encara un plan de ajuste serio y creíble.

*Asesor financiero certificado,  analista de mercados, miembro  del centro de estudios Libre

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