Mié. Feb 1st, 2023

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Dos interrogantes – Por Vicente Massot

De los muchos interrogantes que pueblan el espacio político, hay dos verdaderamente relevantes. No resultan excluyentes pero no hay análisis, conversación, seminario o tertulia en los cuales no se los trate. Por razones obvias, no es posible ni pertinente pasar delante de los mismos haciéndose el desentendido, como si no valiese la pena detenerse y dar una opinión al respecto. La primera pregunta está referida al resultado de la próxima elección presidencial. Cuatro meses antes de los comicios que consagraron a Carlos Menem en 1989 y luego en 1995, cualquiera sabía que el riojano iba a ganar. Lo mismo ocurrió con Fernando De la Rúa en 1999 y con Cristina Fernández de Kirchner en 2007 y en 2011. En el único caso en que con esa anticipación los argentinos desconocíamos el desenlace electoral terminó triunfando Raúl Alfonsín a expensas de Ítalo Luder. Pero 1983 fue la excepción, nunca la regla. Pues bien, podría decirse que treinta y dos años más tarde se repite el escenario de la polarización con paridad y —consecuentemente— resulta hoy imposible predecir o anticipar —como se prefiera— el resultado final.

Las especulaciones en torno de cuestión de tanta trascendencia son infinitas y hay números adelantados por los encuestadores para todos los gustos en punto a cuanto sucederá el 9 de agosto en las PASO. Las diferencias entre los distintos relevamientos son de semejante calado que tomarlas en serio significaría perder el tiempo. Dejando de lado los trabajos hechos a pedido del comando sciolista —que lo dan al ex–motonauta como cómodo ganador— nadie medianamente serio está en condiciones de anticipar la forma en que votará la gente, no tanto el 9 de agosto como el 25 de octubre. Lo único fuera de duda es que a la elección terminarán de definirla los votantes de Massa, de Stolbizer y de los restantes candidatos de izquierda.

El grueso de los seguidores de Daniel Scioli y de Mauricio Macri hace rato que están definidos. Por lo tanto, no reside en esta gran mayoría el quid de la cuestión sino en las minorías que el 9 de agosto votarán por cualquiera de los candidatos que setenta y cinco días más tarde harán las veces de comparsa, sin posibilidad ninguna de meterse en una disputa que quedará reservada a Scioli y a Macri.

La pregunta que tanto les gusta repetir a los analistas y encuestadores sobre los alcances del cambio y la continuidad a la hora de sufragar, deben planteársela a las mencionadas minorías y no a todo el universo de votantes; o sea, a los que aun no se decidieron o a los que necesariamente, para no perder su voto, deberán elegir en función del mal menor o del segundo mejor. Serán, pues, las minorías de Massa y la de Stolbizer quienes tendrán en sus manos la decisión sobre quién será, en definitiva, el sucesor de Cristina Fernández.

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Esto en cuanto al primer gran interrogante. Pero hay otro —como anticipamos— que tiene como eje central al gobernador de la provincia de Buenos Aires. Son legión los que se preguntan: si es electo, ¿cómo actuará Daniel Scioli frente a la actual presidente? ¿Cuál será su actitud de cara al modelo y al discurso kirchneristas? El tema se las trae y no es gratuito. Conviene aclarar por qué, en este segundo interrogante, no entra Mauricio Macri. Sencillamente en razón de que llega como el representante del antikirchnerismo. Nada le debe a este gobierno y, por lo tanto, nadie duda de que su política, en buena medida, estará en las antípodas de la que viene desarrollándose desde mayo de 2003.

El mandatario bonaerense, en cambio, encabeza la boleta del Frente para la Victoria y se ha asumido como un soldado de la causa. Como él siempre ha aceptado con mansedumbre el liderazgo de Néstor y de Cristina Kirchner, no es un agravio a su figura ni una pregunta caprichosa plantear el problema. Tal cual dijimos semanas atrás, es dable considerar tres escenarios diferentes. Por de pronto, está el de un Scioli desflecado y subordinado, convertido en un presidente con escaso poder. Contrapuesto a éste se halla el escenario de un Scioli que asume el gobierno y ejerce el poder demostrando su razón independiente de ser. En el medio de uno y otro se recorta el cogobierno de hecho, entre un recién instalado en la Casa Rosada que no termina de sostener en plenitud su autoridad y una recién salida que se resiste a abandonar las potestades de antaño.

Es difícil imaginar que el hombre obsesionado con la presidencia —el mismo que no se cansó de repetir, a quien quisiera escucharlo, que no se detendría hasta alcanzar la meta— cuando logre el propósito por excelencia de su vida vaya a pedirle permiso a Cristina Fernández para obrar según su convicción y conveniencia. La idea de que el temor reverencial de hoy continuará el 12 de diciembre como si nada diferente hubiese ocurrido tiene un pequeño inconveniente para resultar creíble: que ese día el funcionario sumiso y vacilante de los últimos doce años tendrá la banda puesta y será él quien empuje la lapicera y maneje la caja a su merced.

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También resulta difícil imaginar a Scioli desprendiéndose de la mochila kirchnerista en un arranque de furia y venganza en el mismo momento que se haga cargo de la responsabilidad de gobernar el país. Porque aun en el caso le sobrase temple y voluntad para hacerlo —algo que está por verse— la tarea resultaría poco menos que imposible para él o para cualquiera que arribase en sus condiciones. El kirchnerismo, como ningún otro gobierno de la historia de nuestro país, se ha encargado de vertebrar una ingeniería jurídico-política para el día después que no es posible desmontar en un abrir y cerrar de ojos. Si a Macri le costaría hacerlo aun cuando no lo une vinculo alguno con la presente administración, tanto más difícil le resultaría a Scioli que llegará al sillón de Rivadavia —en el supuesto de ser el ganador— condicionado por arriba y por abajo; por izquierda y por derecha; por el norte, sur, este y oeste.

El escenario más probable —aunque de suyo inestable— es el de la diarquía. Dos poderes que se recelan, se estudian, en principio conservan las apariencias y se muestran unidos de la boca para afuera, hasta que llega el momento de la verdad. Entones —por las razones que fueren— están destinados a dirimir supremacías. Uno saldrá vencedor y el otro desaparecerá de la escena sin remedio.

Seria imprudente teorizar acerca del tiempo que podría transcurrir desde la asunción de Scioli hasta la disputa final. Pueden ser meses o hasta un par de años, pero una cosa es segura: no hay diarquía capaz de resistir sin que uno de los dos poderes se imponga en toda la línea. Las diarquías nacen con base en un equilibrio necesariamente inestable y predeterminado —pues— a quebrarse en algún momento.

Es de sospechar que —en el fino fondo de sus respectivas estrategias políticas— tanto el kirchnerismo duro como el sciolismo —con sus jefes a la cabeza— saben que no será posible cogobernar. Al mismo tiempo —y en ello estriba la dificultad y el peligro— los dos tienen razones para creerse los futuros triunfadores.

Faltan casi cuatro meses y no hay un ganador claro. Precisamente por ello es que los interrogantes que han dado lugar a esta newsletter revolotean en torno de todos aquellos para quienes la política no es un mero divertimento.