El aborto de “Clarín”. Por Miguel de Lorenzo

“Yo aborté, creo en Dios y soy médica”, así dice una mujer en un reportaje bastante extraño de Clarín. Y decimos extraño porque tiene casi todos los ingredientes de un reportaje armado, de esos que responden a la necesidad de poner en boca de otro, de un protagonista “entendido” en argumentos convenientes. En este caso el aborto.

El “yo aborté”, aunque ella crea en Dios, y aunque muchos otros también creamos ‒y precisamente por eso mismo‒ no deja de ser un crimen, porque va contra la ley de ese Dios en el que creemos, y que es el que definitivamente manda “no matarás”.

En cuanto a “aborté y soy médica”, le informo a la colega, que el hecho de ser médicos no nos distingue del resto de los humanos, y menos aún se podría utilizar como justificación. Le diría que exactamente al revés, nuestro juramento nos compromete a respetar la vida, no a destruirla.

Y con esto no juzgamos –somos nadie para hacerlo– simplemente recordar que creer en Dios, de ninguna manera otorga un salvoconducto para el error, y mucho menos para matar.

“Fue un embarazo deseado y buscado –continúa el reportaje– pero al enterarnos que tenía alta probabilidad de malformaciones. Cambiamos nuestra decisión”.

Doctora, la decisión de tener un hijo ya la habían consumado, ya tenían ese hijo “deseado y buscado” ya estaba en su panza. Tener un hijo no es diversión, es la más alta y grave responsabilidad. Quien le dijo a ustedes que se puede retroceder –si me gusta sí, si no, no‒ eso que llama “cambiar la decisión” en criollo se llama matar.

“¡Qué fácil hubiera sido si mi ginecólogo me hubiera apoyado! Capaz, si me hubiera dado una pastilla abortiva las cosas hubieran sido más fáciles”.

Ahora bien siendo médica la que habla, sus declaraciones tienen mucho de surrealismo. Por ejemplo, que la supuesta médica no conociera el misoprostol, y necesitara que el ginecólogo le indicara “esa pastilla abortiva” es algo demasiado extraño, llegando casi a lo increíble.

Doctora, si otra vez tiene dudas le sugiero consulte a cualquier chica de más de 15 sobre píldoras para antes y después, le dirán todo lo que una médica ignora.

Cuando dice: “solo pensaba en mis hijos”, es probable, pero no es toda la verdad; usted pensaba –solamente‒ en sus hijos nacidos, no parece haber pensado bastante en ese otro hijo que llevaba en el vientre.

Esa mañana, el recorrido hacia la clínica fue en silencio. Yo intentaba estar tranquila, pero el miedo se hacía presente, miedo a lo desconocido, al procedimiento”, a ponerme en manos de un médico al que no conocía…, y sólo pensaba en mis hijos.

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Y sí, en eso la entendemos, que otra cosa queda además del silencio, que otra cosa que callar ante un “procedimiento” donde las mismas palabras enmudecen.

“El miedo al procedimiento” tiene poco que ver con el modo de expresarse de una médica, y “el miedo a lo desconocido” desborda lo inverosímil. Ante esto, no tenemos más alternativas que dudar de la profesión de la entrevistada, porque, o no aprobó todas las materias, o mucho olvidó, o simplemente no es médica la que habla sino un periodista de Clarín.

Pero hay más: “lo más duro, sin embargo no fue eso, sino el haberme sentidosola y desamparada”.

Doc, ¿me permite llamarla así? Y que quede entre colegas, uno siempre está solo con su conciencia, a esa cuestión de la conciencia no la pueden cambiar, ni siquiera los honorables diputados argentinos.

Pero sigamos con las contradicciones, no se puede declarar “creo en Dios” y agregar al lado “si empezamos analizando el tema del aborto desde la religión empezamos mal”. Doc, nadie le preguntó si creía en Dios, no será que usted empezó mal.

Y sigue: “Fue la decisión más dura que tuve que afrontar” y separada por apenas 2 (dos) renglones “…pero lo más duro sin embargo no fue eso” sino haberme sentido sola y desamparada.

Caramba, se ve que la emoción traiciona al redactor de Clarín (la doctora). En un momento dice que el embrión: “aún sin conciencia y sin capacidad de sentir dolor” otra vez mezcla y además confunde los planos, el tema de la conciencia tiene que ver con la persona y en consecuencia con la filosofía, el dolor con la biología.

Doctora, supongamos que su marido por alguna razón estuviera anestesiado, (¿recuerda que hay drogas anestésicas, no?) bien, todos sabemos que en ese momento no se tiene conciencia ni tampoco dolor, ¿nos atreveríamos a matarlo…? Sin embargo estarían dadas las mismas condiciones del embrión.

Por supuesto que no, porqué, por ser persona y esto es territorio de la filosofía. Con la palabra persona, nos referimos a un ser capaz de autoconciencia reflexiva, de poder captarse a sí mismo como existente en el mundo, y capaz de realizar actos propios con plena libertad subjetiva.

Por eso mismo no mataríamos a su marido, porque la persona está más allá de la conciencia y de la ejecución de sus actos, igual, rigurosamente igual que el embrión. Ambos, en tanto vivos, son personas, con independencia de que los demás lo reconozcan o no como tales o que el propio sujeto en determinado momento no sea autoconsciente.

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La biología dice del embrión, es un ser vivo de la especie humana, por tratarse de un ser concebido por seres humanos y que anida en el vientre de la mujer y que de manera absolutamente autónoma, autocoordinada, disponiendo de toda la información genética, y con una huella de ADN absolutamente única e irrepetible, un ser que va dando pasos de complejidad cada vez mayor y que no está en aptitud para retroceder hacia estadios previos. Un ser humano que mientras conserve la vida, su destino será alcanzar la plenitud de lo humano y a ese fin se encamina desde la concepción.

La biología como tal, no puede recurrir a elementos filosóficos, extraños a esa disciplina, y por tanto no puede ni afirmar, ni negar que sea persona, ni el valor y dignidad de la persona humana, aunque si puede hacerlo un científico, si razona como filósofo.

Lo que puede afirmar como ciencia y con total rigor científico es que lo que usted tenía en su vientre era un ser vivo de la especie humana, o de otra manera un hombre.

Más adelante: “Veo marchas de mujeres hasta enfadadas gritando «no al aborto», y ojo, nunca se sabe qué te puede pasar, a vos, a una hija, a un familiar. Hay que saber estar del otro lado”.

Fíjese que curioso doc, yo veo marchas de mujeres desenfadadas gritando furibundas a favor  del aborto. A ver si entendí bien, lo que usted tan astuta y sabiamente estaría proponiendo sería una ley, por si me pasa, una ley por las dudas.

Interesante.

Recuerdo ahora aquel ilustre diputado que apoyaba la ley del matrimonio igualitario para darle el gusto a su hijo…

Finalmente: “Y ese sentimiento fue creciendo y despertó nuevamente gracias al grito de mujeres argentinas que luchan por un país mejor, más justo y con libertad. Tengo tres maravillosos hijos, dos de ellas niñas, futuras mujeres. ¡Vale la pena luchar! ¡No bajemos los brazos!”

En definitiva, el aborto parecería ser, según la campaña desatada en la mayoría de los medios ‒y Clarín no podía faltar tratándose de una destrucción‒ una de las más avanzadas, progresistas y esplendorosas formas de la felicidad.

Doc, o sea Clarín, tal vez el cinismo de ese grito feroz, inhumano, atroz por donde se lo mire, sea escuchado y vivamos un país libremente abortero. De tal modo que usted pueda disfrutar y ver abortar a sus hijas y nietas, una y otra vez, y hasta no poder más. ¡Brava doctora! Una madre no puede anhelar nada mejor para los hijos. ¿No?

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