El ajuste inevitable. Por Vicente Massot.

En circunstancias como las actuales siempre se plantea la misma duda: ¿conviene ajustar la economía de una vez, instrumentando una estrategia de shock, o más bien, en atención a sus efectos sociales, escalonarla en el tiempo adoptando una política de naturaleza gradualista? El dilema, como se comprenderá, es tan viejo como el mundo y, por supuesto, no es algo que sólo haya atormentado a través de tantos años a los dirigentes argentinos. Mauricio Macri, pues, ha tenido que inclinarse por una u otra receta y lo ha hecho intentando seguir el viejo consejo de Nicolás Maquiavelo. Para decirlo en criollo: todo junto y lo más rápido posible.

Así como el ajuste que se dilata y no se encara es como la carta que no se escribe, así también es desde antiguo sabido que sincerar la economía —cuando se ha vivido una ficción por espacio de años— supone pisar callos, vulnerar intereses creados y dejar atrás una situación en apariencia idílica, para enfrentarse con la dura realidad. Mauricio Macri, como Daniel Scioli, Sergio Massa o cualquiera de los demás candidatos, eran conscientes de que, tarde o temprano, en caso de ganar las elecciones, enfrentarían el dilema mencionado. A su vez, todos ellos, sin excepción a la regla, tenían claro que había anuncios que no podían vocearse en público durante la campaña electoral. Haberlo hecho habría significado un suicidio político.

Los anuncios efectuados en el curso del fin de semana pasado por el titular de la cartera de Energía, Juan José Aranguren, sólo constituyen la punta de un iceberg. Ha sido tan calamitosa la herencia recibida sin beneficio de inventario, que el presidente y su equipo económico eligieron el único camino por delante. Haber dado vueltas en torno del ajuste sin encararlo o haber considerado que era preferible instrumentarlo con cuentagotas, habría constituido un error imperdonable. En eso no se equivocaron. Están por verse las consecuencias que, de ahora en adelante, tendrán las medidas ya tomadas y las que —en la misma línea— se conocerán en las próximas semanas.

Con esta particularidad no siempre reconocida: que en cualquier ajuste —se trate de los Estados Unidos, Uganda o la Argentina— los efectos que sufre la sociedad en parte son el resultado del programa puesto en marcha por el gobierno de turno y en parte son el resultado de cómo se mueve la cadena de precios. En ocasiones el Estado se adelanta al mercado. En otras, en cambio, sucede a la inversa. Hay casos en que una devaluación o un aumento en las tarifas disparan otras tantas alzas en rubros en los cuales el gobierno no tiene arte ni parte. En resumidas cuentas: nadie puede asegurar cómo reaccionaran los principales actores económicos y cuál será el comportamiento de la sociedad.

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Una cosa es clara, aun cuando sea duro decirlo: no hay ajustes incruentos. En esto se parecen a las intervenciones quirúrgicas en donde la sangre y los dolores postoperatorios resultan naturales. Imaginar que la batería de medidas implementada desde el 11 de diciembre a la fecha no tendrían efectos desagradables o que nadie sufriría cuando se pusiesen en práctica, carecía de sentido. Por eso, precisamente, el ajuste debía ser ejecutado a poco de haber Macri asumido la presidencia. La luna de miel no ha terminado; no hay elecciones en el horizonte hasta octubre del año próximo; el peronismo se halla dividido y no zanjará sus diferencias internas en el curso de 2016; los sindicatos carecen de la fuerza de otrora y, si bien una parte considerable de la sociedad no estaba ni está preparada para asimilar los rigores del ajuste, otra —de tanta envergadura como aquélla— era consciente de que las distorsiones generadas por el kirchnerismo no podían resolverse sin crudeza.

Por supuesto, la pulseada entre la actual administración y los gremios con base en las paritarias que se vienen, no será menor. La hipótesis de inflación manejada por el gobierno de entre 20 % y 25 % anual contrasta de manera acusada con el reclamo de aumentos salariales de casi todos los sindicatos involucrados en las negociaciones a punto de iniciarse, de entre 35 % y 40 %. Lo dicho no significa que unos vayan a ofrecer 20 % y los otros no se muevan de 40 %. La cuestión es cómo se zanjarán las diferencias. Solución habrá —como siempre. Pero en punto a los planes del gobierno y a las metas de inflación no es lo mismo un promedio de aumentos de 25 % que uno de 35 %.

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A las ventajas iniciales que tiene Macri —ya señaladas— es menester agregarle el hecho —vaya si importante— de que, más allá de los discursos, nadie desea echarle nafta al fuego. Y acaso quienes se hallan situados en las antípodas del oficialismo y no trepidarían si pudiesen en incendiar el país, hoy no tienen poder para articular una estrategia de esas características. Es muy posible que el kirchnerismo, en el curso de la semana entrante, vea cómo se astilla el dominio —de suyo provisorio— que poseía sobre las bancadas de senadores y diputados en el Congreso Nacional.

Ni el peronismo ortodoxo, ni el massismo, ni mucho menos la Iglesia Católica alientan una política de confrontación. De modo tal que, por ese lado, no existirán palos tirados a las ruedas del carro macrista. Quedan —claro está— los sindicatos. Que en estos menesteres acreditan una capacidad de negociación envidiable y saben, al mismo tiempo, que los vidrios no se comen.

El dato central del ajuste es que —a diferencia de otros momentos críticos de nuestra historia— ha sido el Estado y no el mercado su iniciador. La ventaja del Estado —en términos de las consecuencias sociales que acarrea toda corrección de magnitud en términos del tipo de cambio, de los precios y de los salarios— es que, si no hace las cosas a tontas y a locas, tiene instrumentos para atemperar —siquiera sea en parte— las inclemencias del ajuste. El mercado, inversamente, si se adelanta al Estado, no puede ser sino impiadoso. No porque sea perverso. Sencillamente porque actúa sin plan o lineamiento político ninguno conforme al cual desenvolverse en una instancia así.

De momento, el experimento puesto en ejecución por el gobierno ha sido exitoso. No ha habido una caída —ni siquiera leve— de la imagen del presidente y de su administración. El consenso de que goza el oficialismo sigue por las nubes. Claro que el ajuste recién comienza.

Massot/Monteverde

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