Doble victoria. Por Vicente Massot

 A esta altura de una campaña electoral que se desarrolla con baja intensidad en todo el país, los principales contrincantes de la puja —los que el 22 de octubre habrán de dirimir supremacías en la provincia de Buenos Aires— no se llaman a engaño respecto de los resultados. Es claro que ninguna de las autoridades de la administración macrista ni tampoco sus candidatos en el territorio bonaerense, cantarán victoria por anticipado. Es una práctica vedada aquí y en cualquier otra parte del mundo. Nadie —por mucha que sea su fortaleza electoral y aún cuando su triunfo resulte fuera de toda duda— puede festejar en público antes de tiempo. Lo mismo vale para aquellos que se saben perdedores. Reconocer su derrota sin que se hayan abierto las urnas supondría enviar a los votantes propios la peor de las señales. Por lo tanto, está dentro de la lógica de las cosas que Esteban Bullrich tanto como Cristina Fernández y Sergio Massa, al igual que Florencio Randazzo, caminen el distrito en el que se desarrollarán los comicios cual si el final siguiese abierto y nadie supiese quién, en definitiva, será coronado con laureles.

Pero por líneas interiores, en petit comité, la totalidad de los contrincantes sabe que —salvo por algún imponderable que pudiese cruzarse en el camino del oficialismo—Esteban Bullrich aventajará a la ex–presidente con una diferencia a su favor de entre dos y cinco
puntos, poco más o menos. También se sobrentiende que el líder de 1 País ocupará el tercer lugar, lejos de los primeros. Lo que le suceda a los que vienen detrás, carece de importancia.

El macrismo se esfuerza y pone buen cuidado en no dejar que trascienda su euforia. De su lado, Cristina Fernández no pierde la compostura y se mueve con la confianza de quien piensa repetir la excelente elección de agosto. Massa, por su parte, insiste en poner énfasis en los temas que desenvolvió de cara a la PASO y habla como si estuviese a un paso de la consagración. A ninguno de ellos cabría acusarlo de enmascarar la realidad. La gran diferencia —por supuesto— es que en su fuero íntimo, cuando se apagan las luces de las marquesinas electorales, unos saben que van a ganar y otros —los más— que van a perder.

En el curso de la pasada semana Miguel Ángel Pichetto dijo algo que difícilmente un dirigente de su talento y realismo habría expresado prescindiendo de consultar a buena parte del bloque que dirige en la cámara alta y sin tener en cuenta la coyuntura electoral. Al momento de declarar que la ex–presidente deberá buscarse en el Senado de la Nación un lugar fuera del peronismo, no estaba haciendo las veces de compadrito o cosa por el estilo. Adelantarle a la viuda de Kirchner que se cobijase bajo otro paraguas fue el resultado de dos cosas: que la mayoría de los gobernadores y senadores justicialistas no la consideran una de los suyos y que
creen que saldrá derrotada en la elección por venir.

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El peronismo no está muerto ni mucho menos. Sus dirigentes de mayor peso son conscientes de que el año 2019 se halla a la vuelta de la esquina y de que, en un lapso tan corto, sus posibilidades de forjar una unidad que hoy no existe y de encontrar un jefe —que de momento, no aparece en la escena— con las condiciones suficientes como para imponerse al resto y ser reconocido como primus inter pares, son escasas. En semejante situación, lo último que desean es que Cristina Fernández obre a la manera de una manzana podrida en su canasto. Con cierta anticipación han decidido despedirla y la han conminado a que encuentre fuera del Movimiento un espacio compuesto por los sectores de izquierda y progresistas que constituyen su tribu electoral.

Informarle que debe marcharse y formar rancho aparte no supone de manera necesaria que ella acepte su destino calladamente y obedezca como un soldado las órdenes de la superioridad. No es seguro —pues— que se haga a un lado. Puede dar pelea y tratar de patearle el hormiguero a Pichetto.

El otro que tomó debida nota del resultado que arrojaran las urnas dentro de cuatro semanas fue Sergio Massa. En los últimos dos años insistió en la idea de crear —con base en parte del electorado peronista, pero con capillas que nada tienen que ver con el justicialismo— un frente nuevo. Su proyecto fracasó sin vuelta. Por eso —en unas declaraciones que vaya uno a saber cómo le cayeron a Margarita Stolbizer— dijo que no descarta volver a las fuentes. El mensaje fue claro y de ahora en más el hombre de Tigre iniciará un regreso sin prisa y si pausa con el propósito de hacer la cola correspondiente y anotarse en una larga lista de candidatos que sueñan con conducir un PJ que se encuentra a la deriva.

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Se ha abierto un verdadero abismo entre Cristina Fernández y la dirigencia peronista, nada dispuesta a recibirla o a reconocerla como parte integrante de ese movimiento en cuyos pliegues —tan generosos— han tenido cabida los personajes e ideologías más diversas. Las diferencias no sólo obedecen a las ínfulas de la viuda de Kirchner, incapaz de hacer un mea culpa y convencida que —fuera de ella — no hay ninguna otra figura capaz de asumir la dirección del PJ. Más allá de la desconfianza que genera y de las heridas —aún abiertas— que dejó el mando despótico de ella y su marido durante doce años, hay una cuestión de mucha mayor trascendencia.

Se trata de la estrategia a desenvolver de cara al año 2019. Sergio Massa y Florencio Randazzo no serán dejados de lado y no tendrán una bolilla negra a la hora de reingresar al club justicialista, en razón de que ninguno de los dos está dispuesto a quemar las naves en su anhelo de oponerse a Macri. Tanto uno como otro coinciden con Pichetto, de la Sota, Urtubey, Peppo y demás dirigentes que carecería de sentido cargar en contra del gobierno lanza en ristre. La administración actual —cual lo reconoció Pichetto— ha demostrado que sabe ganar elecciones y ejercer el poder. ¿Qué sentido tendría, entonces, torearla cuando lleva todas las de ganar?

Cristina Fernández se sitúa en las antípodas de este pensamiento. Convencida de que la gestión de Cambiemos epilogará en una catástrofe, piensa —en consonancia con la premisa mayor de su razonamiento— que resultaría insensato acompañar al oficialismo desde la oposición. Su plan es tratar de hacerle la vida imposible al macrismo. La del PJ, en cambio, apunta a reforzar la gobernabilidad y apoyar críticamente a la Casa Rosada. Lo que suceda con el bloque de senadores peronistas inmediatamente después de octubre no está escrito. Pero —cualquiera sea el desenlace— las disputas y fracturas dentro de ese movimiento político escalarán sin solución de continuidad, lo cual habrá que entender como una nueva victoria —ésta, de
naturaleza postelectoral— del gobierno nacional. No es poco

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