Discursos Asamblea de Justicia y Concordia: Dr. Ricardo Saint Jean, y Dr. Alberto Rodriguez Varela

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL MIEMBRO DE LA COMISIÓN DIRECTIVA DR. RICARDO SAINT JEAN EL MIÉRCOLES 10 DE NOVIEMBRE DE 2015

 

Si me disculpan, voy a traer por unos momentos la memoria de mi padre.  General del Ejército argentino, del arma de Infantería, y abogado recibido en la Universidad del Litoral.

Detenido en el domicilio a sus 85 años, a los 90 fue llevado a juicio oral pese a contar con diez informes médico forenses que lo declaraban incapaz para estar en juicio. Con Alzhaimer, cardíaco, y sin movilidad en sus piernas, fue subido en silla de ruedas, esposado, al escenario de un teatro alquilado por el Poder Judicial, para ser exhibido como un esclavo en el circo, para deleite de un público vociferante.

No estaba solo.  En el juicio, detenidos y procesados como él, estaban oficiales y suboficiales de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, entre ellos un suboficial de más de 80 años, el Cabo Primero Patrau.  Y uno de sus más admirados colaboradores en la administración provincial, ex Juez que había condenado a guerrilleros terroristas, el Dr. Jaime Smart.

Como ustedes saben, cuando había transcurrido un año de juicio oral, les revocaron la detención domiciliaria por “peligro de fuga”.  Enterados de la orden, los abogados de Justicia y Concordia se ofrecieron a bloquear ellos mismos, con sus cuerpos, la entrada de la Policía en su domicilio.  Pero mis padres, agradecidos, no quisieron.  Smart fue enviado a Marcos Paz y mi padre y el Cabo Patrau al Hospital Penitenciario de Ezeiza donde otro Cabo, Norberto Cozzani, lo cuidaría paternalmente.  Los médicos no quisieron recibirlo en el estado en que se encontraba y se lo hicieron saber al Tribunal. Los jueces los convocaron para amedrentarlos, pero ellos resistieron.  A los cinco días tuvo una descompensación cardíaca y después de interminables idas y vueltas, fue enviado al hospital militar.  Cinco días después concurrieron allí los Jueces a ampliarle la declaración indagatoria.  Mi padre, cuando le avisé que venían, y pese a estar en tan lamentable estado, corrió las sábanas e intentó ponerse de pié:  “no quiero que me vean así” me dijo.  Lo convencí para que permaneciera acostado.  Y me obedeció.  Cinco días después agonizaba, mientras una monja le tomaba la mano y le rezaba al oído, un rosario.  Murió en mis brazos y los de uno de mis hermanos.

Cuando en los 70 el comunismo internacional inició su ofensiva invadiendo los territorios desnuclearizados del mundo, para someter a los hombres a su doctrina de esclavitud,  Castro, Guevara, Santucho, y los que ellos sedujeron con sus ideas o con sus métodos, como Verbisky, Firmenich, Perdía, Bonasso y tantos otros, se equivocaron con la República Argentina.  Aquí había hombres a los que no iban a poder doblegar, porque habían sido formados bajo el grito sagrado fundacional de nuestra Patria: “libertad, libertad, libertad”.  Aquí había mujeres que nunca iban a permitir que un Estado ateo les arrebatara sus hijos para educarlos a su antojo, odiando a Dios.

A varios de ustedes les tocó enfrentarlos con la palabra, con la pluma, o en la cátedra.  En las cárceles hoy yacen aquellos a quienes les tocó enfrentarlos con las armas. No existió un sustento ético en la orden de batalla contra la guerrilla terrorista, pero eso no es ni puede ser nunca responsabilidad del subordinado; no obstante, ¿cómo hacer nosotros una crítica objetiva cuando tantos, en esas horas trágicas, se escondían por temor a perder la vida?; ¿cómo criticar los males producidos, cuando el Poder Judicial hoy día, con absoluta impunidad, los reprime aplicándoles retroactivamente la ley penal?; ¿cómo hacerlo cuando encarcelan a los ex Jueces y Fiscales que juzgaron a los terroristas que hoy nos gobiernan, y a los militares y policías que los combatieron en el período democrático?. ¿Cómo hacerlo si aprovechando la ilegalidad consagrada en estos procesos, se persigue a sindicalistas, sacerdotes, empresarios y dueños de medios de prensa considerados enemigos del gobierno?. ¿Cómo detenernos a criticar si a todos ellos se los juzga con tipos penales no escritos, desconociendo esa y otras garantías constitucionales que rigen para el resto de los ciudadanos del mundo civilizado?; si sólo a ellos no les conceden excarcelaciones, libertades condicionales, salidas transitorias, se les niega el 2×1, se les prohíbe estudiar y se les niegan a los ancianos las detenciones domiciliarias? y sobre todo, cómo hacerlo cuando se los encierra y asesina en las prisiones como animales, en nombre de una política de derechos humanos?

Una política de Estado que se ha transformado en un plan criminal de persecución especialmente perverso, porque no lo protagonizan los enemigos de ayer, muchos de ellos autocríticos con sus ideas o sus métodos de entonces.  Lo hacen a través de parodias de juicios dirigidos por los corruptos o los que prefieren ignorar el Derecho para conservar el amenazado beneficio de la jubilación privilegiada.  Son Judas, traicionando aquello que debieran servir, vendiendo por 30 monedas, al que no debiera ser condenado.

Formamos esta Asociación para salir en auxilio de la Justicia y de la necesaria concordia entre los argentinos. Denunciamos aquí y en el exterior, una y otra vez, el camino de la ilegalidad y de la destrucción del Derecho que están realizando con y a través de ellos. Y adoptamos a su vez la conducta del Cireneo, visitándolos en Marcos Paz, en Ezeiza y en Villa Devoto  todas las semanas, sin falta, desde nuestro nacimiento como Asociación, visitando cuando podemos el interior del país.  Nuestra tarea no sólo es denunciar lo que ocurre sino acompañarlos, escucharlos, hacernos presentes, brindarles el agradecimiento y el reconocimiento por haber combatido por la libertad.  Somos para ellos, los únicos sonidos amigos que escuchan en su camino de cruz.

Se abre ahora una luz de esperanza, luego de doce años de una discriminación inédita en la historia judicial de nuestro país.  Pero mucho de la victoria, y a veces temo que casi toda ella, depende de nuestra insistencia, de nuestra fuerza, de nuestra porfía. Yo, con el inmenso agradecimiento que siento por todos ustedes, por el ejemplo de coraje que me dan especialmente algunos de los que veo esta noche, los exhorto a levantar otra vez la guardia, a embestir nuevamente, a que no cesemos en nuestra lucha hasta lograr la victoria, que es el restablecimiento del Derecho para todos los argentinos.  Las denuncias internacionales que hacemos, los pedidos de juicio político que estamos preparando, los petitorios urgentes a las Comisiones de Justicia y Asuntos Constitucionales de ambas Cámaras y nuestros llamados a los organismos humanitarios del exterior, entre ellos la Cruz Roja Internacional, debieran llevar la firma de cien o doscientos de nosotros.

Ya sé que algunos habrán imaginado y querido que esta etapa de la vida fuera más tranquila, más pacífica.  O que otros se encarguen de la tarea.  Pero como dice Victor Frankl, no somos nosotros los que debemos hacerle preguntas a la vida, es la vida la que nos interpela a cada momento. A nosotros nos cabe solamente dar la respuesta adecuada.

¿Quién ha dicho que íbamos a tener una vejez tranquila?. El cabo Patrau, mi padre, y más de 2.000 hombres fueron asesinados o están siendo atormentados hoy día por quienes dicen servir a la Justicia, aquella a la cual nos consagramos cuando abrazamos esta profesión. ¿Cómo permanecer impasibles ante esto?. ¿Quién ha dicho que existe un momento en la vida en el cual debemos renunciar a lo que amamos?. Aquí, en este recinto, no hay uno solo que haya nacido para ser esclavo.  Ni hay uno solo que quiera vivir indiferente al dolor de tantos, ni que quiera ceder ante el empuje de los perversos, los cobardes y los traidores.

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Los que hace tiempo hicimos el servicio militar, que aquí debemos ser mayoría, juramos una vez solemnemente a la Patria, seguir constantemente su bandera, y defenderla, hasta perder la vida.  Que sepan los equivocados, que aquí… aquí nadie ha muerto todavía.

“En esa noche en la que El se hizo débil y capaz de sufrir, me hizo a mí valiente y me revistió con sus armas. Desde ese momento no fui vencida en ningún combate.  Por el contrario, marché de victoria en victoria y comencé una carrera de gigante…”.  Esta frase no la pronunció ningún General victorioso.  Pertenece a Sta. Teresita del Niño Jesús, una mujer que ganó el mayor de los combates…se venció a sí misma.  Los invito, los invitamos, a renovar nuestros ideales.  A volver a ser jóvenes.  Jóvenes de todas las edades.  A desangrar nuestros nudillos golpeando las puertas de lo que hasta ahora ha parecido ser una inexpugnable fortaleza; a embestir contra sus anchos muros. A librar todas las batallas, las grandes y las pequeñas, a incomodarnos, a viajar hasta la cárcel, a consolar a los que están sufriendo. Los invitamos a no quejarnos más de la inacción de otros, a no sentarnos en el sillón para nuestra lectura preferida o al almuerzo familiar, a no sumergirnos en nuestras limpias sábanas para dormir en la noche, sin pensar previamente en estos hombres y, al que crea, a rezar por ellos. Y al que no tenga tiempo, a que done dinero para los gastos de la Asociación, que van directo a la lucha por la libertad y la Justicia, que la caridad, como ha dicho San Pedro, “cubre la multitud de nuestros pecados”.

Estamos, señores, ante la batalla final. O triunfan los postulados de nuestra Constitución, en la que Dios sigue siendo reconocido como fuente de toda razón y justicia, y por su intermedio, el diálogo fraterno, la unión y la reconciliación de los argentinos, o continuará triunfando el odio, la ilegalidad, el Mal.

Ahora hay Jueces y políticos que vuelven a decirnos que esta calamidad va tener una solución política. No podemos aceptar promesas cuando, casi todas las semanas, se agrega un prisionero más a la siniestra lista de más de 300 detenidos muertos.  La nueva Corte debe abandonar el criterio de la mayoría kirchnerista en “Arancibia Clavel”, y reestablecer los criterios sentados por los Dres. Fayt, Belluscio y Vazquez en ese fallo, como modo de reestablecer las garantías constitucionales avasalladas y la igualdad ante la ley para todos los ciudadanos, o declarar –a 40 años de los hechos- la insubsistencia de las acciones, y terminar con estos juicios ilegales y vergonzosos.

Personalmente no quiero que esta etapa crucial del combate, al igual que la muerte, me sorprenda en una cama, paralizado, inactivo. Y no hablo del modo en que quisiera morir, lo que digo es que quiero vivir de tal forma que los que quieran vencerme me encuentren, como quiso mi padre, de pié.  Como hicieron los suboficiales y oficiales de todas las Policías del país, de la Gendarmería, la Prefectura o los agentes penitenciarios presos, hombres de la Argentina profunda, que sacaron sus machetes cuando la Patria los llamó al sacrificio. Porque quiero vivir como los Dres. Julio Alfonso y Jorge Halperín, que no faltan un solo día de la semana en la visita a los presos políticos. Como Oscar Vigliani y Alfredo Solari, dando la vida por los demás. Como Jaime Smart y tantos otros presos que ejercen virtudes heroicas consolando y asistiendo a otros en medio de la desolación y la desgracia. Quiero vivir con la disposición de estos abogados que se ofrecieron a ser murallas humanas contra las fuerzas del mal.  Quiero vivir como esa monja que en lugar tomarse un respiro, prefirió rezar al oído de mi padre agonizante, o como esos médicos que se mantuvieron firmes, dispuestos a mantener los principios de su profesión, afrontando las presiones, los odios, la propia conveniencia inmediata. Quiero descansar sólo después de haber luchado con todas mis fuerzas, porque ya he vivido lo suficiente como para saber que no es lo mismo la tranquilidad, que la paz…y que a ella no se llega sino después de haberlo entregado todo.

Finalmente, quiero que cuando llegue la ley y la concordia nuevamente a gobernar la Patria, que no lleve la victoria nuestro nombre, el de ninguno de nosotros. Que a otros les agradezcan.  Nuestra conquista habrá sido la más modesta, la de haber mantenido la llama prendida en momentos en que parecía apagarse definitivamente.  Nuestro valor habrá sido el de uno solo de nosotros, un solo abogado frente al Poder, clamando por una misma ley para todos.  Nuestro triunfo habrá sido el grito que nadie quería escuchar, el paño frío sobre la herida, el consuelo para el afligido, los momentos de calvario compartidos. En la hora de la victoria, la magnitud del gozo, dependerá siempre del modo en que hayamos sabido comportarnos en los momentos más difíciles.

Que los mártires argentinos de uno y otro bando, que transitan ahora juntos, hermanados, los nuevos senderos de la Luz y de la Vida, que es eterna, nos iluminen en este tramo crucial de la batalla, para que seamos, todos nosotros, dignos de perseverar sosteniendo las banderas de la Justicia y la Concordia hasta el final.

 

“La hora de la concordia”

Por Alberto Rodriguez Varela (*)

Celebramos hoy los seis años de JUSTICIA Y CONCORDIA que  ha efectuado a lo largo de la década una meritoria labor en defensa de valores fundamentales  sistemáticamente vulnerados en la Argentina.  Porque la asimetría y la discriminación, características de estos años difíciles,  son incompatibles con la justicia. Además,   la prédica constante de la discordia ha significado un menosprecio  de la unión nacional que es uno de los  grandes objetivos del preámbulo constitucional.

Debo, en primer término, enaltecer y agradecer la asistencia permanente por Justicia y Concordia  a las personas injustamente privadas de su libertad y sometidas a enjuiciamientos penales en los que se prescindió de los derechos y garantías que conforman el debido proceso. La visita semanal a las cárceles, además de configurar un ejemplar cumplimiento del mandamiento del amor al prójimo, confortó a los detenidos y sirvió para que  no perdieran la confianza en el advenimiento de tiempos mejores.

No quiero referirme hoy a las horribles modalidades  de nuestra última guerra interior, con su carga de excesos y extralimitaciones por parte de los partícipes en pugna. Creo que ha llegado el momento de dejar esa tarea a historiadores genuinos que tengan por regla la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad y no el armado de un relato cargado de asimetrías y falsedades. Urge ahora buscar caminos de paz que conduzcan al reencuentro de  los argentinos, sin odios ni revanchismos, con disposición para el perdón y la misericordia.

En cambio, considero oportuno señalar una asignatura pendiente.  Me refiero a la forma como se ha  evaluado, por un lado,  a partir del gobierno que asumió en diciembre de 2003, la actuación   cumplida por quienes iniciaron nuestra terrible guerra interna de los años setenta, con asesinatos incalificables,  secuestros seguidos de muerte, asaltos a bancos, extorsiones y otros hechos vandálicos hasta sumar un total de  20.642 entre los años 1969 y 1979.

Por otro lado, veamos lo ocurrido  hasta hoy con los integrantes de las Fuerzas Armadas, de Seguridad y Policiales que enfrentaron la agresión, en cumplimiento de decretos firmados por la viuda de Perón e Italo Luder y   refrendados por  todos sus ministros. Esas fuerzas, al ejecutar la orden de aniquilar el accionar terrorista,  defendieron a la sociedad agredida, pero en el transcurso de las operaciones se cometieron excesos y extralimitaciones. El Presidente Alfonsín  optó por ordenar   el enjuiciamiento tanto de los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas como de las cabezas de las organizaciones subversivas.

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Después de la sentencia dictada en la causa 13/84 en la que se condenó con penas severas a varios comandantes, algunos dirigentes de las  organizaciones subversivas fueron detenidos y sometidos a juicio. Empero, el criterio inicial de procesar sólo a las cabezas de las FF.AA. y del terrorismo, fue modificado cuando comenzó  una persecución judicial dirigida sólo contra todos los niveles jerárquicos  de las fuerzas legales. La situación llegó a su extremo cuando  se detuvo a un cabo de una policía provincial. Finalmente, a propuesta del Poder Ejecutivo,  se sancionaron las leyes de punto final y de obediencia debida que extinguieron todas  las acciones penales promovidas contra ambos contendientes. Además, con relación a  oficiales superiores y jefes guerrilleros, se dictaron en 1989 y 1990 indultos que extinguieron todas las acciones y penas privativas de la libertad. Tanto esas leyes sancionadas por el Congreso como los indultos que en 1989 y 1990 dictó el Presidente Menem, fueron examinados y homologados por el Procurador General de la Nación, Doctor Andrés D’Alessio, quien se había desempeñado como juez en la causa 13/84 seguida a los comandantes, y declarados constitucionales por la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

A partir de 1991 los argentinos pudimos considerar que estábamos en condiciones de iniciar un camino que nos condujera hacia  una genuina  consolidación de la paz  interior, sin exclusiones arbitrarias. Ello importaba volver a un cauce que nunca debimos abandonar y que remonta al tiempo en que se consolidaba la organización constitucional de la República, después de la batalla de Cepeda, mediante  la suscripción del Pacto de Unión Nacional del 11 de noviembre de 1859  que amnistió todas las extralimitaciones cometidas en el curso de las guerras civiles. Entre esas graves transgresiones figuran el llamado a degüello, las ejecuciones de los vencidos a lanza y cuchillo y otros hechos que hoy serían considerados de “lesa humanidad”.

A partir de diciembre de 2003,   se abandonó la bandera de la concordia que levantaran Alfonsín y Menem. Fue reemplazada por un relato  asimétrico en el que los agresores  pasaron a ser “jóvenes idealistas”, premiados con suculentas indemnizaciones cuyos montos sugestivamente fueron guardados en reserva, y convocados, en algunos casos,  para  altas funciones públicas.

En contraste con esa política de  perdón asimétrico,  los integrantes de las fuerzas armadas, policiales y de seguridad y algunos civiles, vulnerando  en su perjuicio el principio de legalidad, la sacralidad de la cosa juzgada, la irretroactividad de toda norma penal, y otras garantías del debido proceso, fueron sometidos nuevamente a enjuiciamientos por hechos cuyas acciones penales habían sido declaradas extinguidas en  las instancias de la justicia federal. No conformes con esa arbitraria reapertura de causas, se les denegó el beneficio de la detención domiciliaria, modificando contra la letra y el espíritu de la ley de ejecución penal,  la jurisprudencia vigente, se los internó en establecimientos carcelarios inadecuados para hombres mayores,  muchos de ellos octogenarios, se los privó de elemental asistencia médica, y se provocó por omisión de deberes la muerte de verdaderas víctimas de esta política inhumana.

Santo Tomás enseña en la Suma Teológica que la misericordia es cierta plenitud de la justicia.  Empero, en el caso de los hombres privados de su libertad en las condiciones que he mencionado, no se ha administrado justicia porque esta virtud fundamental es incompatible con la asimetría que se ha observado en los últimos doce años. Justicia asimétrica no es justicia, es arbitrariedad, simple exteriorización de la voluntad de quien tiene poder para ejecutar esa desviación. La discriminación de la que se ha hecho uso y abuso a lo largo de la década colmando de honores, cargos públicos e indemnizaciones a quienes agredieron con actos vandálicos a la sociedad argentina y la simultánea imposición de penas gravísimas a quienes la defendieron incurriendo también en excesos y extralimitaciones, es algo que hiere la conciencia moral y que reclama urgente reparación.

Han transcurrido cuarenta años desde nuestra guerra interior y todavía no hemos podido afianzar y consolidar la paz entre nosotros.

Si contendientes como Francia y Alemania pudieron reconciliarse y forjar la unión europea, sin permitir que  odios y  resentimientos les impidieran concretar sus propósitos; si el general Mac Arthur y el Emperador  Hiroito, a pesar de la huella dejada por la violencia extrema de la guerra del Pacífico, especialmente por el horror de Hiroshima y Nagasaki, pudieron trabajar en forma mancomunada para lograr la resurrección de Japón ¿Cómo es posible que los argentinos, una y otra vez, hayamos extraviado el camino que conduce al reencuentro fraterno entre todos, sin discriminación alguna; al perdón recíproco por todas las extralimitaciones cometidas en el curso de nuestra  guerra  interior,  a la reconciliación y a la paz?  ¿por qué no supimos emular  a los españoles que, después de un enfrentamiento civil terrible, entre 1936 y 1939, con un número de bajas que asciende a centenares de miles de   muertos heridos y mutilados,  hallaron un punto de encuentro en el que cerraron la revisión del pasado, proclamando que esa decisión era y es el principio y fundamento del actual régimen político.

En la República Argentina, es hora de poner fin a la discordia. Debemos reemplazarla por la concordia, la unión de corazones. Se ha dicho, con acierto, que “un pueblo con el corazón partido, no es una nación”. Tampoco puede “afianzar la unión nacional” ni “consolidar la paz interior”, claros objetivos del Preámbulo.

Hay que dar paso a una Justicia sin asimetrías que la desnaturalizan y, con base en ella, alcanzar la misericordia que, como dije al principio, es la “plenitud de la justicia”. Debemos encaminarnos de forma irreversible, hacia la pacífica convivencia, el perdón y la reconciliación. El Papa Francisco inaugura el mes próximo el año de la misericordia. Es este un marco auspicioso para tirar por la borda los odios y revanchas que ensucian  nuestra pacífica convivencia.

Los instrumentos jurídicos que nos permitirán iniciar esa marcha son la  Constitución Nacional,  la Convención Americana de Derechos Humanos,   el Pacto de Derechos Civiles y Políticos, y las normas penales y procesales rectamente interpretadas y correctamente aplicadas. No es lo que viene ocurriendo desde hace doce años. Por ello, revertir esta desviación constituye la gran asignatura pendiente.

La actual situación es consecuencia del abandono que se hizo,  en el curso de los  últimos doce años, de la jurisprudencia que, de modo general,  sin discriminaciones ni irritantes asimetrías, fijó anteriormente  la Corte Suprema, con acuerdo de la Procuración General de la Nación, cuando examinó las normas que extinguieron las acciones penales promovidas contra integrantes de las organizaciones subversivas y miembros de las fuerzas armadas, de seguridad, policiales y civiles, declarando su constitucionalidad porque consideraron inadmisible vulnerar el principio de legalidad y las demás garantías del debido proceso.

Las históricas e irrefutables disidencias del Ministro Carlos S. Fayt con el antes señalado desvío jurisdiccional,  alumbran el camino que tendríamos que recorrer para volver a un cauce jurisprudencial que nunca debimos abandonar.

 

(*) Miembro Titular de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales.

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